Ha vivido casi un siglo Margot Benacerraf. Y lo vivió con intensidad. Nacida en Caracas el 14 de agosto de 1926, falleció el miércoles de esta semana, reconocida y venerada por siempre como la Dama del Cine. Nos dejó dos joyas cinematográficas: Reverón (1952) y Araya (1959), ambas celebradas y premiadas internacionalmente. Aun cuando, como confesó, su pasión inicial eran las letras y no las imágenes.

Reverón es un cortometraje de 30 minutos de duración que explora los misterios de la creatividad con una mirada sobre la vida y obra de Armando Reverón, el artista plástico venezolano, alabado más allá de nuestras fronteras. La película obtuvo el primer premio al mejor documental de arte en el Primer Festival de Películas de Arte, realizado en Caracas en 1952 y fue muy aplaudida en el Festival de Berlín y en el Festival de Edimburgo, ambos en 1953. Forma parte de la Colección Permanente de la Cinemateca Eastman House (Rochester, Nueva York), del Museo de Arte Moderno de Nueva York y de la Cinemateca Francesa de Paris.

Araya logró el premio de la Comisión Superior Técnica y el de la Crítica Internacional en el XII Festival de Cannes, el segundo de ellos compartido con el filme Hiroshima, mon amour (Alain Resnais). Un éxito impensable que permitió voltear la mirada hacia la entonces incipiente experiencia cinematográfica venezolana. Aunque es considerada una pieza documental, Benacerraf defendió siempre otra clasificación sobre esta obra que cuenta la vida de los pescadores y salineros de la península de Araya, en el estado Sucre.

Al respecto, el escritor y crítico cinematográfico Alfonso Molina escribió que Araya “es muchas cosas al mismo tiempo, pero sobre todo es una obra trágicamente hermosa. No es documental -como se le quiso etiquetar erróneamente- sino un poema en cine. Es también una proeza cinematográfica en torno a una epopeya de la realidad. En Araya se entrecruzan lo real y lo fílmico”.

Iniciada en el teatro -una pieza suya fue también premiada en el Departamento de Drama de la Universidad de Columbia-, luego descubrió el cine y se formó en París en el Instituto de Altos Estudios Cinematográficos (IDEHC). El cineasta venezolano Jonathan Reverón, que escribió, dirigió y produjo el documental Madame Cinema sobre la vida de Benacerraf, recuerda que ella aprendió, en verdad, a encuadrar en sus visitas a las galerías del Louvre. El cine, decía, es una idea y la cámara en la mano. “Si no tienes nada que decir, la cámara tampoco va a decir nada”, se escucha a Benacerraf en una producción de la Escuela de Cine Documental de Caracas.

Amiga de Pablo Picasso y Luis Buñuel, también de Roberto Rosellini y de Miguel Otero Silva, de Benacerraf se esperaban más películas con su sello propio, pero su intensa gestión como promotora cultural hizo germinar la producción cinematográfica venezolana. En 1966 fue la fundadora de la Cinemateca Nacional de Venezuela, institución vital para la formación de generaciones de cineastas venezolanos.

Al lado de María Teresa Castillo, en el Ateneo de Caracas, prosiguió su labor de gestora cultural, y desde la Fundación Margot Benacerraf dio vida, entre otros proyectos, a la Videoteca Margot Benacerraf en la Escuela de Arte de la Universidad Central de Venezuela. La primera de su tipo en el país que puso a disposición de estudiantes, cineastas, investigadores y público en general una colección de más de 4.000 títulos del cine clásico mundial.

Lúcida hasta el final de sus días, Margot Benacerraf es patrimonio venezolano, reconocida dentro y fuera del país. “Yo no creo en el fracaso”, una frase que dijo en más de una ocasión, sintetiza a esta mujer incansable y excepcional.


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