La ciudadanía chilena se ha vuelto a expresar negativamente ante un proyecto constitucional sometido a su aprobación. En esta ocasión, el «en contra» se impuso al «a favor» por más de once puntos porcentuales (falta el resultado definitivo, que no variará demasiado el cómputo final). El fracaso de la nueva versión se puede leer de muchas maneras: derrota de la derecha (o de las derechas), derrota del gobierno (y de sus principales aliados) e, incluso, derrota de los políticos.

Si bien todas estas interpretaciones son válidas y cada una tiene algo de razón, por más que no agoten la reflexión sobre los padres del fracaso, lo ocurrido este domingo no puede ser visto como una foto fija, como un momento concreto en la historia política chilena, sino como un proceso de más largo plazo. Un proceso que en su versión más restringida comenzó con las protestas populares de 2019 y la decisión del entonces presidente Sebastián Piñera de convocar un plebiscito para iniciar un proceso que debería culminar con la reforma de la Constitución «pinochetista».

Este proceso ha tenido dos momentos claves. El primero, el plebiscito del 4 de septiembre de 2022, cuando el rechazo se impuso al apruebo por casi 24 puntos. El segundo, este 17 de diciembre, con un rotundo triunfo del «en contra», si bien menor que en la consulta anterior. Si tenemos en cuenta las dos votaciones, más allá del hartazgo chileno con tanta elección seguida y su desinterés por una nueva Constitución, de todo este desorden emerge con claridad un ganador neto, aunque de perfil político algo difuso: el centro.

No se trata tanto del centro político sino del centro sociológico, ese lugar indefinido al cual se autoadscriben la mayor parte de los chilenos (y los latinoamericanos en general). Como dijo Ximena Rincón, presidenta del novísimo partido Demócratas: «El gran centro del país no estuvo representado en este debate constitucional y no se sintió representado por las partes«.

El primer proyecto era un bodrio indigerible, aderezado de reivindicaciones sectoriales, algunas contradictorias entre sí, y con un gran barniz progresista que dejaba fuera a una gran parte de la ciudadanía que lo veía como ajeno. Esta vez ocurrió lo opuesto, pero con el mismo resultado. Los responsables de la redacción final se encontraban en las antípodas políticas y su texto dejaba la puerta abierta a prohibir el aborto y recortar otras libertades recientes. A los Republicanos, el partido situado más a la derecha que la derecha tradicional, que controlaba la Convención constitucional, se les atragantaron los «gustitos» que buscaron.

En Chile volvió a imponerse el voto de rechazo, el voto de cabreo, el voto en contra. Pero esta vez no fue solo contra el Gobierno, que también, sino contra los políticos. De ellos se espera menos polarización, menos crispación y más trabajo en conjunto por el bien común y el interés de la gente. El clamor popular es claro: entierren el hacha de guerra de las batallas culturales y olvídense de supuestas, e inexistentes, superioridades morales.

A partir del lunes 18, gobierno y oposición deberán volver a ocuparse de cuestiones esenciales: el deterioro económico y la creación de riqueza, la seguridad ciudadana, la inmigración y la corrupción, problemas todos que afectan a la ciudadanía. Sin embargo, de todo este proceso emergen dos claros perdedores. Por un lado, el gobierno, con muy bajos niveles de aprobación y que, pese al resultado no logrará levantar cabeza a menos que obtenga logros concretos en el medio plazo.

Por el otro, José Antonio Kast y sus Republicanos, que más allá del control que tenía de la Convención se mostró incapaz de redactar un texto acorde para la gente, y de emerger como un verdadero estadista y potencial presidente de Chile. Es más, parte de la derecha más extrema, nostálgica de Pinochet, se sumó al en contra. Ahora vendrán los pases de facturas en ambos bandos.

Y si bien el fantasma de Javier Milei planeó por Chile durante estos días, el efecto contagio fue limitado. El carácter binario de las dos consultas dificultaba elegir el camino del medio, muchos que votaron rechazo en 2022 volvieron a votar en contra. El pedido a los políticos es claro, un mensaje incluso exportable a otras latitudes: dejen de discutir sobre cuestiones banales y, como diría Ortega y Gasset, céntrense en las cosas.

Artículo publicado en el Periódico de España


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