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La noticia que los venezolanos leímos el 19 de enero de 2020 debe ser uno de los anuncios más sorpresivos que hemos recibido en la difícil lucha de la oposición democrática venezolana para resistir a la dictadura: Juan Guaidó Márquez, entonces presidente de la Asamblea Nacional y, por lo tanto, presidente interino de Venezuela, había salido del territorio venezolano de forma clandestina y había llegado a Colombia sin registrarse en ninguna aduana. Entonces se produjeron unas reacciones apresuradas: se dijo que Guaidó, sometido a una implacable persecución por parte del régimen, había decidido exiliarse.

Pero las siguientes noticias desmintieron la supuesta huida: tras una reunión de trabajo con Iván Duque, presidente de Colombia en ese momento, participó en la III Cumbre Hemisférica de Lucha contra el Terrorismo. En el marco de ese encuentro se reunió Mike Pompeo, secretario de Estado de Estados Unidos. A continuación viajó a Europa.

Luego de cruzar el Atlántico, Guaidó fue protagonista de un extraordinario periplo, sin antecedentes en la política exterior venezolana: viajó a Inglaterra, donde el 21 de enero se entrevistó con Boris Johnson. Siguió a Bruselas, el 22 de enero, donde se reunió con Josep Borrell, quien ya en ese momento insistía en la exigencia de unas elecciones libres y transparentes como solución a la crisis venezolana. Algo muy importante de recordar en esta relación que hago aquí es que en Bruselas se reunió con los 28 embajadores de la Comunidad Europea, y también con los representantes diplomáticos de otros países.

Cuando llegó a Davos al Foro Económico Mundial, 23 de enero, además de intervenir en el mismo, se reunió con Angela Merkel, todavía canciller de Alemania en funciones. Al día siguiente, 24 de enero, Guaidó llegó a París donde lo recibió el presidente Emmanuel Macron. Cuando aterrizó en Madrid, el 25 de enero, su encuentro fue con la canciller González Laya. Previsiblemente, Pedro Sánchez se negó a reunirse con él.

De regreso al continente americano, el día 27 de enero se reunió con Justin Trudeau, primer ministro de Canadá. El 1º de febrero, en Miami, sostuvo reuniones con senadores y congresistas de Estados Unidos. A continuación, luego de participar en varias sesiones de trabajo, el 4 de febrero asistió como invitado a la ceremonia anual del Discurso de la Unión: en el momento de ser mencionado, recibió una larga ovación. Al día siguiente, 5 de febrero, se produjo el histórico encuentro con el presidente Donald Trump. Por último, capítulo final de su excepcional recorrido, se produjo otro encuentro fundamental, esta vez con el secretario general de la Organización de Estados Americanos, Luis Almagro, el 6 de febrero. El 8 de febrero, rodeado de miles de seguidores, periodistas y parlamentarios, Guaidó regresó a Venezuela. En marzo de 2020, más de 54 países habían expresado su apoyo al gobierno interino, a los derechos de los demócratas y a la convocatoria a elecciones.

He reconstruido de forma sumaria esos días cruciales de la campaña de los demócratas venezolanos, porque en ese momento se produjo, en mi criterio, un cambio cualitativo: se masificó la comprensión de la enorme importancia que el apoyo internacional puede tener en la defensa de los derechos humanos, pero también en la búsqueda de mecanismos para producir el cambio político que esperamos los venezolanos, de forma casi unánime.

Cuatro años más tarde de aquella gira de Juan Guaidó, atrapada en el país desde 2014 -puesto que le impiden viajar desde entonces por una orden del régimen arbitraria e ilegal-, María Corina Machado, entre sus recorridos por el país, la organización de los comandos de campaña, las constantes denuncias de los abusos y violaciones de los derechos humanos por parte del régimen, también ella y su equipo perseguidos, ha desarrollado -y sigue en eso- una admirable tarea de reconstrucción de las relaciones de la oposición democrática venezolana con gobiernos, parlamentos, organismos multilaterales y partidos políticos de numerosos países, toda vez que una parte de los apoyos que había acopiado Guaidó se debilitaron o perdieron, como consecuencia de las divisiones y las pequeñas miserias que culminaron con la destrucción, por parte de la propia oposición, del gobierno interino, al que se debía la construcción de esa útil y estratégica red de relaciones.

El balance de lo logrado hasta ahora, tras numerosas gestiones y un paciente trabajo -incluso previo a su aplastante triunfo en las elecciones primarias opositoras del 22 de octubre-, es notable: los apoyos han crecido y están próximos a alcanzar casi 70 países, pero además, con una peculiaridad: han sumado a gobiernos de la izquierda en América Latina -con las también previsibles excepciones de las dictaduras de Cuba y Nicaragua, las más feroces de la región-, básicamente, porque el centro de esa política exterior no tiene modo de rebatirse, al menos, entre gobiernos y organizaciones democráticas: una inequívoca batalla por el derecho de los venezolanos a unas elecciones limpias, transparentes y equitativas. Su causa es, fuera de toda discusión, una causa democrática que involucra e interesa a muchos países, entre otras razones, porque mientras en Venezuela no se produzca un cambio de régimen, los venezolanos continuarán huyendo del país, apenas encuentren el modo y la oportunidad de hacerlo.

 


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