Europa como potencia mundial, Occidente como civilización hegemónica, nace de lo que se conoce como la Armada en lo que puede comprenderse como la primera globalización por allá en los tiempos del “descubrimiento” (siglos XV-XVI). Las marinas de guerra eran el instrumento de la expansión comercial y económica y para Gran Bretaña, Estado insular, la protección de las vías mercantes de las cuales dependía su supervivencia. Más aún cuando en el siglo XVIII inició la Revolución Industrial, que combinada con su Royal Navy la convertirían en el siglo XIX en la primera potencia del mundo. Al comenzar la Segunda Guerra Mundial, en 1939, seguía siendo la principal flota, aunque igualada en tonelaje con la de Estados Unidos; y en tercer lugar estaba Japón (límites de tonelaje “5, 5, 3” establecido por el Convenio Naval de Washington de 1921). En este contexto, una débil Kriegsmarine intentaría vencer a la primera (y desde 1942 también a la segunda) en lo que fue la más larga Batalla: la del Atlántico (3 de septiembre de 1939 hasta el 8 de mayo de 1945). Hoy y la semana que viene examinaremos el desarrollo de la misma desde 1939 hasta finales de 1940, es decir, en su 80 aniversario, siguiendo el proyecto de revisión de la historiografía y cinematografía de la Segunda Guerra Mundial.

A mediados de este año de cuarentena por la pandemia del covid-19 se estrenó la película bélica Greyhound (Aaron Scheneider). cuyo actor principal, guionista y productor es Tom Hanks. Está basada en una novela del conocido escritor de ficción histórica náutica Cecil Scott Forester. Hanks es un gran promotor de la cinematografía sobre la Segunda Guerra Mundial y siempre se espera lo mejor de sus producciones, aunque esta no es del otro mundo pero se pasa un buen rato y la reconstrucción histórica y efectos son excelentes. El hecho que vale la pena resaltar es cómo la Batalla del Atlántico sigue siendo representada en el cine, y si a ello agregamos la versión reciente (2018-2019) en serie de TV: Das boot (AMC) inspirada en la película alemana homónima de 1981 (también se hizo serie en 1982) y que considero el mejor filme sobre submarinos de la Segunda Guerra Mundial. Si a esto sumamos otros filmes náuticos del período: la magnífica Dunkirk (2017) de Christopher Nolan (en buena parte es naval) y Midway (2019) de Roland Emmerich; los temas relativos a este escenario bélico (los mares debido a que la última citada es del Frente Pacífico) no dejan de perder atractivo.

Muy probablemente la valoración de la cinematografía sobre las batallas marítimas se sustenta en parte en una perspectiva que inició Winston Churchill (primer lord del Almirantazgo de la Royal Navy durante la Primera Guerra Mundial) con su gran obra La Segunda Guerra Mundial (1948-56).  En el capítulo XVII “La Batalla del Atlántico” del Tomo II “Solos”, afirma:

Lo único que realmente me asustaba durante la guerra era el peligro de los submarinos alemanes. Incluso antes de la batalla aérea (se refiere a la Batalla de Inglaterra desde julio hasta octubre de 1940), ya pensaba que la invasión fracasaría. Después de lograr la victoria en el aire, la batalla nos resultó favorable; fue el tipo de batalla que, en las crueles condiciones de la guerra, uno tenía que estar satisfecho de librar. Pero ahora peligraba nuestra línea vital. Incluso al otro lado del ancho océano y sobre todo en las entradas a la isla. Esta batalla me tenía más preocupado (…).

El autor-protagonista agrega que el Almirantazgo también compartía estos sentimientos y que dicho combate se “manifestaba no con brillantes batallas o fastuosos logros sino por medio de estadísticas, diagramas y curvas desconocidas para la nación e incomprensibles para el público”. En ellas se mostraba la posibilidad de “estrangulamiento” o “máxima gravedad”, la cual para Churchill estuvo entre julio de 1940 y julio de 1941. El Reino Unido para estos años necesitaba de 1 millón de toneladas semanales como mínimo de recursos de todo tipo (alimentos, armas, materias primas, petróleo de Venezuela principalmente). Los submarinos poco a poco comenzaron a acercarse al millón de toneladas hundidas al mes en este período debido a que en julio poseían toda la costa francesa atlántica, que le permitía a sus submarinos una vía directa al océano y a las líneas de abastecimiento de su enemigo.

Aunque la guerra moderna es una combinación de factores sin duda el principal está en la logística, en la capacidad de la industria y todo el sistema económico de un país para abastecer a sus soldados con armas, alimentos y entrenamiento en una constante mejora tecnológica. El Reino Unido podía ser obligado a negociar o rendirse si sus rutas marítimas eran rotas, solo en Alemania lo tuvo claro desde un principio el almirante Karl Doenitz (1891-1980) y no Adolf Hitler. Este último tenía una mentalidad militar se podría decir terrestre. Si a ello sumamos que él jamás pensó en un largo enfrentamiento con los ingleses se puede comprender que aunque soñara con una armada como la Royal Navy su interés estaba en las divisiones de la Wermacht (infantería y tanques, en resumen). Ni siquiera la Luftwaffe podía separarse de esta idea de la guerra tal como vimos en el artículo de la semana pasada sobre la campaña de bombardeo de 1939 a 1940.

Doenitz explica toda su experiencia y percepción de la guerra, la cual poco a poco se fue imponiendo en la Kriegsmarine aunque tarde para lograr la victoria o un daño significativo en sus enemigos, en sus memorias publicadas en 1958 y tituladas: Diez años y veinte días. Capitán de submarino en la Primera Guerra estaba convencido de que la única forma de vencer a la Royal Navy era dedicar todos los recursos y esfuerzos a la producción masiva y mejora tecnológica de los submarinos de la cuales era su máximo comandante; y atacar los convoyes de suministros y no los barcos de guerra, debido a que era imposible equipararse a la marina británica. El convenio naval con el Reino Unido de 1935 y sus posteriores reformas le permitía a Alemania construir 35 % del tonelaje de los ingleses, pero en submarinos a la larga se aceptó que podía ser el 100 %. De esta forma no había obstáculos para la tesis de Doenitz la cual solo pudo llevar plenamente a su realización cuando fue nombrado máximo comandante de la Kriesmarine a principios de 1943. Otra de sus propuestas era la mejora en las comunicaciones, la ubicación de los mercantes y el ataque en conjunto y no en solitario, es la llamada “manada de lobos”.

En nuestra próxima entrega analizaremos la breve historia de la Batalla del Atlántico en este período inicial de 1939 a 1940. En la misma los alemanes intentan hacer uso de su flota de superficie (acorazados de bolsillo, etc.) en el ataque de los mercantes sin valorar las tesis de Doenitz para finalmente concluir (por la comparación de las cifras de hundimiento entre ambas armas) que estos eran los más mortíferos. Los británicos aunque parten con ventaja deberán cambiar de tácticas ante la creciente amenaza submarina.


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