Venezuela padece una crisis sistémica inédita de enormes dimensionesque plantea paradigmas que nunca habíamos vivido y cuestiona los mecanismos tradicionales para su abordaje.

Esto se evidencia en situaciones como la de la diáspora nacional. Una migración forzada de millones de venezolanos que en sus casos más extremos se compara a la de países en guerra o afectados por un cataclismo natural. Según cifras de la agencia de la ONU para los refugiados, Acnur, son 4 millones de connacionales en el mundo, con 3,2 millones en América Latina y el Caribe, de los cuales másde  1.800.000 viven bajo otras formas legales en los países de destino.

El efecto de esto es significativo en la región y afecta en lo social, económico y político a países vecinos, que buscan darle respuesta con diversas medidas frente a la problemática de contar con recursos limitados o carecer de mecanismos institucionales para hacerle frente.

En lo interno, la migración ha tenido un grandísimo impacto social, con diversos problemas como la pérdida de capital humano y profesional, la fragmentación de grupos familiares y sociales, o las amenazas en contra de la integridad física y emocional de quienes salen del país en condiciones extremas de riesgo y precariedad.

Pero, a pesar de la dureza de esta tragedia, también hemos visto las respuestas de particulares y grupos que se producen ante esta circunstancia. Personas (locales y venezolanos ya radicados) que por cuenta propia prestan cobijo y alimentos a migrantes, ONG y organismos internacionales de ayuda como Acnur e incluso grupos de opinión que realizan campañas de solidaridad y reconocimiento en diversos países para enfrentar la desconfianza y la xenofobia que puede producirse en estos casos.

Estos ejemplos nos hablan del ejercicio de la solidaridadcomo una herramienta para materializar alivio y soluciones concretas. Y no la “solidaridad” de la dictadura, entendida como dádiva o limosna, como propaganda fraudulenta, como pago por una lealtad impuesta. Hablamos de la solidaridad entendida como vinculaciónactiva con el otro y acción organizada, como herramienta de desarrollo e inclusión social, como acción política para construir la democracia y la convivencia.

Ante esta crisis inédita, de situaciones al límite que sorprenden y sobrepasan a las personas a quienes afectan, debemos considerar el ejercicio activo de valores convivenciales como un nuevo paradigma de acción social, económica y política, en el que la sociedad civil tiene un papel determinante y protagónico.

Iniciativas como Alimenta la Solidaridad continúan ampliándose y creciendo gracias a la participación de madres, líderes locales, comunidades, voluntarios, aliados y donantes. Esto nos has permitido mantener comedores y abrir otros en diversos lugares del país, como los que abrimos recientemente en el Zulia, uno de los estados más castigados por la crisis de servicios públicos, en una red que llega a más de 10.000 niños en Venezuela. Un logro que ha sido exitoso en la medida en que ha entendido la solidaridad no como un concepto ideal o una buena intención, sino como base de acciones concretas, organizadas y sosteniblesy fundamento de una visión coherente con los problemas y circunstancias reales del país.

Por ello, nuestro llamado es a continuar la apuesta por la solidaridad para enfrentar la crisis inédita que estamos viviendo, utilizándola como herramienta de encuentro, organización, resiliencia y cambio.

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