El mundo ha asistido estupefacto al asalto vandálico de unos centenares de norteamericanos al Capitolio de Washington, uno de los iconos de la democracia en el mundo. Los periódicos informan con detalle sobre quiénes realizaron tal barbaridad, de los destrozos habidos y de la conducta irresponsable de quien impulsó tal hazaña, que quedará en la historia para lamento de la democracia.

El Capitolio reúne a la Cámara de Representantes y el Senado, dos instituciones esenciales para el funcionamiento del gobierno y la administración, y ha sido testigo de las más trascendentales decisiones en la historia del país, que de inmediato han sido guía y ejemplo de las democracias del mundo.

Cabe aquí preguntarse sobre sus repercusiones en la administración y la necesidad de que determinadas contiendas políticas estén en lo posible fuera de aspectos esenciales de la vida ciudadana. Las enseñanzas de la democracia estadounidense para los ciudadanos del mundo son ingentes y su contribución al fortalecimiento de la democracia en numerosos países, alcanzan un elevadísimo calibre. Pero hay también aspectos negativos que en los diversos periodos presidenciales nos regalan las contiendas entre demócratas y republicanos de forma cíclica.

Las políticas públicas esenciales deberían hurtarse a la lucha política habitual. El ejemplo clásico es la política sanitaria: una administración desarrolla importantes programas de gasto en este aspecto y la siguiente, de signo político distinto, las elimina. En medio, millones de ciudadanos asisten boquiabiertos al fin de sus posibilidades de asistencia sanitaria o a su disminución drástica, al despido de miles de trabajadores de los parques nacionales o agencias medioambientales o de servicios esenciales. La controversia política, incluyendo posiciones contrarias sobre aspectos relevantes de la vida ciudadana, puede alcanzar todos los asuntos que se consideren por los dirigentes políticos, pero conviene acordar aquellos que son imprescindibles para la convivencia.

Hay aspectos de la vida en sociedad y por tanto de las políticas públicas, que deben ser objeto de pacto y negociación y que deben dirigirse siempre hacia el consenso. De la misma manera que parece fuera de lugar cerrar aeropuertos sin sustituirlos por otros, o no terminar las obras públicas iniciadas, conviene igualmente poner en la mesa de negociación los aspectos de la salud pública, la asistencia sanitaria o los aspectos esenciales de la educación y las pensiones, o, en su caso, los seguros de desempleo.

El mundo digital en el que nos encontramos, con la cuarta revolución industrial entrando en todos los campos de la vida ciudadana, es uno de ellos. Como señaló Joan Prats, no es desde el pasado, sino del presente y mirando hacia el futuro como construimos la virtud y las instituciones necesarias para el bienestar (Prats, 2006).

En especial, conviene fijarse en la necesidad de acordar los algoritmos relacionados con los servicios públicos y en general con los tramites administrativos, que van a sufrir una transformación radical puesto que van a solucionarse mediante algoritmos, a los que conviene vigilar para que tengan un comportamiento equitativo, ético y no discriminatorio. Los algoritmos son como coches sin cinturón ni control de velocidad ni de emisiones. Tenemos que acordar como sociedad cuáles son las garantías que imponemos a la innovación. (Gemma Galdon, 2020).En caso contrario, las desigualdades de raza, religión, lingüísticas, económicas o tecnológicas, no harán más que incrementarse.

La tendencia en numerosos lugares de dejar sin terminar los grandes proyectos de las presidencias anteriores constituye un error colosal, puesto que los perdedores no son otros que los ciudadanos. El fortalecimiento de las instituciones debe ser una finalidad compartida por las fuerzas políticas así como el rechazo a las políticas destructivas de la democracia, como ha hecho, finalmente, el Partido Republicano estadounidense

Y la solución al conflicto debe llenarnos de satisfacción porque después de esas políticas destructivas, se ha impuesto la cordura y las instituciones, con sus reglas, recuentos y plazos, han sido las vencedoras. Gracias a las instituciones, que durante estos cuatro años han resistido sus embates, y que mostrarán de nuevo su fuerza doblegando ahora su rabiosa pataleta para mantenerse en la torre de mando (José Álvarez Junco,2020).

Si las instituciones quiebran o se debilitan, los ciudadanos padecen. Puede que algunas opciones políticas se beneficien a corto plazo, pero al final toda la sociedad sufrirá porque el caos, como ha sucedido en Washington durante unas horas, solo genera violencia y ausencia de reglas democráticas de funcionamiento.


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