La abstención en los procesos electorales es un recurso al que se puede o no recurrir, según las circunstancias particulares que la situación política recomiende, en un país y en un momento histórico determinado. En una democracia auténtica, un ciudadano, un líder y una organización política democrática debe participar en las elecciones convocadas, pues a través de ellas ofrecen su concurso a la gobernanza y a la vida civilizada de su respectiva sociedad. Abstenerse, en un escenario como ese, constituye una renuncia a la ciudadanía y al bien común.

El dilema para un demócrata está cuando vive en una sociedad autoritaria, cuando el sistema electoral no es libre y en consecuencia no permite la  concurrencia de los ciudadanos para elegir y ser elegidos. Si un proceso electoral, aun en dictadura, abre una posibilidad de organización, encuentro ciudadano, debate civilizado y mínimas condiciones que permitan constatar la voluntad ciudadana, se convierte en una oportunidad a ser aprovechada por quienes buscan instaurar el Estado de Derecho.

Pero también es menester reconocerlo, en circunstancias y momentos históricos específicos,  la abstención es un recurso político que contribuye a develar un régimen autoritario, fraudulento y criminal.

El expresidente demócrata cristiano Luis Herrera Campíns, en su histórico documento de análisis de las perspectivas de la sociedad democrática, ante el término del periodo presidencial de la dictadura en 1957, definió la abstención en los siguientes términos:

“La abstención electoral es un arma muy poderosa y efectiva de la oposición en naciones donde la constante y tradicional controversia ideológica y política ha creado una clara conciencia cívica en el pueblo, y donde una actitud de tan radical desconfianza frente al poder público sería capaz de provocar graves reacciones y de llevar a honda rectificación”. (1)

Entendiéndola como “un arma muy poderosa”, su utilización va depender de las circunstancias y oportunidad en que pueda ser utilizada. Herrera no la consideró conveniente al momento de escribir su trabajo, para una eventual elección en 1957, pero meses después, cuando la dictadura no celebró elecciones presidenciales competitivas, reduciendo la consulta a un fraudulento plebiscito, sumó su concursó a la abstención convocada entonces por las fuerzas opositoras, y escribió respecto de ese evento lo siguiente: “Lo que más indigna es la insinceridad, la burla, la deformación del concepto mismo”.(2)

Ha sido recurrente en la  sociedad democrática venezolana, en su lucha contra la dictadura comunista, el debate sobre la pertinencia de concurrir o no los procesos electorales. Se ha denunciado una vocación fraudulenta del régimen y se ha venido documentando, de forma cada vez más sólida, el creciente proceso de confiscación del sistema electoral y el fraude, cada vez más descarado.

A pesar de todo ese conjunto de vicios, siempre expresé mi respaldo a la participación en los procesos electorales. En todos mis escritos y declaraciones públicas, desde 1999 hasta 2015, consideré necesario acudir, aun en la ocasión en que se impuso la tesis de no asistir a las elecciones parlamentarias del año 2005. Conscientes del ventajismo y de los elementos fraudulentos presentes en todos esos tiempos, animé la participación para demostrar nuestra vocación democrática.

Luego de la victoria de la oposición, en la elección de la Asamblea Nacional, en diciembre de 2015, la dictadura pasó del ventajismo y de los elementos fraudulentos, a desconocer de manera abierta y definitiva la voluntad de los electores. A partir de ese momento, Maduro y su camarilla asumen claramente la dictadura como fórmula de gobierno. Desconocen a la Asamblea Nacional, instalan una fraudulenta asamblea constituyente, confiscan el referéndum revocatorio y montan a destiempo una fraudulenta elección presidencial. A partir de estos acontecimientos consideré cerrada, por el régimen, la ruta electoral. Transitar la misma va a depender de la estrategia y táctica, en la lucha por el rescate de la democracia, conscientes de la situación existente.

Surge nuevamente el debate sobre concurrir o no a dichos procesos. Hay personas y sectores que, de buena fe, consideran que debe concurrirse a todos, cualquiera que sea las circunstancias existentes. Estiman que es participando como se puede movilizar a la sociedad, generando el debate, denunciando el ventajismo y el fraude oficial.

Hay otros, plenamente conscientes de la situación, que salen presurosos a ofrecer su concurso, sus nombres como candidatos, para lograr del régimen o de sus aliados económicos, los recursos con los cuales solventar sus abultados requerimientos y modos de vida.

Hay también los que siempre han estado del lado de la no participación y para quienes los desmanes de la dictadura, en el sistema electoral y en el escenario político, les ofrecen mayores argumentos en su irreductible posición.

Más allá de las aparentes o reales motivaciones, y de los argumentos en favor o en contra de una postura al respecto, lo fundamental es la forma como se asume la política a seguir. He sostenido que debemos privilegiar la unidad en la estrategia y ruta asumida. Participar para evidenciar de forma más directa el fraude, supone un acuerdo de todos los auténticos opositores a la dictadura. Acuerdo que exige un desprendimiento de todos los partidos y liderazgos democráticos.

Dejar a un lado el celo, porque una campaña liderada por una determinada personalidad signifique un revés, en  los proyectos personales. He expresado en diversas ocasiones que todos los proyectos personales y grupales o partidistas no tienen sentido, ni viabilidad alguna, mientras la dictadura controle los destinos del país.

No participar como forma de protesta radical, con el fin de deslegitimar a la dictadura y poner en evidencia la trama fraudulenta que arma con ocasión de cada evento, sobre todo en los últimos cinco años, es también una opción que no podemos descalificar, ni rechazar de forma apresurada. Es un recurso legítimo a utilizar en un momento dado.

Lo ideal es  participar, pero lo que hoy tenemos ya no es un esquema ventajista con elementos fraudulentos, lo  que estamos presenciando es un plan abierta y totalmente fraudulento, destinado a instalar una Asamblea de vasallos.

Para quienes hemos sido formados en la escuela de la lucha democrática, resulta un duro choque tener que llegar a la conclusión de que participar, en este momento y en estas circunstancias, no va a contribuir al rescate democrático. Por el contrario, sería avalar un fraude en marcha, una conducta cada día más inmoral. Sería un esfuerzo inocuo al logro del cese de la usurpación.

Es un fraude instalar un Consejo Nacional Electoral claramente dominado por agentes de Maduro. Organismo al que obligan a cambiar las reglas de juego (la Ley Orgánica de Procesos Electorales) para establecer un sistema electoral diferente, sin el concurso de los principales partidos políticos de la oposición. Se trabaja contra el tiempo para justificar la inflexible postura de impedir una revisión del Registro Electoral, bloquear el derecho al voto de los venezolanos en el exterior, impedir la revisión de la estructura electoral y la participación efectiva de la oposición en los procesos preparatorios y en el control efectivo del evento electoral.

En paralelo la dictadura confisca la representación legal y los bienes de los partidos, impone a sus directivos, excluyendo a sus líderes naturales, con lo cual consagra una división del espectro político y de la oferta electoral, para  justificarse ante una opinión pública desprevenida o desinformada. En esas condiciones participar es convalidar todo ese conjunto de inmorales arbitrariedades.

De modo  que el objetivo más importante para la oposición, en este momento, vistos los hechos ocurridos con la ultrajada Asamblea, observado los pasos dados hasta ahora por la cúpula roja, no es desgastarse en concurrir a un evento que está lejos de ser una elección medianamente competitiva, que no permitirá canalizar de forma eficiente, la fuerza mayoritaria de la sociedad democrática. No tiene sentido, ni  siquiera, para tener una vocería en esa ilegitima y fraudulenta nueva Asamblea, pues en ese tipo de foro, la opinión divergente es siempre ultrajada, agredida y desconocida.

La tarea será mucho más efectiva adelantando una lucha política de resistencia para reconstruir la unidad, redefinir la estrategia y encauzar la mayoritaria fuerza ciudadana, hacia una opción que derrote a la dictadura, en el tiempo más breve posible.


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