No hay manera de separar los acontecimientos del 6 y 7 de noviembre de 1985 y los del 8 de febrero de 2024. El mismo Palacio de Justicia, la misma plaza de Bolívar; entonces no se trajeron las banderas del M-19, pero en esta ocasión sí estaban ondeando. Y la gran diferencia era que ahora un miembro de esa exguerrilla es el presidente de la República. Y más grave aún, él mismo había incitado a esta protesta sin haber tomado en consideración lo que había ocurrido ya hacía casi 40 años.

Los temores invadieron a la opinión pública durante las más de cinco horas que duró el asedio, en ocasiones muy agresivo, al Palacio de Justicia, con intentos de penetrar no se sabe bien para qué. Evocaron los recuerdos imborrables de 1985.

Otra habría sido la percepción si el presidente Petro no hubiera pertenecido al grupo que propició el Holocausto, principalmente, de los magistrados de la Corte Suprema de Justicia de entonces, incluido el padre del esposo de la que era, hasta hace pocos días, la presidenta de la Corte Constitucional, la distinguida magistrada Diana Fajardo. Y si no hubieran exhibido numerosas banderas del grupo guerrillero M-19. Algunos dirían que fueron unas coincidencias muy desafortunadas. Pero eran fácilmente previsibles. Jamás una bandera del M-19 podía exhibirse agresivamente frente al Palacio de Justicia para reclamar una decisión. Si algún ciudadano o grupo debiera comportarse en forma absolutamente impecable frente al edificio del Palacio de Justicia era un miembro o varios del grupo M-19.

El Presidente Barco, que promovió y logró un Acuerdo de Paz con el M-19, fue muy generoso con ese grupo guerrillero y éste se comportó, me atrevería a decir, ejemplarmente no obstante el asesinato de su comandante después del Acuerdo. Antonio Navarro jugó un papel clave que no se puede subestimar. La ciudadanía no fue menos generosa y el M-19 recibió un amplio apoyo electoral y, luego, en la elección de los miembros de la Asamblea Constituyente, un respaldo inesperado que la colocó como la segunda fuerza política. Navarro fue uno de los tres presidentes de esta Asamblea, junto a Horacio Serpa y Álvaro Gómez.

La Corte Suprema de Justicia de entonces, en otro apreciable gesto de generosidad, declaró la constitucionalidad del decreto que convocaba la Asamblea Constituyente, a sabiendas de que el M-19 podría obtener una representación significativa en la misma. Es Colombia en su mejor momento. Sin espíritu de venganza ni de retaliación. Mirando hacia el futuro. Haciendo lo posible por construir un nuevo país. Con espíritu de inclusión. Siempre con las manos tendidas. César Gaviria como Presidente, nombró a Antonio Navarro como Ministro de Salud y, más adelante, a Gustavo Petro como funcionario diplomático en nuestra Embajada en Bruselas. Por eso, y mucho más, es que resulta tan impactante y genera una percepción tan negativa el comportamiento frente al Palacio de Justicia, o sea, frente a la sede donde trabajan la Corte Constitucional, la Corte Suprema de Justicia y el Consejo de Estado. El intento de ingresar a la fuerza generó las peores sospechas, los peores presentimientos.

Cabe recordar aquí la frase de un Premio Nobel canadiense, Lester Pearson:

«Nos preparamos como gigantes para la guerra y como pigmeos retardados para la paz». ¿Alguien puede creer que el asedio al Palacio de Justicia fue un gesto de paz? ¿o fue acaso un comportamiento digno de ser imitado en otras circunstancias?

Fue un hecho condenable desde todo punto de vista. Antes, durante y después. Un recuerdo que siempre acompañará la memoria muy dolorosa y negativa de Holocausto de 1985. El comportamiento de los magistrados encomiable. Muy digno. Fortalecieron así su independencia. Honraron la dignidad que nuestra Constitución les confiere.

Artículo publicado en el diario El Nuevo Siglo de Colombia


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