John Stuart Mill fue hijo de James Mill, historiador, filósofo y panfletario; además, fue un amigo íntimo de David Ricardo. Nació en 1806 y a los 3 años de edad su padre le puso a aprender griego. Al siguiente año había comenzado el estudio del latín, y para entonces ya había leído a Virgilio, Horacio, Livio, Salustio, Ovidio, Terencio, Lucrecio, Aristóteles, Sócrates y Aristófanes; dominaba la geometría, el álgebra, y el cálculo diferencial. A la madura edad de 12 años se metió a estudiar las obras de Hobbes. A los 13 años estudió a ultranza todo lo que se debía estudiar en el campo de la economía política. Dicen que cuando Andrés Bello, en ese entonces residenciado en Londres, lo conoció, quedó asombrado.

Quizá una de sus obras más extraordinarias sea Sobre la libertad (On Liberty) [Barcelona, Ediciones Orbis, S.A, 1980], y tal vez junto con El utilitarismo la más divulgada. En la introducción de su obra nuestro autor nos propone o advierte que su texto no trata sobre el libre albedrío sino más bien la libertad social o civil, que consiste en la naturaleza y límites del poder que puede ser ejercido legítimamente sobre el individuo, “cuestión raras veces planteada y, en general, poco tratada…”.  Así, señala que “el gobierno electivo y responsable se convirtió en el objeto de esas observaciones y críticas que siempre se dirigen a todo gran acontecimiento”.  Más adelante nos aclara que la voluntad del pueblo quiere decir en realidad la voluntad de la parte más numerosa y activa del pueblo, de la mayoría, o de aquellos que lograron hacerse aceptar como tal mayoría. En vista de lo cual, el pueblo puede desear oprimir a una porción de sí mismo, y contra él son tan convenientes las precauciones como contra cualquier otro abuso del poder. En términos actuales, no es posible que 50% más uno sea todo, mientras que 49% sea nada en la balanza de los poderes públicos. Por este motivo es siempre importante lograr una limitación del poder del gobierno sobre los individuos, incluso cuando los detentores del poder sean responsables de un modo permanente ante la comunidad.

Es convincente, el párrafo completo donde el ilustre polígrafo británico, nos muestra su opinión sobre la libertad religiosa, en efecto:

“Grandes escritores, a los que el mundo debe cuanto posee de libertad religiosa, han reivindicado la libertad de conciencia como un derecho inalienable, y han reivindicado la libertad de conciencia como un derecho inalienable, y han negado de modo absoluto que un ser humano tenga que rendir cuentas a sus semejantes sobre sus creencias religiosas. Sin embargo, la intolerancia es tan natural a la especie humana, en todo aquello que le afecta en verdad, que la libertad religiosa no se ha realizado en ninguna parte excepto allí donde la indiferencia religiosa no se ha realizado casi en ninguna parte, excepto allí donde la indiferencia religiosa, que no gusta de ver su paz turbada por disputas teológicas, ha echado su peso en la balanza” (Sobre la libertad, p. 31).

Más adelante, nos explica nuestro autor, que la única causa que autoriza a los hombres a actuar individual o colectivamente a perjudicar la libertad de cualquiera de sus semejantes es la propia defensa; la única razón legítima para emplear la fuerza contra un miembro de una comunidad civilizada es la de impedir dañar a otros; pero el bien de este individuo, sea físico o moral, no es razón suficiente.

Así mismo, es imposible llamar libre a una sociedad, cualquiera que sea la forma de su gobierno, si estas libertades no son respetadas, y ninguna será totalmente libre si estas libertades no coexisten de una forma absoluta y sin reserva. La sola libertad que merece este nombre es la de buscar nuestro propio bienestar, en tanto no intentemos privar de sus bienes a otros o detener sus esfuerzos o trabajos para obtenerlos.

Las opiniones y las costumbres falsas desaparecen gradualmente ante los hechos y los razonamientos; ahora bien, para que los hechos hagan su efecto sobre el espíritu es necesario que se les presente. Otro párrafo impactante sobre la opinión y la verdad, es el siguiente:

“La única ventaja que posee la verdad consiste en que, cuando una opinión es verdadera, aunque haya sido reprimida múltiples veces, siempre habrá alguien en el transcurso de los siglos para descubrirla de nuevo, hasta que una de sus reapariciones ocurra en una época en que, por circunstancias favorables, escape a la persecución, al menos durante el tiempo preciso para adquirir la fuerza de poder resistir a los ataques posteriores” (p.49).

John Stuart Mill, gran conocedor de los autores clásicos, nos ofrece el ejemplo vibrante de Cicerón, el mejor jurista y orador político de su tiempo, quien estudiaba siempre la posición de su contendor con tanta o más atención que la suya. Lo que este gran orador hacía debe ser imitado por todos los que estudian cualquier asunto para llegar a la verdad. “El hombre que no conoce más que su propia opinión, no conoce gran cosa del asunto”.

En Venezuela, ya nos hemos habituado y mal acostumbrado a ver grandes incapaces en los mejores cargos del sector público, basta ver los últimos presidentes de Pdvsa. A este respecto, nos endilga al rostro, nuestro gran economista y exégeta, una máxima sacada del Corán: “Cuando un gobernante designa a un hombre para un empleo, habiendo en el Estado otro hombre más capaz que él para desempeñarlo, este gobernante peca contra Dios y contra el Estado”.

Pero también nos alerta contra una buena burocracia, en efecto así prácticamente nos regaña:

“Si cualquiera de los asuntos sociales que exigen una organización concertada y puntos de vista amplios y comprensivos, estuviera en manos del gobierno estuvieran ocupados por los hombres más capaces, toda la cultura y toda la inteligencia práctica del país ( excepto la parte  puramente especulativa) estaría concentrada en una burocracia numerosa y el resto de la comunidad esperaría todo de esta burocracia: la multitud la dirección y el dictado de cuanto tuviera que hacer; el hábil y el ambicioso, su avance personal. Los únicos objetos de ambición serían entrar en el escalafón de la burocracia, y, una vez admitido, progresar dentro de ella. Bajo tal régime el público exterior no solo está mal cualificado por falta de experiencia práctica, para criticar o moderar la actuación de la burocracia, sino que, si los accidentes de las instituciones despóticas o la obra natural de las instituciones populares encontraran ocasionalmente  a un gobernante, o gobernantes con inclinaciones reformadoras, no se podría llevar a cabo ninguna reforma  que fuera contraria a los intereses de la burocracia” (p.124).

Con estas ideas Mill explica por adelantado las causas de las revoluciones francesa, y rusa. Nos recordamos de la frase del último zar, quien decía que él no había gobernado Rusia sino miles de funcionarios en su nombre.

También, Sobre la libertad ataca el problema de la educación pública u ofrecida por el Estado, así nos dice:

“Una educación general dada por el Estado sería un mero artificio para moldear a las gentes conforme a un mismo patrón y hacerlas exactamente iguales; y como el molde en el que se les forma es el más satisface al poder dominante (ya sea monarquía, teocracia, o la mayoría de la generación presente),  cuanto más eficaz y poderoso sea ese poder, mayor despotismo establecerá sobre el espíritu, despotismo que  tenderá naturalmente a  extenderse también al cuerpo. Una educación establecida y controlada por el Estado no debería existir…” (p. 119).

John Stuart Mill se adelantó con esta obra al propio Jean Paul Sartre, al decir que no existe la libertad de renunciar a la libertad. Así nos dijo exactamente nuestro economista y filósofo: “El principio de libertad no puede exigir en ningún caso que se sea libre para no serlo. No es libertad el poder enajenar la libertad propia” ( p.116).

 


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