Benedetto Groce decía –no sin razón– que el marxismo no era más que una condena moral al capitalismo. Una condena que tenía sus bases en el pensamiento del atormentado J. J. Rousseau, a quien Marx llegó a adorar literalmente.

Con aquella aversión que sentía por los primeros días de la industrialización europea, el trabajo infantil y las jornadas laborales incontroladas, Marx intentó revestir su propia moralina con una pátina científica (en la que incluso introdujo una fraudulenta teoría del valor) y otro tanto hicieron muchos de los que inmediatamente se consideraron sus seguidores, como el mismo Althusser, quien  llegó a contraponer ilusoriamente el aspecto científico del marxismo –lo que se llamó  materialismo histórico – a la ideología.

Antes de que la Comunidad Europea condenara las ideas comunistas y sus atroces crímenes –como ha hecho el 18 de septiembre de este año–,ya muchos partidos europeos habían abandonado explícitamente muchas de las tesis de Marx y las habían sacado de sus estatutos para abrazar términos más laxos y retóricos como “izquierda” y “progresismo”, en un juego de prestidigitación y malabarismo con el que se quiere conseguir el objetivo a toda costa.

Al final está claro que lo que sigue distinguiendo a estos “izquierdistas” y “progresistas” es un odio sin precedentes  y una forma de hacer política que no se basa en el consenso y el respeto al otro, sino en la imposición, debido, sobre todo, a esa fatal arrogancia que les otorga el creerse poseedores de la única interpretación de que se puede hacer de la historia (como lo expusieron Popper, Hayek y hasta García Pelayo en su texto Idea de la política). Esto último les da incluso patente de corso hasta para hacer fraude en las elecciones de una democracia representativa que en el fondo rechazan –caso de Bolivia– o, como parece estar sucediendo incluso en España, donde no solo se ha incrementado extrañamente el censo electoral en lo que va de año en más de 200.000 personas sino que se han contratado las mismos compañías y software que han actuado en los procesos electorales de Venezuela.

El caso es que cuando el mundo asistía al Fin de la historia y a la supuesta muerte de las ideologías, un ser medio atarantado y cafre se blindó con una retórica subversiva que inundó de odio el continente suramericano y buena parte del mundo occidental,  haciendo revivir la idea revolucionaria de la lucha de clases y el fantasma del comunismo. Tanto es así que en países que considerábamos avanzados intelectualmente, como Francia y España, algunos de sus intelectuales llegaron a decir que lo que necesitaban ellos también era un Chávez. Muchos de los que nos cansamos del odio que insufló en la sociedad venezolana este ser nefasto, y a sabiendas de que los líderes de la oposición eran unos seres amorales y corruptos, pusimos rumbo a países como Chile y España. No contábamos que el odio en esos países tenía raíces más profundas que en el nuestro, las cuales regaban con esmero unos medios de comunicación sinvergüenzas; la izquierda de ambas naciones no perdona la derrota que un día sufrieron. El buen salvaje  venezolano revivió nuevos odios en ellos y les indicó que se podía volver a intentar  aunque pereciera el país entero (como ha sucedido con Venezuela). Y ahí andan (Foro de Sao Paulo incluido) queriendo hacer suyo el lema latino que popularizó Kant cuando hacía referencia a una moral no utilitaria: Fiat iustitia, et pereat mundus (Que se haga justicia, aunque perezca el mundo). Aunque lo más apropiado para todos sería la frase que acuñó después Ludwig von Mises: Fiat justitia piriat mundus (Que se haga justicia, para que no perezca el mundo)

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