Luego de su asesinato, la carrera de terror del general iraní Qasem Soleimani ha quedado expuesta ante los ojos del mundo. Los que poco sabían al respecto, ahora conocen que estaba dedicado a esparcir la violencia y la muerte en diversos lugares, incluido su propio país.

Pocos días antes de su muerte, turbas dirigidas por los socios de Soleimani habían intentado invadir la Embajada de Estados Unidos en Bagdad, probablemente para repetir los episodios de toma de rehenes en Teherán (1979), o lo ocurrido en Bengasi, Libia, en 2012, cuando otras turbas asesinaron al embajador de Estados Unidos. De hecho, para el momento de su muerte, Soleimani acababa de llegar a Bagdad y se desplazaba en un vehículo acompañado, entre otros, por el personaje que había dirigido de manera directa el asalto a la embajada norteamericana. El presidente Trump ha afirmado que Soleimani se hallaba preparando nuevas acciones terroristas en Irak y que vidas estadounidenses corrían inminente peligro.

Cabe preguntarse qué explica tanto asombro y conmoción, de parte del régimen iraní y sus simpatizantes en otras partes, ante lo ocurrido. Los que viven bajo lemas al estilo de “ojo por ojo y diente por diente”, o “quien a hierro mata a hierro muere”, no deberían sorprenderse de que semejantes principios se apliquen de modo recíproco, o si se quiere bilateral. Las lágrimas de cocodrilo carecen de credibilidad, y según parece, la lista de personas que respiraron más libremente a raíz de la muerte de Soleimani suma a numerosos ciudadanos iraquíes y también iraníes, cansados de las actividades terroristas del general y su permanente y mortal dedicación a la violencia.

Como era de esperarse, el que haya sido Trump quien ordenó la operación que liquidó a Soleimani ha caído mal entre sus críticos de siempre, que parecen incapaces de juzgar con un mínimo de equilibrio y objetividad los actos del presidente de Estadod Unidos. Tal ceguera es tan errada como inútil, y conduce a que los adversarios de Trump tropiecen una y otra vez con la misma piedra. En este caso particular, lo paradójico del asunto es que la política de Trump ha estado bastante clara desde un comienzo en lo que se refiere a Irán y al Medio Oriente en general, y no es una política belicista sino disuasiva.

Según interpretamos, los propósitos de Trump son tres: 1) Evitar que Estados Unidos vuelva a inmiscuirse en guerras de gran amplitud, costos e indefinida duración en esa zona del mundo. 2) Contener el proyecto imperial del régimen teocrático iraní fortaleciendo a aliados norteamericanos en la zona, como Israel, Egipto y Arabia Saudita. 3) Lograr todo esto manteniendo una básica presencia militar estadounidense, lo suficientemente creíble para garantizar la disuasión; dicho en otras palabras, una política que establezca líneas rojas claras y convincentes, que los ayatolás perciban y entiendan sin equívocos o ambigüedades, y no se atrevan a transgredir.

Repetimos: la paradoja es que, como Trump dijo en su breve discurso al anunciar lo acontecido, la acción contra Soleimani no busca una guerra con Irán; lo que busca es impedirla asegurando que el régimen iraní entienda los riesgos y peligros a que se enfrenta, y no subestime la determinación de Washington, en este caso del actual presidente, para impedir que Irán prosiga su rumbo de agresión y expansionismo.

En síntesis, lo que está en juego no es la guerra, sino la disuasión. Desde luego, los cálculos podrían no funcionar, en especial con un régimen fanatizado como el iraní. Pero no queda más remedio que apostar a la racionalidad y el instinto de supervivencia de los otros.