La Fauna fue un admirable programa de televisión que marcó época en la Venezuela de los años sesenta del pasado siglo, un esperanzador espacio devenido en primer contacto –sobre todo para los niños, aunque igual se dirigía a jóvenes y adultos– con el medio ambiente natural y las especies autóctonas existentes en nuestra extensa y variada geografía. Un emplazamiento concebido para educar y crear conciencia sobre la importancia que reviste conservar nuestros recursos naturales, también para anticipar las nefastas consecuencias que tiene devastar la biodiversidad de tan variados ecosistemas. Su conductor fue Pedro Trebbau Millowitsch, Zoólogo que había estudiado primeramente en Frankfurt –centro urbano de gran importancia en su nativa Alemania– para después completar estudios en la Facultad de Veterinaria de la Universidad Central de Venezuela en Maracay. Había venido en 1953 como estudiante tras las huellas del sabio Barón de Humboldt, interesado igualmente en visitar la Estación Biológica de Rancho Grande en el Parque Nacional Henri Pittier –creado en 1937 por decreto del presidente Eleazar López Contreras–, que para entonces se encontraba bajo la dirección del ornitólogo alemán Ernst Schaefer, afamado por sus notables expediciones al Tíbet en los años treinta –Rancho Grande ya era un reconocido y frecuentado centro de investigación y educación ambiental en la región tropical del continente americano–.

El medio venezolano en los años cincuenta era propicio para nuevos emprendimientos en todos los órdenes de la vida; aquel era un país de esperanzas, como solían decir los cronistas e intelectuales de la época. En ese contexto, Trebbau tendrá ocasión de establecer relaciones profesionales con la comunidad científica y universitaria, participando en programas de investigación, de educación e incluso en expediciones de interés para la ciencia. Entre 1955 y 1977 ocupará la dirección del Parque Zoológico El Pinar, el primer jardín zoológico de Caracas, inaugurado en 1945 bajo la presidencia de Isaías Medina Angarita. Más tarde se hará cargo del proyecto para la creación en Caracas de un parque zoológico sin “encierros” en la zona de Caricuao, en un entorno apropiado para el desenvolvimiento habitual de los animales silvestres –la calidad del ambiente será esencial para Trebbau como respuesta al despiadado confinamiento de las jaulas que exhiben animales raros, forzadamente aislados de sus querencias–. Y aquí resaltará la importancia de los parques no solo para la recreación, sino ante todo para la educación, para el estudio científico y la reproducción de especies amenazadas.

Pedro Trebbau se esmera en mostrar en sus programas no solo alegres imágenes representativas del medio ambiente venezolano, sino también leyendas y particularidades de nuestros animales silvestres. Perros de Agua, rabipelados, puercoespines, cachicamos fueron objeto de estudios publicados en revistas especializadas. “…No hay ocelotes iguales –escribe en uno de sus trabajos didácticos–. Las manchas en forma de ojos que cubren el cuerpo de este felino, emparentado con tigres, leones, jaguares y pumas, son únicas en cada individuo…Sigiloso, de hábitos nocturnos, las pupilas se abren hasta formar un círculo perfecto en la oscuridad…Camina sin hacer ruido y se adapta fácilmente a cualquier ecosistema…”. Sobre el águila arpía nos dice que “…alcanza una velocidad de hasta 80 kilómetros por hora para atrapar a sus presas…un animal robusto, de aspecto imponente…” que tiene como atributos la fortaleza, la lealtad y la belleza. Igual nos habla en sus libros del oso hormiguero, de las tortugas, del cocodrilo, todas invitaciones a penetrar el fascinante mundo de los animales. Su propósito vital no se reduce únicamente a mostrar esas bellezas escénicas y ejemplares curiosos del reino animal; más allá de lo fotográfico, desdobla la intención del gran maestro de la ecología, encausado a inducir en sus audiencias el orgullo y la fascinación que debe sentirse por los espacios naturales y sus habitantes autóctonos. Y en ese camino graba memorables programas para la televisión venezolana, europea y norteamericana –entre ellos algunos para la exitosa serie El Hombre y la Tierra, del recordado Félix Rodríguez de la Fuente–. Toda una vida y producción intelectual y científica de muy singulares contornos, lo que convierte a Trebbau en referente obligatorio en temas relativos a la conservación del medio ambiente y los animales montaraces. Mención especial debemos hacer del fondo editorial dedicado a publicar trabajos sobre temas del ambiente, la biodiversidad, los ecosistemas y la naturaleza, no solo de la autoría de Trebbau, también de otros autores contribuyentes a estas materias tan importantes para el género humano.

Conocí a Pedro Trebbau como muchos niños y jóvenes de mi tiempo a través de sus programas para la televisión. Más tarde lo vi junto a mi padre indagando opciones de manejo para el trastorno provocado en el Hato San Pedro –en inmediaciones de Yaritagua, por una población de jaguares depredadores del ganado bovino allí existente. Se mostraba reticente a la eliminación de “tigres cebados” como solíamos calificarles, aunque igual comprensivo del problema económico que ello significaba para los ganaderos. Tiempo después le consultamos sobre el carácter doméstico del chigüire, objeto de la explotación autorizada por el Ministerio del Ambiente en el Hato El Frío del estado Apure. Nos persuadía con su habitual autoridad sobre la condición netamente silvestre de la especie, aún cuando fuere objeto de explotación con fines comerciales. Siempre amable, equilibrado en su juicio, certero en sus conclusiones, guardamos de él las mejores memorias.

Se nos ha ido Pedro Trebbau en un momento crítico para la ecología venezolana que con tanta admiración estudió, que llegó a conocer en profundidad, que defendió con verdadera pasión. Los graves delitos ambientales que denunció por primera vez en 1989 se siguen cometiendo en las cabeceras del Orinoco y amplias zonas de la región Guayana y del Amazonas. La depredación de variedades autóctonas de nuestros llanos, aquellas que motivaron estudios y filmaciones de inmenso valor para la ciencia y la cultura venezolana, fue tema de conversación en nuestro último encuentro. Un drama que nos envuelve y que amenaza el futuro de nuestros ecosistemas, así como las posibilidades de desarrollo de la agricultura y ganadería sustentables en nuestros espacios llaneros –preservar el material genético y la biodiversidad que sin duda constituyen patrimonio de la nación, seguirá siendo determinante para la humanidad–. Lo vamos a extrañar, aunque seguirá vivo en el recuerdo de sus admirables programas, de sus enseñanzas, de su hombría de bien. Compartimos afanes conservacionistas en conferencias y publicaciones, fuimos de veras afortunados al conocerlo, aprender tanto de él y disfrutar del privilegio de su amistad.


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