Venezuela, desde hace unos años, viene atravesando una crisis humanitaria, la escasez de alimentos y medicinas, junto a una hiperinflación que sobrepasa la imaginación, por un lado, y un estancamiento de la economía, por el otro. Todo esto ha empujado a los venezolanos a buscar otros horizontes, debido a que nuestro país no ofrece las garantías necesarias para poder llevar un nivel de vida decente.

Connacionales, los más humildes, se desplazan a pie por vías y carreteras por las diferentes naciones de Suramérica, buscando algún lugar, que van desde Colombia hasta Chile, pasando por Perú, Ecuador, Brasil o Argentina, escudriñando pueblos y ciudades que les puedan brindar cobijo y oportunidades, para poder, así, vivir de forma decente y digna. Ya son más de 4 millones de compatriotas que han salido del país en búsqueda de un sueño.

En pocas palabras, esta realidad se puede explicar por la influencia de varios factores.

  1. Control de precios de los productos básicos, lo que ha ocasionado que los empresarios no puedan trasladar sus costos al consumidor, produciéndose, con ello, muchos artículos a pérdida. Ante esa situación, las empresas optan por no elaborar la mercancía regulada y dar pie a que esta escasee.
  2. Control de cambio. El gobierno de Hugo Chávez, en febrero de 2003, implantó un férreo control de cambio que ha impedido la libre convertibilidad de la moneda; por ende, muchas empresas, al no tener acceso a las divisas, tuvieron que someterse al mercado negro para poder comprar en el exterior la materia prima que les permitiera seguir operando. Consecuencias: precios dolarizados.
  3. Gasto público. El aumento de los empleados públicos, como la creación de nuevos ministerios e instituciones, así como la absorción de empresas con todo su personal, una vez estatizadas, hizo que el gasto fiscal se incrementara en unos siete puntos del producto interno bruto. Para cubrir ese gasto, se optó por devaluar la moneda como la forma para financiar a la administración pública.
  4. País monoproductor. La dependencia del petróleo es total y absoluta; por ende, todo el sistema económico está sujeto a los precios internacionales del oro negro.
  5. Inseguridad jurídica. Cualquier actividad comercial, pequeña, mediana o grande, así como bienes inmuebles, están en desamparo, propensos a expropiaciones e invasiones, sin posibilidad alguna de resarcimiento a los afectados.
  6. Persecución y acoso. En Venezuela hay libertad de expresión, está escrita en la Constitución, pero hay que tener mucho cuidado con lo que se dice. Hay mucha intolerancia por parte del gobierno central hacia quienes piensan y expresan su opinión, catalogándolos de golpistas y traidores a la patria, siendo encarcelados, muchos, por pensar diferente.

Lo anterior no está alejado de las políticas impuestas en la primera década del siglo XXI. Venezuela vivió una ilusión de prosperidad durante los años 2003 a 2009, cuando el crudo se disparó a más de 130 dólares por barril, debido al conflicto en el Medio Oriente. Es decir, la ocupación a Irak y Afganistán, iniciativa que tomó Estados Unidos para invadir esas naciones como consecuencia de los atentados contra las Torres Gemelas, en Nueva York, el 11 de septiembre de 2001.

Eso generó en Venezuela una seudoprosperidad, por lo cual, durante el gobierno de Hugo Chávez, se gastaron anualmente más de 90 mil millones de dólares en importaciones y subsidios. Con esto se dio la sensación de una cierta estabilidad, pero en realidad se había construido una burbuja, que pronto reventaría porque nunca se diversificó la producción, y la economía se ancló en los precios internacionales del único producto de exportación: el petróleo.

Con la muerte de Hugo Chávez y la llegada de Nicolás Maduro en marzo de 2013 al poder, la situación no varió mucho, en el aspecto político, pero sí en lo económico, ya que a partir de 2014 comenzó a bajar el precio del petróleo, acarreando un descalabro en la nación, debido a su monodependencia del hidrocarburo. En 1999, la cesta petrolera de Venezuela tenía un valor de 8 dólares, pasando a su pico más alto de 130 dólares en 2008, y en estos momentos, en 2019, se cotiza a alrededor de los 64 dólares por barril. Veinte años después, con la instauración de la revolución bolivariana, se pasó de la bonanza extrema, impulsando un gasto sin control, a una pobreza inducida, dada la falta de inversión y diversificación de la economía venezolana.

Naturalmente, muchos países de Latinoamérica han utilizado la situación de Venezuela como parámetro de comparación, ya que el gobierno ha expresado su tendencia socialista, por lo cual las naciones como la Argentina, Brasil, Colombia, Ecuador, Perú, solo para enumerar algunas, la han criticado, debido a que ha impulsado el consumismo, sin invertir, aunado con una política de represión, en la que se han irrespetado de forma continua los preceptos democráticos.

Al país, a raíz de los puntos anteriores, se le suma ahora el estar atravesando una etapa hiperinflacionaria; en esta, la moneda nacional, el bolívar, se ha convertido en dinero sin respaldo, que nadie lo quiere. Con ello se ha producido una dolarización forzada, como una forma de paliar los efectos inflacionarios y poder, así, garantizar la reposición de las mercancías y tener siempre los anaqueles llenos. Ahora los mercados están abarrotados de productos, pero su precio es inalcanzable para gran parte de la población, cuyo sueldo mínimo mensual no llega a los 4 dólares.

Por su parte, el gobierno nacional se ha hecho de la vista gorda con respecto a los productos regulados y ha permitido la creación de pequeños comercios que expenden mercancía importada, claro, a precios internacionales, pero solo un puñado de venezolanos puede costear esos productos. El grueso de la población debe sobrevivir con la bolsa de comida distribuida a través de los Comités Locales de Abastecimiento y Producción, en los que los alimentos prioritarios, tales como harina de maíz, pasta, azúcar y granos, se venden a precios subsidiados.

A lo anterior hay que sumarle que la nación tiene un crecimiento económico casi cero, ya que la tasa activa está por el orden del 24% anual; sin embargo, la tasa inflacionaria supera el millón por ciento al año. Con esas condiciones no hay banco que financie dinero para préstamos, puesto que la desvalorización de la moneda hace inviable cualquier actividad comercial.

Estas cifras afectan sobremanera la posibilidad de financiamiento para las pequeñas y medianas empresas y, a la vez, implementar políticas crediticias para financiar cualquier actividad comercial, provocando el cierre de muchos negocios, industrias y comercios cada día, según lo expresa Consecomercio.

Por su parte, el Estado ha optado por un endeudamiento continuo a fin de costear el gasto fiscal, con emisión de bonos pagaderos a 3, 4 o 5 años, con tasas insostenibles para cualquier país medianamente serio. A esto se le suma la devaluación de la moneda; todo con la finalidad de generar dinero inorgánico.

Estos factores han incidido en el cierre de muchas empresas, lo que ha empujado de forma exponencial la tasa de desempleo y pobreza. De hecho, las proyecciones del Fondo Monetario Internacional calculan una tasa de desocupación del 47,9% para este año 2019.

Otro elemento por tomar en cuenta en la realidad del país es la variación en la cotización del dólar, dada la poca capacidad de generar divisas, puesto que la economía de la patria de Bolívar gira alrededor de un solo producto. Me refiero al petróleo, sujeto a las variaciones de los precios internacionales.

Esto ha ocasionado que en Venezuela haya 21.2 millones de personas, que equivale casi al 70% de la población que pasa hambre, según cifras de la FAO, ya que desde que llegó la revolución bolivariana se ha hecho énfasis en la agricultura de puertos y en la importación indiscriminada, por lo que se ha fomentado más el gasto que la inversión.

La realidad anteriormente descrita me lleva a una reflexión final. No se puede engañar a un pueblo, fabricando verdades, teniendo como bases la mentira, pues los hechos hablan por sí solos. Lo que debe prevalecer en el desarrollo de una nación es la honestidad, aunque para muchos políticos es algo innecesario porque desean que predomine el engaño y la falacia por encima de la integridad y la verdad. Sin embargo, más allá de las apetencias personales, deben prevalecer los intereses de un país porque para eso es la carrera política: servir a los ciudadanos para que tengan una mejor calidad de vida. No servirse de los ciudadanos, para ser manipulados, con coacción y miedo, pues todos tenemos derecho de pensar, comparar y votar por la mejor opción. La democracia es eso: construir oportunidades, para mejorar el presente y planificar un mejor futuro.