Desde 1998 con la llegada de la revolución bolivariana y Hugo Chávez a la presidencia de la república, se pudo comprobar que los venezolanos no supimos canalizar nuestros deseos de cambio y optamos por la opción menos fiable, poniendo énfasis en nuestra ignorancia para supuestamente preservar la democracia y arrancarla de las garras de los partidos tradicionales y lo que pasó ya es historia conocida y queda mucha aún por desarrollarse, pero la inconsciencia y el inmediatismo lograron que el desconocimiento de la verdad y los encantos de un timador de oficio, resentido social y golpista confeso adquirieran confianza con los años, llevando al país a la realidad que vive hoy en día. En pocas palabras, fuimos y aún somos un pueblo ignorante, por creer en soluciones mágicas y buscar obtener el mayor beneficio con el mínimo esfuerzo.

Por lo tanto, en estos 21 años de proceso bolivariano, se puede catalogar la ignorancia de nuestra sociedad en tres clases, es decir, no saber lo que debiera saberse, saber mal lo que se sabe, y saber lo que no debiera saberse. Claro, esto no lo dije yo, su autor es un escritor francés, François de la Rochefoucauld (1613-1680), que a pesar de que han transcurrido más de 300 años, esa definición aún se mantiene vigente hoy en día, teniendo su máxima expresión en países donde prevalece el autoritarismo, el totalitarismo y los líderes mesiánicos.

Pero volviendo a Venezuela, con el transcurrir de estas dos décadas, el muerto eterno junto con su camada de aprovechadores, han logrado castrar la voz de protesta de los venezolanos. Controlando dos variables importantes, para reprimir y debilitar el disgusto de la sociedad. Por un lado está todo el sistema represivo de los cuerpos de seguridad, con el cual se dedican a perseguir y encarcelar a todo aquel que levante su voz de desaprobación, y por el otro lo hacen a través del hambre, con sus cajas de alimentos, sus bonos y regalías miserables, que han logrado arrodillar al pueblo, hasta conseguir que se postre frente al jefe supremo. La consigna que deben memorizar los compatriotas, para disfrutar de las dádivas del gobierno, en el cual pensar está prohibido, reclamar mucho menos, es la siguiente: “con hambre, coronavirus y desempleo, con Maduro me resteo”.

Esto se logró atizando a los resentidos sociales, que en su corta y efímera manera de pensar alegaban que su situación económica y social era culpa de la oligarquía, la burguesía y del imperio norteamericano, que les impedían tener acceso a mejores condiciones de vida. Otra vez de nuevo sale a relucir la falta de conocimiento, permitiendo ser fácil presa de la manipulación. ¿Recuerdan las largas y extensas cadenas de radio y televisión del comandante supremo?, de ahí los resultados.

Mientras por un lado se dedicaban a aislar a la población para que la razón y el entendimiento no le alcanzaran y evitar a toda costa la facultad de discernir, se desarrollaba en forma paralela, de manera constante e ininterrumpida, un proceso de deterioro de las instituciones del Estado venezolano, acompañado por índices inflacionarios inimaginables, devaluación de la moneda, escasez de alimentos y medicinas, incrementos en la tasa de criminalidad, tales como homicidios, secuestros, asaltos, robos, pero al mismo tiempo sin descuidar el terrorismo judicial, la corrupción y la represión policial y militar, que diseñó con esmero y dedicación la Venezuela en manos de Chávez. Por lo tanto, se dedicó hasta el último día de su vida a controlar y silenciar a los medios de comunicación social para seguir divulgando su falsa revolución, que lo único que ha logrado es sumir al pueblo en el atraso educativo más profundo de los últimos años.

Es el mar de la felicidad que tanto nos prometieron, donde se puede apreciar la esencia del venezolano, porque demuestra que es lo que es, hasta que no le afecte. Aquellos acomodaticios solo levantan la voz, cuando le tocan sus intereses, pero por el contrario, cuando encuentran la posibilidad de obtener beneficios a pesar de las desgracias de muchos, cambian su forma de pensar para adecuarse a la nueva realidad que les toca vivir. Esos compatriotas han aprendido a bailar en el límite de lo posible, para poder satisfacer ambas melodías. ¿Y la dignidad? ¿Y el valor? ¿Y los principios? Todo eso se negocia, se puede transar, ya que sus necesidades cuando son satisfechas con dinero del imperio, permiten tener otra visión de la verdad venezolana y hasta pueden apoyar el socialismo y sus farsas. Por lo visto, todo tiene un precio.

Ese socialismo o mejor dicho comunismo, que llegó en manos de Hugo Rafael e implementado de forma categórica por Nicolás, personifica la mayor desdicha que ha experimentado nuestra nación, donde se puede apreciar que ningún venezolano, hoy en día, puede disfrutar de su libertad, en pocas palabras, no hay connacional que pueda hacer lo que quiera, sino que cada cual hará lo que se le diga, acostumbrándose a la falta de empleo, a tener un servicio de salud pública precario, con un sistema de educación para formar analfabetas funcionales y con la prestación de servicios básicos como la electricidad y el agua deficientes o mejor dicho, casi inexistentes, avalado por unos índices de criminalidad que llegan casi al exterminio de la población. Con todo lo anterior, ¿cómo se puede definir al venezolano del siglo XXI? Triste y confuso, con hambre y miedo, cansado de resistir y luchar, decepcionado y resignado. Esto corrobora la esencia del comunismo pregonado por los revolucionarios, que no es otra cosa que la dependencia obligatoria del Estado y la prohibición del progreso personal.

Este régimen no permite dudas razonables, ya que la aceptación debe ser tácita, de obediencia absoluta, sin derecho a reflexionar. Ya no hay oportunidad de vivir para soñar y menos soñar para alcanzar la felicidad. Porque toda esa forma de pensar pregonada por más de dos décadas, nunca ha tenido una aplicación práctica, convirtiéndose en una acrobacia del pensamiento, en un delirio que devino en fiebre y terminó con espasmos provocando la ruptura de la continuidad democrática en el país.

Los venezolanos ahora deben pedir permiso para ser optimistas, solicitar indulgencias para lograr un mínimo de respeto, humillarse para ejercer sus derechos y mendigar para cumplir con sus deberes. Nos hemos contagiado del peor de los virus, que es el pesimismo del espíritu y la resignación del alma.

Pero debemos cambiar para crear a ese nuevo venezolano, capaz de pensar y hacer cosas nuevas, evitando repetir lo que han hecho otras generaciones, desarrollando su capacidad crítica, para que sepan verificar la veracidad de la información para diferenciar las verdades de las mentiras, al mismo tiempo debemos dejar de ser una sociedad de ni-ni, pendejos, sapos, jalabolas y vividores. Hay que luchar por la patria, la libertad y la democracia. Solo así, cuando valoremos la esencia de ser ciudadanos, podremos realizar los cambios que necesitamos, evitando así caer en el azar de la sobrevivencia y en las casualidades itinerantes. Debemos luchar contra la ignorancia y el idiotismo, para evitar hundirnos en el abismo de la mediocridad revolucionaria. Con determinación, debemos y podemos lograrlo, ser de nuevo un país de oportunidades.

 


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