Un desbaratado país que no consigue arreglo, vivimos con más dudas que certezas. Todo el mundo es sospechoso de algo. Algunos acusan de traición a sus antiguos compañeros de ruta, otros se ensalzan como artífices del nuevo sueño venezolano. ¿Cuántos dioses hemos tenido en nuestra historia?

Es incontable la lista de ídolos que terminaron en cualquier barranco. Sus cabezas decapitadas en el fondo de un abismo triste. Las miradas del liderazgo relampagueante de ocasión vestidas del rictus luctuoso del olvido. Se apagaron las proclamas, como quien sembró veneno en la cosecha que jamás germinará. Un funeral con pocos deudos, en donde escasea la solidaridad.

Aquellos que aplaudían hasta el frenesí, que juraban lealtad a pruebas de maremotos, de pronto se convirtieron en sus enemigos. Cambiaron los vítores ensordecedores por la vil puñalada en el costado. Es el espíritu de Caín extrapolado en la política escrita, con las minúsculas propias de las uñas llenas de mugre. Somos hijos de la inmediatez. Poco nos gusta analizar y prepararnos para ofrecer un mejor producto en el mercado de la oferta de país.

Lo nuestro es conformarnos con las migajas que aparecen a menudo en las listas de precio del populismo. Como arrastrados por los vaivenes de ocasión, avanzamos sin un destino cierto. Poco nos detenemos a pensar qué es lo realmente fundamental para lograr un destino mejor para Venezuela.

Los intereses particulares o de grupo marchan por un sendero, mientras la nación resiste en el otro camino. Terminamos siempre decapitando un sueño para iniciar otro. Así hemos perdido dos siglos de historia republicana. La Independencia nos dejó huérfanos de la excusa. España era la madre de todas las criaturas del averno, cada fracaso interno tenía como responsable al gobierno que vino con las carabelas de Cristóbal Colón. Si bien poseían mucha de la culpa por los desmedidos abusos, no es menos cierto que acá también se hacían las cosas mal.

Nos acostumbramos a endosarles a los demás las responsabilidades propias. Es algo que viajó en nuestros genes como marca definitiva de un modo de ser. En el fondo existe poca diferencia entre los venezolanos de cualquier época. Con gran entusiasmo nos vamos tras una nueva esperanza. ¿Cuántas de ellas han marcado nuestra historia? Cuando esta desfallece brota por sus poros la desilusión. Regresamos al punto inicial para retomar un nuevo camino que nos depositará en un nuevo motivo para cuestionar.

Ese fatalismo embrionario debemos vencerlo si queremos romper con esa cadena maléfica de siglos de oportunidades perdidas. Que sea la creencia en poder lograrlo, y no la permanente certeza de que todo el mundo es traidor, lo que podrá colocarnos en el camino correcto.

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