La reciente revelación sobre lo que parece ser un entramado de corrupción que involucra a varios diputados a la Asamblea Nacional, actuando aparentemente en connivencia con connotados chavistas, y como encubridores de uno de los más infames programas de control y humillación del régimen madurista sobre los venezolanos más humildes: el CLAP,  ha tenido un innegable efecto desmoralizador sobre mucha gente. Es imposible no sentir indignación frente a lo que parece ser  un acto de traición a nuestro pueblo, actuando desde la propia Comisión de Contraloría de la AN.

Dicho todo esto, es indispensable preguntarse si uno debe rendirse asqueado frente a la corrupción, si debe permitir que los corruptos y traidores triunfen, o si es necesario sobreponerse y seguir trabajando para que caiga el régimen usurpador. La primera reflexión importante es que la traición siempre ha ocupado un lugar en la existencia de los hombres. Quizás el traidor por excelencia era uno de los seguidores de Jesús, un hombre de su máxima confianza. La figura de Judas Iscariote trae, como todo en la Biblia, profundas enseñanzas. Sobre la traición y sobre cómo trascender la traición, y sobre el castigo último para los traidores.

La segunda reflexión trascendente es que a nosotros, los demócratas, los portadores de las virtudes ciudadanas, no nos está permitido pensar y actuar como los chavistas. Nosotros no somos transgresores de la ley, defendemos el justo y debido proceso judicial y la presunción de inocencia como ejes centrales de la práctica de una democracia moderna. Por mucha que sea la indignación, no podemos dejarnos llevar por el clamor del ajusticiamiento público, del linchamiento,  sin que se haya establecido una investigación que establezca culpabilidades. Por eso es importante respetar y asumir la rápida decisión de Guaidó como presidente de la AN de ordenar la apertura de una investigación y la separación de sus cargos de los diputados acusados, y la decisión de suspensión de la militancia en sus respectivos partidos. Esto es lo que debe hacerse y se hizo. Esto no es una señal de debilidad, sino de justicia. En el momento en que actuamos de acuerdo con los preceptos del mal que representan el chavismo y sus herederos, en esos momentos el mal habrá triunfado sobre nosotros.

La tercera reflexión es que el establecer que dentro de las filas de la resistencia democrática hay corruptos y traidores no puede llevarnos, bajo ningún respecto, a asumir la primitiva y suicida actitud de que el gobierno de usurpación y la resistencia democrática son igualmente responsables por los males del país. Esta absurda posición no soporta ningún análisis y solamente está conectada con la indignación que nos produce la corrupción en nuestro seno. En verdad, hay muchos venezolanos de este lado que han arriesgado sus vidas para que salgamos de este hueco histórico, con equivocaciones, sin duda, pero ahí está la trayectoria firme de mucha gente contra la usurpación.

La cuarta reflexión, y quizás la más importante, es que estamos en el deber de exigirnos y de exigir a nuestra dirigencia, la unidad de acción frente a los usurpadores, que son el verdadero enemigo. Todo parece indicar que la mejor opción de la resistencia es ratificar a Guaidó al frente de la AN en enero y de unificar sus fuerzas. Este parece ser el único camino abierto para no seguir contribuyendo por nuestras propias carencias a la destrucción de nuestro país. La corrupción no es el tema central. La unidad de la dirigencia de la resistencia sí lo es.

Publicado en Acento News de Miami