Tomo prestado el título de esta columna de una de las novelas de Charles Dickens, en que relata cómo se vivieron los años de la Revolución francesa en París y Londres, cómo, en aquella época, se experimentaron los cambios sociales en una y otra urbe, y cuál era la percepción de la libertad en dos ciudades separadas por el canal de la Mancha y un poco más. Al leer las noticias sobre las protestas que estallaron en Santiago de Chile (que luego se extendieron a otras ciudades), debido, entre muchas otras cosas, al aumento del precio del pasaje del transporte en el metro, no he podido dejar de comparar esa situación con la que vivimos los caraqueños. Es esa comparación la que me ha llevado a recordar la novela de Dickens; pero, además de los dos siglos transcurridos entre uno y otro episodio, hay que convenir en que las circunstancias son muy diferentes.

Sin duda, Caracas y Santiago son, actualmente, dos ciudades muy distintas en su pujanza económica, en su cultura política y en su régimen de libertades públicas. Hace 30 años, los chilenos se desprendieron de una dictadura, y reconquistaron sus libertades democráticas; por contraste, hace 20 años, los venezolanos eligieron a un caudillo que les ofreció acabar con la corrupción y con los privilegios de una casta, sin que ocurriera ni lo uno ni lo otro. Mientras Chile intenta olvidar la pesadilla fascista, la aventura venezolana terminó en una tiranía que nos ha arruinado moral y económicamente, que ha vaciado las arcas de la nación, y que ha destruido las instituciones republicanas.

En democracia, Santiago se ha convertido en una ciudad moderna, limpia, saturada de gente que va y viene de sus ocupaciones, con calles atestadas de vehículos nuevos y no tan nuevos, con miles de empresas que generan empleo, con un comercio floreciente, y con el sistema de metro más extenso y más moderno de América Latina. Aunque no hay control de cambio, las transacciones comerciales se realizan en pesos chilenos, y hay suficiente dinero circulante para pagar un estacionamiento, dejar una propina, o incluso para los gastos mayores que uno quiera cancelar en efectivo. La inflación, de dos dígitos, aunque alta, no es mayor que la de otros países de la región.

Por el contrario, en medio del ruido de “los motores de la revolución” y del pillaje, los caraqueños sobreviven en una ciudad cada vez más insegura y más violenta, sin empleos productivos, con un metro que escasamente funciona, con camiones para el transporte de ganado que han sustituido a los autobuses, y con una pobreza escalofriante. Aunque el precio del pasaje del transporte en metro es muy barato (y a veces es gratis, porque no hay forma de cobrarlo), lo cierto es que no siempre funciona.

La erradicación de la pobreza sigue siendo una tarea pendiente de los chilenos, cuyo salario mínimo está en 460 dólares mensuales; pero, por contraste, el salario mínimo de los venezolanos, que hace 20 años era de los más altos de la región, hoy apenas alcanza los 37 dólares mensuales. Sin embargo, con mucha rabia y frustración, fueron los santiaguinos quienes salieron a las calles, a protestar por el incremento de 30 pesos (menos de 4 centavos de dólar) en las tarifas del metro. Pero sería insensato asumir que esa fue la verdadera causa de las protestas sociales. Puede que ese haya sido el detonante; pero, en lo más profundo, lo que les molesta a los santiaguinos son los “privilegios” de los que habla la esposa del presidente Piñera, los múltiples casos de corrupción en que están involucrados los militares, las abultadas dietas de los parlamentarios, las exoneraciones de impuestos a empresarios y políticos, las indeseables conexiones entre la política y los negocios, y, por supuesto, la desigualdad en la distribución de la riqueza.

Chile tiene muchos asuntos pendientes de resolver, y esperamos que lo pueda hacer con justicia, en forma civilizada, y teniendo en cuenta el interés general. Pero, por contraste con lo que pueda ocurrir en Caracas, hasta ahora, no se ha sugerido que los políticos chilenos estén involucrados en el narcotráfico. En cuanto a la corrupción, no es, ni de lejos, comparable a lo que se descubierto en Venezuela; además, respecto de los militares chilenos involucrados en casos de corrupción, es bueno apuntar que todos esos casos están siendo investigados por los organismos competentes, y que al menos dos ex comandantes del ejército están presos, por ladrones. No se puede decir lo mismo de Venezuela (o de Caracas), con una corrupción escandalosa, y con un poder judicial absolutamente doblegado a los que mandan.

Luego de las protestas sociales que se iniciaron hace una semana, el gobierno de Chile declaró el estado de emergencia, impuso el toque de queda y militarizó la ciudad. En Caracas, desde la llegada del chavismo, vivimos bajo la bota militar, con un toque de queda permanente, impuesto por el hampa o por los colectivos armados. En Santiago, con el ejército en la calle, ya hay más de un millar de detenidos; en Caracas, sin estado de sitio, hay cerca de un millar de presos políticos. Aquí, por más que suba el precio del pasaje del transporte colectivo, no está permitido protestar.