Insistir en otro diálogo puede ser el órdago de Guaidó. No es que seamos negacionistas de esa técnica que bien valió para Lech Walesa, con la empujada celestial de Juan Pablo II. Lo que debe tenerse en cuenta es que ya en Venezuela hemos ensayado, una y otra vez, esa pócima, y nada. Tampoco es que seamos virulentos críticos a posibles elecciones, para nada. Si somos democráticos, cómo en efecto lo somos, sería un contrasentido que procedamos como estigmatizadores de esos procesos naturales en una democracia, es como pretender que existan capillas sin santos. Debe entonces admitirse nuestra razonada advertencia, de que el problema no está en las urnas de votación, sino en el algoritmo de los fraudes que le sirve a la dictadura. Es lo que hemos dicho, junto a María Corina, a quien sus fanáticos detractores acusan de escolástica, argumentando que su discurso es conservador y rígido. Tampoco es acertado ese disparo. Simplemente sostenemos que los diálogos en Venezuela –los 9 en menos de 20 años– están en las antípodas de los procesos dialoguistas de Mandela.

Lo que lamentamos y denunciamos como peligroso es que se pretenda establecer un centro de poder cesarista que no tolere ningún tipo de disidencia, como aviso nítido de que cuestionar es un pecado capital que debe ser castigado con pena de muerte política. O sea, cuando criticábamos a Chávez, o a Maduro, fuimos castigados severamente y ahora, ¿se pretende satanizar a quienes nos atrevemos a discrepar de las “estrategias” del G4? ¡No, que va! Como decía Oscar Wilde, “la sociedad nunca perdona al soñador, si al criminal”.

Nosotros no defendemos una verdad absoluta, lo que hacemos es argumentar, enunciar, despejar ambigüedades, sin juzgar sibilinamente a nadie, plantamos cara a lo complejo, a lo exigente en un debate, desmenuzamos lo improbable y le damos vueltas a lo que parece, en principio, ser imposible, para tratar de guiar a nuestros interlocutores al terreno de la realidad. Esa realidad que trataba de mostrarle la periodista Idania Chirinos al diputado Edgar Zambrano, formulando preguntas “indiscretas”, lo cual no es el problema, sino que las respuestas terminaran siéndolo, diría también Oscar Wilde.

Lo cierto es que estamos otra vez en la ONU, con el complejo de lo falsonacionalista de “pedir ayuda”, olvidándonos de estadistas como Winston Churchill, que la pedía “hasta para matar un mosquito”. Y valga que en Venezuela no estamos de derecho viviendo un régimen parlamentario, pero de hecho sí y por sus resultados puede desatarse, precipitadamente, un virus antiparlamentario. Y pensar que todo puede obedecer a esa bacteria del sectarismo necio y corrompido que nos ataca. O a los efectos de esos fantasmas del pasado que brotan entre tinieblas buscando asaltar el poder.

Por eso se incrementan los índices de latinos escépticos de la política. Muchos dogmas, activistas que acusan una hemorragia de discursos ampulosos, que no ocultan la carencia de ética política y sí una sobredosis de mezquindad de incompatibilidades tácticas.

Lo cierto es que el tránsito hacia la prometida transición está saliendo muy costoso con esos pagos obligados de peajes. Además, es perverso que no se tenga coraje para zanjar las diferencias de fondo, que las hay, mientras se va escamoteando la esperanza de los venezolanos. Diferencias que se disipan cuando vemos que sí es posible asumir una agenda compartida, con embajadores como Gustavo Tarre Briceño, que busca apoyo, sin complejos y sin sectarismo, pensando solo en ver cómo apalancamos una estrategia que haga posible que Venezuela salga de esta mala hora que juntos padecemos.