Nicolás Maduro se ha mantenido en el poder, por siete años, sin tener legitimidad, carisma, ni apoyo popular, gracias a la represión ejercida por un amplio sector de la Fuerza Armada, por los organismos de seguridad del Estado y por las bandas armadas integradas por militantes del PSUV. Además, por haber logrado construir un entramado de complicidades en todas las instituciones del Estado, en particular en el corrompido Poder Judicial, permitiéndole violar permanentemente los derechos humanos y el libre ejercicio de las libertades.

Esa forma ilegítima de controlar el poder facilitó, en medio de un amplísimo rechazo popular, la instauración de una ortodoxia económica marxista, la cual destruyó a Venezuela. Esta deplorable realidad ha generado una permanente y severa crisis política, la cual se agravó a partir de enero de este año. Paradójicamente, la pandemia del coronavirus le permitió un respiro al régimen. Sin embargo, la gravísima escasez de gasolina y el agravamiento de las penurias de los venezolanos presagian que, al superarse la emergencia sanitaria, resurgirá el clima de agitación social, debilitando aún más las bases de sustentación del régimen madurista.

La dura realidad que enfrenta el pueblo venezolano, azotado por el hambre, la carencia de medicinas, la inseguridad, el colapso de todos los servicios públicos y la total destrucción del aparato productivo, ha vuelto  a colocar en primer plano de discusión las posibles vías de solución de la crisis. Existe la firme convicción, en la opinión pública nacional e internacional, que la permanencia de Nicolás  Maduro en el poder pone en grave riesgo la paz y la estabilidad de nuestro continente. Esta realidad obliga a recordar las posibles alternativas que he planteado en mis anteriores artículos.

Siempre he mantenido que solo existen tres posibles escenarios, con algunas variantes, para encontrarle solución a la crisis venezolana: una negociación directa, con un amplio respaldo internacional, entre Nicolás Maduro y la oposición venezolana representada por Juan Guaidó, y los demás factores que enfrentan al madurismo; una insurrección militar, de carácter interno, con importante apoyo nacional e internacional; una intervención militar multilateral, reconocida y respaldada por la OEA y la Comunidad Europea, con una importante presencia nacional.

El primer escenario, una negociación gobierno-oposición con el respaldo de la comunidad internacional, ha sido la alternativa más utilizada, pero siempre ha terminado en un rotundo fracaso  El principal responsable ha sido Nicolás Maduro y sus representantes, pero creo que esa discusión debe terminar. El último planteamiento en ese sentido fue la propuesta de Mike Pompeo, secretario de Estado norteamericano. Resumamos su posición: constituir un Consejo de Estado, designado por la legítima Asamblea Nacional y conformado equilibradamente por el  madurismo y la oposición democrática. El presidente de ese Consejo de Estado no podría aspirar a ser candidato presidencial. Se designaría  un nuevo Consejo Nacional Electoral y un nuevo Tribunal  Supremo de Justicia. Las elecciones se realizarían, con observación  internacional, en un tiempo prudencial. Las sanciones se irían reduciendo gradualmente. Nicolás Maduro y Juan Guaidó podrían ser candidatos. ¿Cuál fue la causa del fracaso?  Pienso, que de haber sido presentada por Juan Guaidó, en lugar de haberlo hecho Mike Pompeo, hubiese, quizás, tenido una mayor posibilidad de éxito.

¿Es posible, al superarse la pandemia del coronavirus, reiniciar estas negociaciones? Estoy convencido de que sí. El gobierno y la oposición democrática dirigida por Juan Guaidó tienen motivos para retomarlas. Nicolás Maduro debe entender, y creo que ya lo hace, que su gobierno no puede subsistir en medio de la inmanejable crisis interna y las severas sanciones impuestas por Estados Unidos, el Grupo de Lima y la Unión Europea. Además, al terminar la cuarentena la gravedad de la crisis se acrecentará de tal manera que se requerirá de un gobierno de unidad nacional, con suficiente legitimidad y reconocimiento internacional, para poderla enfrentar.

La situación de la oposición también se ha debilitado. Iniciar negociaciones, con la mediación del gobierno noruego, empieza a transformarse en una posibilidad auspiciosa. La frase pronunciada, con cierta discreción, por el secretario de Estado, Mike Pompeo, sobre el posible reinicio de las conversaciones de Oslo, así lo demuestra. ¿Se pueden moderar las tensiones entre los Estados Unidos y Venezuela? Estoy convencido de que sí. En diplomacia todo es posible si se tiene la voluntad para lograrlo.

El segundo escenario, un desconocimiento del ilegítimo gobierno de Maduro por la Fuerza Armada Nacional. Esa reacción militar podría ocurrir en los altos mandos o en los cuadros medios. En caso que la insurrección militar sea dirigida por la cúpula militar, el gobierno que surgiría tendría alguna cercanía con el régimen madurista. Si la acción militar es de cuadros medios, el nuevo gobierno tendría una mayor vinculación con la oposición democrática. Este escenario puede desarrollarse debido al creciente descontento nacional y a la presión que la opinión pública debe de estar realizando sobre los cuadros militares. Sin embargo, es importante resaltar que el llamado realizado por Juan Guaidó a los cuadros militares no ha tenido respuesta. La razón es sencilla. El servicio de inteligencia y contrainteligencia, asesorado por el régimen cubano, ha demostrado una gran eficiencia, así como también la política orientada a destruir el espíritu de cuerpo, la disciplina y la camaradería dentro de la institución. La detención de más de 200 militares, entre ellos los generales Raúl Baduel y Miguel Rodríguez Torres, muy vinculados a Hugo Chávez, así lo demuestran.

El tercer escenario, una intervención militar de carácter multilateral, puede ocurrir si uno de los dos anteriores escenarios no se desarrolla en  tiempo previsible. Los gobiernos democráticos del mundo han percibido, de manera alarmante, que el régimen madurista amenaza la paz y la estabilidad de América Latina y la seguridad del mundo occidental. Ante la posibilidad de una intervención militar multilateral, el régimen de Maduro ha desarrollado una importante campaña de propaganda que busca vender la tesis de que cualquier intervención militar, de carácter multilateral, respaldada por Estados Unidos, Colombia y Brasil, tendría un gran costo militar debido al eficaz sistema de defensa aérea venezolano. En verdad pienso que una alianza militar tan poderosa conquistaría, en breve tiempo, el control del espacio aéreo, y neutralizaría cualquier sistema de defensa aérea.  Es menos creíble que el reparto de lanzaderas de misiles portátiles tierra-aire entre grupos insurgentes sería una suficiente amenaza para evitar la posible intervención militar. En todo caso, esa sería una decisión que dependería, única y exclusivamente, de los gobernantes de esos países en función de sus intereses nacionales.

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