En su juventud, al comienzo de su exilio en Inglaterra, Karl Marx se sirvió muchas veces del cuento de Hans Röckle y el Diablo para entretener a sus hijas durante sus excursiones dominicales al Hampstead Heath de Londres.  “Cuéntanos  media milla más de Hans Röckle, el juguetero”, clamaban Jenny y Laura.

Había en aquel prado un nogal bajo el cual Marx leía toda la prensa europea y bebía clarete mientras charlaba con Jenny, su esposa y los pocos seguidores que entonces tenía. Invariablemente  hacían parada en el “Jack Straw’s Castle”, una taberna donde compraban la leche, el pan y la mantequilla para el  almuerzo y donde Marx y Engels se echaban al coleto la primera pinta  de cerveza del día.

Emprendían el regreso al caer la tarde, y ya  bastante bebido, Marx encabezaba la comitiva.   Se cruzaban con todos los músicos ambulantes de Londres: con bandas de metales que tocaban valses y polkas y con gaiteros irlandeses.  Pero lo que más gustaba a Marx de aquellas excursiones era regresar por las calles declamando, borrachón y a voz en cuello, trozos enteros del Fausto de Goethe en obsequio de sus hijas.

Las chicas soportaban mejor “las aventuras de los juguetes de Hans Röckle” porque, invariablemente,   en ellas la peripecia sólo termina cuando los atribulados juguetes logran regresar a la juguetería y ponerse a salvo.

Los juguetes de Hans Röckle no quieren ser juguetes de ningún niño burgués y los arrebata de improviso una gana quijotesca de  deshacer entuertos en los que no pueden dejar de inmiscuirse,  sin importarles cuán inermes se hallen.

Los villanos del cuento siempre los aventajan en tamaño, número y malignidad y, ante  la osadía de los polichinelas o las bailarinas del taller  de juguetería,  desatan una feroz  persecución, tan tenaz,  que exige el máximo a los mecanismos de cuerda de los imprudentes juguetes para cruzar Londres a todo correr  y despistarlos lo suficiente para llegar, corriendo, a la tienda, justo a tiempo de que Röckle el Mago les dé a los villanos con la puerta en las narices.

Hans Röckle vivía acogotado por las deudas,  las cuentas de su juguetería siempre estaban en rojo. Sus juguetes eran de mecanismo elemental  e imperfecto y  de acabado sumamente basto: la pintura de las casacas y de los quepises, por ejemplo,  se descascaraba  no más desempacar. Las piezas movibles se desprendían para siempre al tocarlas.  Por eso nadie quería sus juguetes o los devolvían, a poco tiempo de comprarlos, exigiendo inmediato reembolso.

En consecuencia, Hans Röckle siempre estaba en mora con el casero, la tienda de abarrotes,  el carbonero, el carnicero y, desde luego, con  los proveedores de materia prima para su taller.

Desesperado, Röckle vendió un día su alma al Diablo a cambio de tener ingenio y destreza  como  fabricante de juguetes y sólo entonces fue cuando comenzó a tener gran éxito porque los suyos eran ahora  juguetes autómatas de pasmoso mecanismo invisible.    A partir de esta transformación, Röckle comenzó a ser conocido en el ramo juguetero como Röckle el Mago.

Pero tan pronto sus dueños los sacaban de la caja, los juguetes de Röckle el Mago se metían en líos que los rebasaban y debían emprender la huida en un largo, tortuoso y desesperado regreso a la juguetería.  Según Marx, la maldición, la trampa del Diablo, estaba en que Röckle el Mago no pudiese desprenderse nunca de los quijotescos juguetes, tan justicieros como chambones,  que echaba al mundo.

Marx veía la jugarreta del Diablo precisamente en el hecho de que los juguetes,  manufacturados a partir de insumos cuya demanda es bastante inelástica,   pudiesen venderse varias veces en el mercado,  casi sin depreciación alguna.

No he podido nunca entender por qué veía Marx las cosas así. Al fin y al cabo, revender una y otra vez juguetes  que, en virtud de un hechizo, vuelven por sí solos a la juguetería supera cualquier sueño de Ruth y Eliott Handler,  los “padres” de la muñeca Barbie™,  fabricada ininterrumpidamente por Mattel Toys desde 1959.

Un buen juguete autómata, aun producido en la incipiente revolución industrial, puede  considerarse un bien transable, en el sentido que hoy dan los economistas a esa palabra. Hablamos,  por cierto,  de un juguete que regresa por sí solo  a la fábrica en condiciones de ser ofrecido ventajosamente de nuevo, sin depreciación, en un mercado de gran eficiencia asignativa, como cabe imaginar que era ya el mercado de los juguetes en el Londres de Peter Pan.

No está claro,  sin embargo,  cómo   podía resultar pesadillesco para Röckle el Mago afrontar los módicos gastos fijos de un gabinete de magia, sin operarios ni gastos de energía. Los márgenes de ganancia de sus juguetes escapadizos le aseguraban una ilimitada capacidad de ahorro y de acumulación de capital.

A menos que la trampa del Diablo  obrara, justamente, en el mecanismo que, para usar palabras de Marx y Engels, “transmuta los valores en precios”.  Y que el valor de los insumos y  de la magia que permitía a Röckle el Mago producir juguetes prodigiosos experimentase un crecimiento lineal, en tanto que la cuenta conjunta del casero, del tendero y del carnicero lo hiciese de un modo infernalmente exponencial.  Sólo así, pienso yo, la trampa del Diablo podría impedir al mago prosperar indefinidamente, cada día más lejos de una economía de subsistencia.

Como quiera que sea, ese era el cuento que Karl Marx  narraba durante millas y meses  para regocijo de sus hijas,  y tal como él lo contaba, así os lo cuento hoy, víspera de Navidad.


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