Hay una hebra, tenue por demás, que nos une a lo inmortal, a ese anhelo que acuna todo ser humano por trascender, por no acabar al morir. Fue así como elaboramos ese hilo llamado fe.  Es la necesidad de creer en lo imposible, de no necesitar pruebas tangibles para profesar una devoción que puede rozar lo irracional.  Como bien sabemos, su manifestación por excelencia se ha prodigado en el ámbito religioso. Llámese Dios, HaShem, Yahvé, Mahoma o Buda, son el ente al que recurrimos para explicar lo que no podemos entender, o no sabemos cómo asumir.

A esa cara de la fe, que llamo metafísica, se le ha unido una que algunos enfebrecidos tal vez bautizarían como “social”. Y es allí donde han surgido Marx, Lenin, Mao, Che, Fidel, o Chávez; y se distinguen sus adoradores porque son a prueba de bombas atómicas.

Las expresiones de ambas caras son a veces risibles, cuando no tragicómicas. En mi andar por cuanto espacio de la geografía venezolana hay, encontré algunos casos que me costaba un esfuerzo infinito para mantener mi aparente seriedad.

Una de esas veces llegué a un caserío perdido en medio de una serranía, que se aprestaba para celebrar sus fiestas patronales. Este poblado tenía una capilla que sus vecinos habían construido, y la abrían una vez al año para recibir al párroco de una ciudad cercana. Este clérigo debía ser buscado en la casa parroquial de su iglesia y trasladado en un vehículo de doble tracción hasta el diminuto templo. Pero, ojo, no podía ser cualquier carro, no señor, su sacra persona debía ser trasladado en un auto con aire acondicionado.  Y los campesinos siempre conseguían un automóvil como el requerido por su santa eminencia.

El día que estuve con ellos vi llegar al mentado personaje en medio de un escándalo de campanas y zambombazos de petardos caseros, que anunciaban el arribo del homo ecclesiasticus. En breve comenzó el oficio religioso y cuál no sería mi sorpresa al ver aquel personaje, digno de cualquier mojiganga medieval, que, entre flatos y regüeldos, exhortaba a la esmirriada feligresía a colaborar con los fondos parroquiales. Y doy fe de que los sonoros juegos de sus tripas no son exageraciones mías.

Así como ese, también tropecé con más de un “camarada” que se dedicaba a divulgar entre los impávidos vecinos las bondades de la sociedad comunista. Conocí en Puerto Ayacucho, cuando llegar allá tomaba más de veinte horas de viaje por carretera, a un paisano al que nadie conocía por su nombre, pero todos le llamaban “El Gallo”, porque aquel hombre vendía Tribuna Popular, el vademécum de la revolución criolla, órgano informativo del honorable Partido Comunista de Venezuela, y cuyo logotipo era un gallo rojo; de allí el mote al desgarbado hombre.

Un día llegué a la capital amazonense y todavía se comentaba, entre carcajadas, la última ocurrencia de este personaje. Dos días antes, al caer la noche, él se había ido a uno de los bares de mala muerte que estaban en las orillas del río Orinoco y a voz en cuello anunció: “¡A beber todos que El Gallo invita!” La algarabía ya se la pueden imaginar. Y el mismo grito lo pronunció en no pocas ocasiones. Ya sobrepasada la medianoche, el hombre ya más que envalentonado por no escasos tragos de ron, se encaramó en una mesa, mientras era azuzado por todos los asistentes: “¡Ese es mi gallo! ¡Háblanos Gallo!” Y no faltó uno que otro grito de: “¡Ese es mi gallo carajo!”

Me contaba uno de los testigos que, en medio del alboroto, él hizo un gesto apaciguador con ambas manos, hasta que el local quedó en silencio, porque hasta la rockola la apagaron para poderlo oír mejor. Y habló: “Señores, ha llegado la hora de partir, y es el momento de pagar, así que tal como El Gallo bebió y todos bebieron, ahora El Gallo paga, ¡y todo el mundo paga!” El pobre hombre llevó más palo que una gata ladrona, amaneció a orilla del río más morado que un sayo del nazareno, y dicen que no se lo llevó el río porque una de las mesoneras se condolió y le amarró el cinturón con una cabuya a un palo de amarrar curiaras.

Como estos dos personajes, que les acabo de describir, hay montones en nuestra tierra. Tal vez de los últimos más destacados es el señor ese que nació en El Furrial, estado Monagas, el que se roba las sedes de los periódicos y los fondos de las cantinas cuando era cadete, que ahora le ha dado por convertirse en eminencia médica y anuncia los males de los demás por el programucho ese en el que aparece dando vueltas como un pollo sin cabeza.  ¿Hay todavía quien extraña a Radio Rochela?

© Alfredo Cedeño

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