Tras la peste, la guerra; lo que nos faltaba.

Uno de mis maestros de periodismo, en lejanos años, me advertía que la guerra es la noticia primera, seguida de las catástrofes aéreas. Antes, me decía, la peste competía con la guerra, pero como ahora ya no hay pestes (eran otros tiempos), el segundo lugar lo ocupan los aviones.

En estos días, en que los aviones no vuelan, la peste conocida como coronavirus ocupa el primer puesto con holgura. Pero ya le salió competencia: la guerra entre Donald Trump y Xi Jinping. Estados Unidos vs China.

Tengo una gran expectativa. Tenía dos años cuando finalizó la Segunda Gran Guerra y nadie creía que se fuera a dar una tercera. Muchísimos siguen sin creerlo, y yo también. Sin embargo, ahí están: uno le mete un dedo en el ojo al otro y este a su vez le moja la oreja a aquel. Se toquetean por todas partes y la guerra comienza a copar los titulares.

Digo yo: si se comprometieran a no salirse de sus respectivas fronteras, con misiles de expansión controlada que no dañen territorios vecinos y que soldados chinos invadieran Estados Unidos y marines de esta nación norteamericana a China, quizás no sería una mala solución para el resto del mundo. Bajaría la tensión y desenredaría bastante la cosa. Lo malo es que moriría mucha gente buena e inocente. Además, sería dársela servida al pícaro de Putin, que ha hecho todo lo necesario para sobrevivir pestes y guerras.

La alternativa, entonces, es que Trump y Xi se enfrenten en duelo a muerte. Tendría que ser con sables –filo, contrafilo y punta-, que no hay forma de errar. Los derechos de transmisión por televisión podrían volcarse a la búsqueda de una vacuna contra el covid-19. Si al mismo tiempo se consiguiera una vacuna que nos inmunizara y nos protegiera de los Trump, del Partido Comunista Chino, de Maduro, Bolsonaro, Putin, Alberto y Cristina Fernández, Pedro Sánchez, López Obrador, miel sobre hojuelas. Habría que buscar un lugar neutral: podría ser la Antártida. Por allá abajo. Quizás hasta tenemos suerte y ambos contendientes quedan congelados y pueden ser conservados como monumentos o  estatuas que incluso podrían ser visitadas por distintos motivos. Sería muy didáctico para futuros gobernantes. Imagínense. También podría ser un nuevo destino para cruceros turísticos. Esto es para después de la peste.

Puede que se me haya escapado la imaginación, que como se sabe es la loca de la casa. Lo acepto, ¿pero será tan así?

El bombardeo informativo en torno a la peste va para arriba, para abajo y para cualquier costado. La vacuna se anuncia para septiembre, octubre o diciembre o habrá que esperar más de un año. Estamos asegurados, pero no se sabe cuándo. Lo de Trump es maravilloso, con total desparpajo, y supina ignorancia, un día dice una cosa y semanas después todo lo contrario. Bolsonaro lo único que tiene a favor es que es coherente y porfiado. De los chinos nunca se sabe bien en qué están: siempre es un misterio y no hay que creerles nada de lo que dicen; si no, mira cómo les fue a los que se engatusaron con aquello de que florezcan mil flores y la revolución cultural. Lo único seguro es que parece que adoptaron formalmente a la OMS. Mientras tanto, la dictadura venezolana nuevamente rechaza una invasión (unas 25 personas). El propósito era asesinar a Maduro y en su defecto tomarlo preso para ser juzgado en Estados Unidos por todas sus fechorías. Digo yo: los venezolanos podrían ser un poquito más originales. Y atentos con el papa Francisco, que en estos días estaría ocupado en desacreditar a Benedicto XVI -según se murmura-, pero puede salir con cualquier cosa cuando menos se espera.

Uno tiene la esperanza de que después se haga una gran revisión del rol de los organismos internacionales y unas cuantas ONG –de las millones que están esparcidas por el mundo– y hasta de las propias Naciones Unidas. Con los dineros que se destinan hoy a esa gigantesca burocracia –ríete del Leviatán de Hobbes– se podría mitigar o hasta hacer desaparecer el hambre en el mundo, reducir la pobreza, defender a los más necesitados y cuidar de la salud de la humanidad hoy algo jaqueada.

 


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