Estamos entrando en el corazón de una encrucijada con solo dos vías de salida, o vencemos a los usurpadores y los venezolanos nos dedicamos a reconstruir el país, física y moralmente, o los usurpadores nos vencen y con esa victoria terminarían de completar su labor de destrucción que, con Chávez a la cabeza y una revolución que nunca existió, comenzó hace ya veinte años. La situación reviste características de gravedad extrema y si no es terminal es gracias al apoyo que la comunidad internacional le ha dado a la AN legítima y a su presidente Juan Guaidó.

Mucho se ha tenido que luchar para mantener la esperanza por el fin de la usurpación, muchos los peligros enfrentados por el presidente interino y los diputados que, con coraje y arriesgándolo todo, le han hecho frente a la tiranía, muchas las controversias sobre este tema en los predios de la oposición, todas guiadas por intereses personales o de grupos, pero la unanimidad de todos esos grupos en la idea de ponerle punto final al régimen castrocomunista, infiltrado, además, por mafias indeseables, se mantiene. Ha sido tanto el acoso, el hostigamiento y la represión total y absolutamente criminal que el régimen ejerce a diario en su delirio por permanecer en el poder y lejos de la justicia internacional que los condenaría sin vacilación alguna, que es imposible que no haya pasado ya al inventario de las violaciones de los derechos humanos que reposa en su expediente y que hace imposible que los países democráticos no lo tengan como causa para defender el interinato de Guaidó y exigir por ello elecciones libres bajo la lupa internacional.

Se dice que los errores se pagan, pero en la política el pago es muchas veces más que el doble, aun si son cometidos por hegemonías autoritarias como la que ejerce el castrocomunismo en Venezuela y haberse levantado de la mesa como lo hizo Maduro acompañado por su coro de acólitos, fue un error cometido por las obsesiones de Maduro y de Cabello, las dos cabezas que se disputan el poder absoluto en este país, cometido además a la vista de toda la comunidad internacional, incluidas las naciones que apoyan al régimen, principalmente Rusia y China. El primero, por haberse levantado de la mesa de negociaciones con una excusa tan infantil como la que dio siguiendo el clásico y funesto libreto cubano, hecho que dejaba al descubierto que la orden le venía dictada desde La Habana  y la de Cabello por querer extremar su obsesión de  perverso y despiadado verdugo, de destruir física y moralmente a la legítima Asamblea Nacional elegida con la votación abrumadora del pueblo. Dos errores fatales que pusieron en evidencia, por una parte las discrepancias en el liderazgo de quienes manejan este bochinche sin fondo, y por la otra la insinceridad enfermiza del régimen y su ya clásica conducta de engañar a todos y todo el tiempo.

Haber dado esos pasos en momentos en los que se discuten extramuros las vías para detener la tragedia venezolana pone en las manos de Guaidó la posibilidad de asumir la ofensiva y con ello cambiar de papel en la película y pasar de demócrata acosado a demócrata que con las armas de los demócratas, acorrala al usurpador. Pero para que eso se plasme en un camino cierto y un nuevo despertar de la emoción popular, Guaidó tendrá que mover todos los hilos para que a la presión de las sanciones, al respaldo del Grupo de Lima, de la Unión Europea, y de múltiples factores más, se una la presión interna, en nuestra propia geografía, representada en la protesta en la calle sin límite de tiempo.

Y cuando se habla de elecciones en esa mesa, no se está hablando de las parlamentarias que pretenden desde la ilegítima asamblea cubana, no, se está hablando de unas elecciones generales con un nuevo CNE, con vigilancia de los organismos internacionales y sin Maduro en la Presidencia, ni con la custodia de las fuerzas armadas. Se está hablando pues de elecciones generales libres cuyo resultado, aceptado por las partes, puedan conducir  a una gobernabilidad sustentable.

Es bueno entender que las solas sanciones no bastan, tampoco la presión internacional y menos cuando muchos de los “aliados” han tomado el camino de lenguaje diplomático en el que mucho se habla y poco se resuelve, y todavía peor cuando vemos que el régimen mantiene una actitud deleznablemente cínica, burlándose de Guaidó, del Grupo de Lima, de la Unión Europea de Trump, sin importarle lo que digan los de adentro y los de afuera, convencidos como están de que aquí nadie vendrá ni desde afuera, ni desde adentro, a sacarlos del poder. Pero resulta que se les acabó el jueguito porque si bien hasta hace poco el régimen invocó el diálogo solo para ganar tiempo, con esta decisión motivada por la paranoia más que por la lógica, ahora Maduro y su combo están obligados a regresar a ella y con unas nuevas reglas que deben ser impuestas por la mesa que representa Guaidó, que no es otra que la de todos los venezolanos obstinados como estamos con la arbitrariedad y la satrapía de un régimen que nos condujo al propio infierno. Y tiene que hacerlo convocando a todos y cada uno de los venezolanos a una protesta continuada y sin límite de tiempo, con estrategias nuevas, donde marchas y asambleas populares, solo sean escalones de descanso, apoyadas más en movilizaciones novedosas que no le den tregua al régimen.

Guaidó tiene que aprovechar que todos y cada uno de los participantes en la construcción de un camino que nos lleve a la normalidad, quieren la mesa de negociaciones, aprovechar que él tuvo la visión acertadísima de decir, cuando Maduro se levantó de la mesa, que no nos preocupáramos porque Maduro regresaría contra su voluntad  a sentarse en esa mesa, aun cuando ahora no le guste. Aprovechar que la continuidad de esa mesa también lo quieren la Fuerza Armada, que Maduro comienza a balbucear que no dijo lo que dijo cuando habló de levantarse de la mesa, que Cabello vio frustrada por el momento, su intención de pegarle fuego a la legítima AN con sus diputados adentro, y que toda la comunidad internacional llama a sentarse en esa mesa para discutir una nueva agenda que conduzca indefectiblemente a unas elecciones libres, sin Maduro en la Presidencia, sin la intervención de Padrino y de la Fuerza Armada, sin el CNE actuando como representante electoral del régimen.

Confío en que en esta coyuntura tan única y tan especialmente favorable a la oposición, las deliberaciones de la oposición disidente entiendan que el mejor comportamiento es unirse a la protesta nacional ininterrumpida rechazando al régimen y dejar que esta ola que hoy nos favorece termine de llegar a la orilla de la salvación de todo un país.