La consulta a cualquier diccionario arroja esta definición de manía: trastorno o enfermedad mental que se caracteriza por una euforia exagerada, la presencia obsesiva de una idea fija y un estado anormal de agitación y delirio.

La inconclusa escuela secundaria de Pablo Medina no le ha hecho bien a nadie. Quizá la narrativa sobre la épica de Simón Bolívar, al igual que el caso del tercio aquel, lo atolondró y quedó con la manía de libertarnos; primero, a través de la guerrilla, y ahora como perro de guerra, es decir, como organizador de un ejército de mercenarios.

La reflexión anterior tiene origen de lo reportado por El Nacional el pasado jueves 22 de agosto, en relación con una entrevista que le hizo el periodista peruano Jaime Bayly. En la entrevista, Pablo Medina asegura que está formando lo que llamó un “ejército libertador” para restablecer la democracia en Venezuela. En sus propias palabras: «Hemos conversado con una empresa internacional. La sociedad nos da derecho de formar ese ejército, por lo que todos los venezolanos tenemos el deber de colaborar en el restablecimiento de la democracia».

Para empezar, y desde la perspectiva argumental, no luce ni directo, ni claro, ni mucho menos sólido, el tránsito de razones que llevan a Pablo Medina a afirmar que tiene el permiso de la sociedad venezolana para armar un ejército de mercenarios. Adicionalmente, el remoquete de que «tenemos el deber de colaborar con el restablecimiento de la democracia», tiene más bien un tufillo de manipulación moral.

Del texto de la entrevista se desprende que el ejército de mercenarios estaría integrado por 10.000 hombres (ya censados) y que ya cuentan con 400.000 dólares cash. Con tal información ya es posible concluir que Pablo Medina no tiene idea de lo que está hablando.

En Internet es posible encontrar que, desde la perspectiva de fuerzas convencionales, un soldado de primera (Private First Class) del ejército estadounidense gana aproximadamente  22.000 dólares al año. Ya por aquí estamos hablando de que Pablo Medina necesita, como mínimo, 220 millones de dólares para sus 10.000 soldados. Lo anterior también quiere decir que los 400.000 dólares, que dice tener recolectados, le alcanzan tan solo para 18 soldados.

Las anteriores cifras, por supuesto, no incluyen la dotación del soldado; es decir, su equipo de combate ni su alimentación ni su hospedaje y otros servicios mientras tiene lugar el proceso de recluta hasta su desembarco, o su lanzamiento en paracaídas, en el punto X del día D. Si se incluye lo anterior, estaríamos hablando de 60.000 dólares más al año por cada soldado, lo cual aumenta la cifra a 82.000 dólares por soldado. Las cifras anteriores nos conducen a 820 millones de dólares para su ejército de 10.000 mercenarios. Pues bien y otra vez, con los 400.000 dólares que dice tener, solo le alcanza ahora para 5 soldados. Observe el lector que aún no he incluido ni el transporte ni un segundo año de operaciones ni la rentabilidad exigida por la empresa internacional que le maneja la gestión.

Dos conclusiones adicionales se desprenden de este pequeño análisis, además del posible problema psicológico que subyace en su manía libertaria y de que siempre resulta más útil para la sociedad concluir los estudios, en lugar de abandonarlos para ir a echarle plomo a los semejantes. La primera es la misma que la de mi artículo del pasado 16 de agosto aquí en El Nacional (“Del error a la sátira”) referido en aquella oportunidad a Henri Falcón: estos políticos no aceptan que están acabados y dicen cualquier tontería para figurar. Según la archiconocida frase atribuida a Oscar Wilde: “Hay solamente una cosa en el mundo peor que hablen de ti, y es que no hablen de ti”.

La otra conclusión tiene que ver con el dicho aquel atribuido al bueno de Albert Einstein “la necesidad es la madre de todas las invenciones”. Hay una muy remota posibilidad de que Pablo Medina no sea tan tarado como parece ser y lo de los mercenarios sea tan solo un entramado para alimentar su bolsillo. Alguien que no terminó su escuela secundaria, que no tiene oficio conocido, que vive en Miami, la decimoquinta ciudad más cara del mundo según el índice Live-Work 2017-2018, que no exhibe disminución en el peso corporal y que se presenta en una entrevista impecablemente vestido es, indudablemente, alguien que necesita fondos para mantener su existencia.