Por Lonis Chacón

Las realidades del mundo actual se han ido volviendo cada vez más complejas. A lo largo de la segunda parte del siglo XX y, especialmente, en las últimas décadas, las interrelaciones y las interconexiones de los constituyentes biológicos, psicológicos, sociales, económicos, políticos, culturales y ecológicos, tanto a nivel de las regiones, naciones como en el ámbito mundial, se han incrementado de tal manera, que la investigación científica clásica y tradicional con su enfoque lógico-positivista  se ha vuelto corta y limitada para abordar estas realidades nuevas y complejas.

La gestión educativa tiene su propia naturaleza, la misión y el deber de enfrentar este estado de cosas de ser sensibles ante los signos de los tiempos y de formar las futuras generaciones en consonancia con ellos, dado la responsabilidad transdiciplinaria que tiene el proceso de formadores. Por ello, se considera necesario penetrar el pensamiento complejo y esa transdisciplinariedad dentro de las organizaciones y los diversos subsistemas del sistema educativo.

En la actualidad está emergiendo un nuevo paradigma de la ciencia, tal vez el cambio más grande que se ha efectuado en la historia, que afecta todas las áreas del conocimiento. De allí que cambia la manera de pensar, de actuar, en lo económico, en lo político y en lo social. En ese sentido, Ander-Egg (1999) sobre la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (Unesco, siglas en inglés) refiere que “vivimos en un mundo de complejidad creciente y de comprensión retardada” (p. 59).

Asimismo, tardíamente se comprende y se toman las decisiones por falta de una visión hologramática, sobre lo cual Morín señala (2002) que “la parte está en el todo”… y en el todo está inscripto en la parte” (p. 99) de la realidad. Quizás esa realidad compleja constituya uno de los mayores desafíos y de las mayores urgencias del pensamiento contemporáneo. No de un pensamiento especializado y saberes desunidos sino de un pensamiento capaz de aprehender la totalidad, se tiene que concebir un modo de pensar distinto capaz de pensar esa complejidad.

Estos desplazamientos en los modos de percibir las cosas además de los adelantos  y alcances  de las denominadas investigaciones científicas tanto en el orden determinístico como en el no determinístico, también han incidido en la evolución del conocimiento administrativo, pasando desde las escuelas de los padres de la administración que para Taylor y Fayol representan hasta un archipiélago de construcciones teóricas que son reflejo de las diferentes adecuaciones en los cambios paradigmáticos dentro del pensamiento administrativo, donde convergen conceptos, terminologías  tales como postmodernidad, incertidumbre, pensamiento complejo y teorías del caos, entre otros; lo cual acentúa lo citado por muchos autores: la  transición de una teoría administrativa tradicional a una teoría de gestión educativa que demanda la sociedad y el mundo para el porvenir.

De allí que en el campo de la administración educativa el pensamiento simplista presente en los principios administrativos tradicionales de Fayol, referentes al orden, los cuales se desmontan en la contemporaneidad ante el caos/orden/ viene a ser desórdenes propios del fenómeno complejo de una organización educativa.

No se puede seguir dentro de los principios dogmáticos, deterministas, no propensos a la crítica ni al cambio; sino más bien propiciar el cambio, la innovación, la creatividad, conciliar lo de ayer, con lo de hoy y el mañana. El pensamiento del paradigma simplista y complejo es totalmente diferente. El pensamiento simple conduce a pensar de una manera reduccionista, unidimensional, simplificadora, las cuales mutilan la realidad y el pensamiento, programa para controlar lo que es seguro, medible; mientras que el pensamiento complejo es capaz de asociar lo que está desunido, concebir la multidimensionalidad de toda realidad antroposocial, y que Ander Egg (ob. cit) las define como las vías de diseñar estrategias para abordar lo irreversible, lo aleatorio y lo cualitativo.

La gestión educativa es compleja porque lo característico no son los elementos que los configuran –los sujetos– sino las relaciones dialógicas e intersubjetivas que se establecen entre ellos; o sea, las relaciones se construyen en función de las necesidades de la organización y se ven condicionadas y modificadas por factores de todo tipo: sociales, históricas, políticas culturales, tecnológicas, geográficas, demográficas, económicas, sanitarias y financieras.

En la gerencia tradicional, empírica, centralista y rígida que realizan los directivos, aunque llena de su experiencia laboral y buenas intenciones, no es el mejor instrumento para gestionar la educación de cara a la complejidad de esta contemporaneidad. Quienes gestionan y dinamizan las innovaciones en el caso de las instituciones educativas no consiste solamente en desear el cambio o realizar una correcta planificación, pero sin duda pueden ser capaces de acelerar o detener la transformación de las organizaciones.

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