Fue un profesor universitario [adscrito a la Facultad de Ciencias Jurídicas y Políticas de la Universidad de los Andes] quien propuso, víspera del milenio en curso y cuando todavía nadie admitía que la insurgencia proyectaba conducirnos hacia una desgracia con tinte apocalíptico, que alias «Comandante Fetiche» debía eternizarse en funciones de mando. Durante esos días, el amigo, cuyo nombre no mencionaré, era uno de los más destacados aduladores del Totalitarismo y asambleísta propugnador de un bodrio llamado El Proceso. Gracias a su radicalización y extremismo, fue investido vicepresidente del Tribunal Supremo de Justicia [TSJ]

Hace pocos días, dicté una clase callejera a jóvenes que esperaban entrar a una empresa bancaria para retirar solo lo permitido: pasajes. Porque, en Venezuela, los «billetardos» están bajo control de mafias. Ellos me escucharon deplorar que las franquicias revolucionarias del timo sociopolítico y económico mantengan bajo acecho a los latinoamericanos, advertir que temprano superaremos tantas e inducidas calamidades y que serán proscritas las ideologías impulsadas por parásitos del Terrorismo Doctrinal. Se dará preponderancia al gerente civil de Estado [sin almirantazgos ni generalatos conjuntos]

Ante esos intrigados estudiantes universitarios sí revelé nombres de sujetos con insólito poder cívico-militar, sus procedencias y adoctrinamientos para delinquir, los sitios donde actúan, sus nocivas intenciones, crímenes que cometen en perjuicio de la nación venezolana. Impunes, persuadidos de estar cobijados por factorías y blindados con millones de próceres impresos imperiales norteamericanos.

Aquel vicepresidente del TSJ huyó del país henchido de dólares. El estilo de vida que exhibía evidenciaba su enriquecimiento ilícito. Empero, le permitieron salir. La pandilla que ajustó cuentas con él estaba protegida por alias «Comandante Fetiche», pero él también. Meses antes de su presunta ruptura con el régimen hegemónico que impuso el señor verruga de adventicio y verde oliva uniforme, charlamos en una pizzería-panadería ubicada frente a un edificio donde fui propietario de un apartamento. Previo a nuestro nervioso diálogo, le presenté a mis hijas [hoy todas están fuera de Venezuela].

Le reproché que adhiriera al Terrorismo Doctrinal, le hablé de mi anhelo de promover la figura de gerente civil de Estado: supletoria de primer ministro, presidente de República, principal de país. Ante lo cual, sonreído y flanqueado por dos hombres apertrechados, espetó que le gustaría tenerme como asesor escritural en su despacho de magistrado. Mis chicas escucharon la propuesta, y sus rostros mostraban enfado. Con sorna, ellas observaban a sus guardaespaldas. No fui petulante al insistirle que el mundo será más seguro, próspero y libre sin políticos o militares al mando en las distintas repúblicas.

-«Soy utopista, cierto» -inferí-. «Ello no abochorna, ni a mí, allegados o interlocutores casuales. Quizá genere carcajadas a quienes creen en El Proceso»

-«No discutiré contigo sobre literatura ni periodismo de investigación, Albert –replicó-. «Es la nueva realidad que te asomo, aprovecha, ganarás tanto dinero que me agradecerás por siempre haberte llevado a Caracas. Deja de escribir novelas, cuentos, poemas y críticas. La Universidad de los Andes ya es historia, olvídala. Toma mi tarjeta, ahí hallarás mis números telefónicos. Piensa, decide». Cuando idos tales individuos, mi primogénita me dijo que todas habrían llorado mirándome aceptar el ofrecimiento «de ese hombre escoltados por pistoleros».

@jurescritor


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