No desconozco ni subestimo la responsabilidad de quienes concibieron, planificaron, organizaron, financiaron y ejecutaron Gedeón. Por lo poco que se conoce, esa operación estaba destinada a fracasar por la desproporción existente entre sus supuestos objetivos y los medios disponibles, insuficientes los últimos de manera evidente y porque todo indica que estaba infiltrada desde el principio.

Gedeón resultó un innecesario y evitable favor a la dictadura: reforzó su narrativa de ser víctima de una conspiración, prestigió su aparato de seguridad y control; y lo más importante es que llevó la confrontación a su terreno favorito, el de la violencia.

Celebro y comparto el comunicado de las principales fuerzas democráticas desvinculándose de la operación de marras y ratificando su voluntad de luchar porque el cambio necesario se haga por vía pacífica e institucional, tal como conviene a la nación

La  ocurrencia de Gedeón es también responsabilidad del régimen por su recurrente negativa  a negociar una salida pacífica, constitucional e institucional a la crisis de poder existente en el país. Esa intransigencia genera el caldo de cultivo y las condiciones objetivas y subjetivas para conjuras, conspiraciones y demás alternativas no institucionales para despejar el panorama y superar el bloqueo político existente.

El estímulo deliberado a la preeminencia de la política por otros medios no es ni responsable ni conveniente para los intereses de la sociedad; en esto el régimen tiene una responsabilidad primigenia e ineludible.

He sostenido, en concurrencia con otros, que la irrupción de lo que devino en el chavismo y su acceso al poder ha traído como consecuencia  un retroceso colosal en todos los órdenes de la vida del país, el Estado y la sociedad. Todos los avances civilizatorios alcanzados, con mucho esfuerzo y sacrificio, se han revertido. En el terreno de la confrontación política tal reversión ha sido particularmente dramática.

Las sociedades civilizadas se caracterizan, entre otras cosas, porque la lucha por el poder y el acceso a posiciones de gobierno se hacen por medios y métodos pacíficos e institucionales. El diferente no es visto como un enemigo sino como un adversario, ganar no significa destruir al adversario, tampoco poder sin control ni para siempre; perder no significa arriesgar la vida ni la integridad física y siempre se tendrá la oportunidad potencial de revertir las derrotas. Los sistemas políticos y sus instrumentos legales garantizan los pesos y contrapesos necesarios para impedir los abusos de poder o disminuirlos y penalizarlos. No digo que todo funcione perfectamente, pero sí mejor que cuando la lucha política era ejercida con criterio agonal.

La intransigencia chavista es consustancial y coherente con su concepción y vocación dictatorial-totalitaria de la política y por tanto del ejercicio del poder y del gobierno. El uso de la violencia física y discursiva ha sido desde su aparición su marca de fábrica. No en balde su irrupción en la vida del país fue mediante dos intentos injustificados de golpe de Estado contra un gobierno democrático, que como tal tenía pronta su fecha de caducidad y voluntad de respetarla. Y me atrevo a decir que frustro una evolución hacia mejores tiempos.

La sociedad venezolana y sus dirigentes debemos evitar que el régimen nos termine de imponer el escenario de la confrontación violenta como fórmula para resolver la crisis.


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