Es bueno apuntar y apuntar bien cuando se trata de conseguir para sí un buen resultado. Lo contrario puede ser suicida. Pero esta máxima no fue tenida en cuenta por quienes asesoraron al presidente Juan Guaidó para tratar de conseguir que el G7 fijara posición en relación con la salida de Nicolás Maduro y al restablecimiento de la democracia en Venezuela.

El foro no pudo ser más equivocado aunque la iniciativa es plausible. En primer lugar por la falta de representatividad de este mecanismo informal de coordinación que existe entre países que no son decidores del rumbo mundial en casi ningún terreno. Entre todos apenas representan 40% del PIB mundial y 10% de la población planetaria. Allí se encuentran grandes líderes: Francia, Alemania, Inglaterra e Italia en Europa, Estados Unidos y Canadá  en Norteamérica, Japón en Asia y pare de contar, porque hace rato que Rusia, que asistía al grupo ocasionalmente, dejó de hacerlo. Ni siquiera en temas que les afectan de manera frontal a estos 7 están de acuerdo entre ellos, pero mucho menos sobre temas que no les atañen de manera directa.

La agenda de la cumbre en Biarritz preveía asuntos de enorme actualidad: Irán y el fin del pacto nuclear, la guerra comercial entre China y Estados Unidos, la salida de Gran Bretaña de la Unión Europea y los colosales incendios de la selva amazónica. Venezuela y su drama humanitario era una línea pequeña escrita en minúsculas para ser tratada en una agenda secundaria y prueba de ello es la falta de posicionamiento en torno a lo solicitado por el presidente Juan Guaidó. No podía ser de otra manera.

Francia, país anfitrión y, por ello, con posibilidades de iniciativas salidoras como es lo usual, y Estados Unidos tienen posiciones divergentes en cuanto a la salida del régimen madurista. A Francia le ha tocado sumarse al bloque europeísta que propicia un diálogo insensato, pero… ¿quién se atreve a sostener que dialogar no es bueno? Conversar, negociar, pactar será siempre un común denominador para terceros, una posición de “consenso” cuando se trata de Venezuela, aunque los venezolanos sabemos que no tenemos tiempo para perder en conversaciones estériles con un adversario sin moral.

Estados Unidos aspira a una solución mucho más radical e inmediata y la presión de sus sanciones ha sido su herramienta más destacada. Lo claro es que no es en el G7, menos aún a nivel de presidentes, que el asunto venezolano va a ser zanjado y dirimido, aun cuando Francia sea, de los países europeos, uno de los que mejor entiende nuestra tragedia. La España de Pedro Sánchez incluida.

Así, pues, es equivocado interpretar que si el G7 no hace una declaración heroica a favor de la salida pronta del régimen usurpador, los líderes opositores han perdido el apoyo de los grandes del orbe. Muy por el contrario, hay plena conciencia en la comunidad internacional sobre lo imprescindible que es hallar una vía pronta para el retorno a la democracia venezolana y detener el desangre. Dos mecanismos de salida están en marcha: el diálogo apoyado por el Grupo de Lima, la Unión Europea y la iniciativa de Noruega, y el otro, el de la presión ejercida por Estados Unidos, a la cual se van sumando más y más países de los grandes y líderes mundiales.

El equipo de Juan Guaidó ha avanzado mucho en definir las características del modelo de país que aspiramos a construir durante la transición en cada sector de actividad y de interés nacional, a la vez que lo está haciendo conocer a los grandes interlocutores planetarios. En este mismo tiempo, el régimen madurista cada  día viola más los derechos de los venezolanos, secuestra, priva de libertad  y ajusticia a las fuerzas opositoras, destroza su economía, depaupera a la población y colabora con el crimen y el terrorismo.

La vía no es un irrestricto apoyo del G7.