El conjunto de la nación anhela un futuro de paz. Y hay quienes buscan impedirlo, porque la violencia, la represión, la intimidación y la impunidad son el ambiente necesario para ejercer su poder despótico.

Se aprecia, entonces, cómo un poder cupular alcanza a controlar a un país, a imponer su afán de dominio, y a sustituir la soberanía popular, por la obsesión del continuismo.

En una realidad así, ¿es posible un futuro de paz? Es difícil pero es posible. No me refiero a la paz «estática» de la resignación colectiva. No. Me refiero a la paz «dinámica» de la justicia, la convivencia democrática, el desarrollo económico.

Esa paz verdadera requiere que la hegemonía imperante sea superada por los caminos de la Constitución, y que sus responsables encaren la acción de la justicia independiente.

La venganza no conduce a la paz sino que siembra o produce más violencia. La justicia sí lleva a la paz, entre otros motivos, porque demuestra que el mal no prevalece ante el bien, el derecho, y la voluntad de cambio.

Un futuro de paz es fundamento para la reconstrucción nacional.


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