Una vez más se encienden las alarmas sobre la situación epidemiológica nacional que se  agrava cada vez más. La reaparición de enfermedades reemergentes causa gran preocupación entre los expertos y epidemiólogos del país, pues puede ser el punto de partida de brotes epidémicos que impactarían a la población en general y que pudieran ocasionar consecuencias letales en algunos casos.

Ejemplos emblemáticos de estas enfermedades reemergentes son la malaria, la difteria y el sarampión, las cuales han tenido su foco central de inicio en el estado Bolívar. En Venezuela, donde lamentablemente el órgano rector de la salud que es el Ministerio del Poder Popular para la Salud ha sido el reflejo de la incompetencia y desidia, todo puede pasar en lo que se refiere al ámbito epidemiológico en todo el territorio nacional. Es por eso que estamos ante una gran alerta como es la reaparición de fiebre amarilla después de 14 años de haberse reportado los últimos brotes ocurridos entre 2002 y 2005, que afectaron  a varios estados.

En esta oportunidad, en septiembre pasado, se informó del caso de un indígena de 46 años de edad perteneciente a la etnia pemón, residente en Kamarata, Parque Nacional Canaima, quien ingresó al Hospital Ruiz y Páez de Ciudad Bolívar con un cuadro febril. Presentó complicaciones hepáticas y renales, además de ictericia (coloración amarilla de la piel), por lo que la clínica hacía sospechar como diagnóstico presuntivo que estaban en presencia de un probable caso de fiebre amarilla. Esto fue confirmado por el análisis de la muestra de sangre del paciente que se envió al Instituto Nacional de Higiene Rafael Rangel.

Es importante informar que la fiebre amarilla es una enfermedad causada por un virus, el cual es transmitido por la picadura de un vector o mosquito del género Haemagogus, si se trata de un foco selvático o fiebre amarilla selvática, la cual es la que predomina. El reservorio principal de la enfermedad es el primate o el mono que habita en una determinada zona selvática.

En Venezuela el reservorio más importante es el mono araguato, animales muy susceptibles de adquirir la enfermedad y presentar una alta mortalidad, que es lo que se conoce como epizootia. De esta manera, si en una determinada área selvática se observa una importante mortalidad o epizootia en estos animales es un indicador de gran relevancia de la circulación del virus que produce la fiebre amarilla. Cuando una persona penetra en una zona selvática y no está vacunada, al ser picado por el mosquito transmisor después de que este haya picado a un reservorio o primate puede ser infectado y adquirir la fiebre amarilla. Esto último es quizás lo que aconteció con el caso recientemente reportado. Sin embargo, la fiebre amarilla puede originarse de un foco urbano o fiebre amarilla urbana, y en estos casos el mosquito transmisor es el Aedes Aegypti (patas blancas). El último brote de fiebre amarilla urbana en Venezuela fue en 1928. De manera que si se llegara a presentar uno o varios casos en una zona urbana, sería un gran desastre epidemiológico, pues estaríamos a las puertas de una epidemia de esta enfermedad, pero afortunadamente no se han presentado o reportado casos urbanos.

Si una persona infectada proveniente de la zona selvática penetra en alguna ciudad urbana y es picado por un patas blancas, este puede picar a otras y así sucesivamente, por lo que se iniciaría el ciclo del virus con una gran facilidad. Esta enfermedad produce un cuadro febril que puede ser hemorrágico con complicaciones graves como hepáticas y renales, y puede haber un índice de mortalidad cercano a 50%.

Es importante enfatizar la importancia de una adecuada cobertura de vacunación contra la fiebre amarilla, cosa que no hay en Venezuela. Expertos han denunciado la muy baja cobertura de vacunación contra esta enfermedad que asoma cifras de aproximadamente 43%, además de la escasez de la vacuna. Con el reporte del caso mencionado anteriormente, el Ministerio de la Salud está en la obligación de iniciar acciones inmediatas, entre ellas una vigilancia epidemiológica efectiva y mantener las alarmas encendidas. Sin embargo, no se está haciendo hasta los momentos el deber ser, como es la vigilancia con relación a la presencia de epidemia (epizootia) en los monos que habitan en las zonas selváticas que son endémicas de la enfermedad, vacunar a la población susceptible que vive cerca de las áreas selváticas y garantizar la vacuna a la población en general.

El silencio epidemiológico oficial persiste y hasta los momentos no ha habido pronunciamiento al respecto.

Los venezolanos seguimos a merced de un Ministerio de Salud que se caracteriza por la desidia e indolencia

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