Fernando Mires es un intelectual respetable. Se pueden compartir sus opiniones, se puede discrepar de ellas, pero siempre vale la pena tener presente sus reflexiones en el campo de la ciencia política. Mires ha dedicado tiempo y reflexión a la tragedia que vivimos los venezolanos. Su obra escrita y su trayectoria nos llevan a leerlo y a ponderar sus opiniones.

Recientemente publicó un trabajo titulado La guerra civil en Venezuela, en el que hace una magnifica precisión conceptual de la política y la guerra para ubicar la situación actual de nuestra sufrida nación. Considera el escritor chileno que vivimos una verdadera guerra civil, aclarando, con pedagógica explicación, la verdadera naturaleza del concepto utilizado, para calificar la situación sociopolítica en la que estamos inmersos.

Nos explica cómo este concepto ha sido generalmente utilizado para calificar verdaderos conflictos armados entre bandos de un mismo país, enfrentados por el control del poder. “En todos esos casos, el término más correcto debería ser el de guerra interna, para diferenciarlo de las guerras externas entre dos o más naciones. Las guerras civiles, en efecto, nunca han sido civiles sino militares”, explica el escritor en su trabajo.

Nos recuerda los conceptos fundamentales de la política y la guerra, citando la clásica frase de Clausewitz: “La guerra es la continuación de la política por otros medios”, y agrega que “por esa misma razón la política también podría llegar a ser la continuación de la guerra por otros medios. La política está contenida en la guerra, así como la guerra en la política”.

El respetable escritor estima que en Venezuela hemos abandonado la política para pasar a una “guerra civil” que aún no llega a ser un conflicto armado. Ciertamente estamos inmersos en una situación de esa naturaleza.  Soy de los venezolanos que en muchas ocasiones ha escrito y llamado la atención sobre el riesgo de que podamos terminar sumidos en una situación de violencia a gran escala.

Reconoce al chavismo como el promotor de este proceso hacia la guerra.  Afirma que esa “guerra civil venezolana” fue comenzada sin duda por el chavismo de Chávez. “El chavismo de Maduro no ha hecho sino continuarla y radicalizarla”. Recuerda los hechos del carmonazo y la no participación en las parlamentarias de 2005 como el extravío de la oposición, permitiéndole a Chávez legitimarse en el campo de la política democrática. Valora positivamente el retorno a la lucha electoral a partir de 2006, para terminar condenando la decisión de los partidos de la oposición en la elección presidencial de 2018 y el anuncio de no concurrir a las elecciones parlamentarias, convocadas para el próximo 6 de diciembre de este año.

Al hacer este examen y esta calificación politológica, Mires coloca en la misma balanza la conducta del régimen de Maduro y el comportamiento de la oposición política. Sin dejar de reconocer  los infantiles errores cometidos en eventos como los del 30 de abril y la pretensión de desalojar a Maduro con grupos contratados para ello, lo cierto es que el estudio aquí comentado dejó de lado, a mi forma de comprender la situación, la abierta decisión del régimen de perpetuarse en el poder usando la fuerza militar y paramilitar de que dispone, para desconocer la voluntad mayoritaria de la sociedad venezolana de transitar pacíficamente a un cambio del régimen imperante.

El escritor no le asignó en su trabajo relevancia a hechos extremadamente  graves en el camino a la situación de “guerra civil” en la que estamos.  Cito los más importantes, desde mi perspectiva. El cierre progresivo de la Asamblea Nacional, hasta desalojar de su sede natural a la mayoría de los parlamentarios, imponiendo, fusil por delante, una directiva de unos diputados coaptados desde Miraflores.  La instalación de un Tribunal Supremo con diputados de la agonizante asamblea de 2015, para proceder a los pocos días,  el proceso de desconocimiento del Parlamento, que llevó a Maduro a gobernar sin acatar sus  atribuciones y decisiones constitucionales. La confiscación del referéndum revocatorio, usando tribunales locales, sin competencia para conocer estas materias, avalados por un Consejo Nacional Electoral resuelto a impedir el derecho a decidir de los ciudadanos. La instalación de la asamblea nacional constituyente, en abierta contradicción al texto de la Constitución, y la aplicación de un fraude matemático para abultar la participación en el ilegal evento. El adelanto ilegal e inconstitucional de la elección presidencial, para terminar ejecutando otro fraude, según la propia declaración del competidor Henri Falcón.

El triunfo de la oposición política en las elecciones parlamentarias de 2015 llevaron a Maduro y su camarilla a abandonar definitivamente la política y pasar a esa guerra civil. Maduro aplica una violencia selectiva y recurrente a la oposición política. Ha confiscado el derecho a la protesta. Toda manifestación de la sociedad democrática tiene como respuesta la represión. Tiene establecida una severa censura de prensa. La mayoría de los dirigentes de la oposición política estamos vetados en radio y TV, aun en los pocos medios privados que quedan en el país.

Terminan de nombrar un nuevo CNE totalmente controlado por Maduro. Basados en sentencias absurdas modifican, en total y abierta violación de la Constitución, la composición del Parlamento. Confiscan la representación de todos los partidos de la oposición, colocando como representantes a personas claramente identificadas como operadores al servicio de la dictadura.

Todo este conjunto de tropelías no se pueden considerar como “políticas”, no obedecen a la lógica de la política. Se trata de actos  criminales, propios de quien se siente dueño de una situación, prevalido de una fuerza “armada”,  capaz de imponer por la lógica de la violencia su voluntad, antes que por el camino de la política y el derecho.

Ninguna de estas circunstancias las examinó el Dr., Mires en su trabajo. Considera el escritor que para revertir esa “guerra civil” la oposición política debe participar en todo momento en los procesos electorales. No hacerlo es jugar a la guerra.

Y aquí es donde, por lo menos yo, no coincido con el respetable analista. La política, sobre todo la política democrática, tienen principios y reglas fundamentales. Hasta la guerra tiene sus reglas, sus leyes, sus principios. Uno de ellos es el de la proporcionalidad  de los medios utilizados. Una potencia no debería, por ejemplo, usar una bomba atómica para desarrollar una acción bélica.

En nuestra lamentable “guerra civil” no hay forma de respetar las reglas. No hay forma de que el régimen acate principios fundamentales de la vida política. Y nadie está obligado en ninguna guerra a llevar a “sus soldados” a una muerte segura cuando conoce que su “enemigo” le tiene preparada una celada. Una elección como la que está montando la dictadura de Maduro será una batalla, no es la guerra. Si en esa batalla no se respeta regla alguna, si en esa batalla ya aprecias que tienen lista la “celada”, resulta ingenuo concurrir, sin posibilidad alguna de salir con vida.

Ya se presentarán oportunidades en las que el régimen no pueda tender una celada tan clara, como la que ya armó. En las que nuestras fuerzas puedan mostrar su vigor. Ya habrá ocasión de decir como Páez, en Las Queseras del Medio: “Vuelvan caras”.

No avalar el fraude, la celada, la trampa de Maduro, no significa para nosotros renunciar a la política. Porque si algo hemos demostrado, suficientemente,  es nuestro deseo de resolver la controversia en el campo de la política, por medio de  una elección libre. La dictadura se niega a ello. Se aferra a su genética vocación violenta. A la prédica que Chávez sembró. “Somos una revolución pacífica, pero armada”. Lanzándose por el camino del armamentismo para someter a nuestra sociedad.

De modo que esta guerra civil venezolana es obra de la naturaleza violenta del chavismo. Son ellos los que le han declarado la guerra a nuestra sociedad para perpetuarse en el poder. Nuestra sociedad desarmada y pacifica ha resistido estoicamente, ha buscado todos los caminos para hacer que prevalezca la política. La dictadura prefiere la guerra. Lo que no se nos puede pedir es que asistamos bucólicamente al paredón de fusilamiento.

La inteligencia latinoamericana, de la cual Mires forma parte relevante, haría un gran servicio a los valores de la paz, la libertad y la democracia en nuestro continente, denunciando de forma contundente la perversión de la guerra declarada a nuestra sociedad por Maduro y su camarilla; sin que ello signifique,  no señalar las falencias y errores cometidos por algún sector o actor de la oposición política. Señalar a nuestra sociedad, a la mayoría de la oposición democrática, como promotora de la “guerra civil” o de la violencia, por actuaciones puntuales de algunos, no es justo, ni se corresponde con realidad en la que vivimos.

 


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