Felisberto Hernández

La obra literaria del pianista Felisberto Hernández (Montevideo, 1902-1964), contemporáneo de otros dos músicos y escritores, Gerardo Diego y Alejo Carpentier, fue desconocida en vida del autor, pero ha corrido con una rara fortuna en los últimos años, mereciendo ediciones, traducciones y encomios de parte de la crítica.

Hernández provenía de canarios emigrados a Uruguay donde se habrían desempeñado como jardineros o plomeros. Al año de su nacimiento llegó al poder José Batlle Ordoñez, durante cuyos prolongados treinta años de gobierno el país gozaría de prosperidad. Hernández comenzó a estudiar piano a los cinco y a los doce ya interpretaba, como acompañante de películas mudas, a Prokófiev y Stravinski. Por causa de la temprana muerte de su padre no pudo ir a la universidad y tuvo que auto educarse. Durante unos quince años rodó de pueblo en pueblo interpretando molidas piezas de Albeniz, Falla, Chopin y otros.

Uno de los episodios de su vida que llama a la curiosidad son sus numerosos matrimonios. El primero, con la maestra María Isabel Guerra, que había sido alumna suya en clases de piano; el segundo con Amalia Nieto, pintora surrealista que instaló a Hernández una librería. Luego con Paulina Medeiros, autora de una biografía del escritor y con quien vivió en París. Luego, con una modista de origen peninsular, María Luisa [África] de las Heras, y al final con una rica profesora y escritora llamada Reina Reyes.

Maria Luisa de Las Heras

Hernández viajó en 1946 a Francia gracias a una beca que le consiguió Jules Supervielle. En París se encerró en el castillo de su amigo. El 13 de diciembre de 1947 fue homenajeado en el Pen Club de París. Una de las asistentes, ceutí de ojos negros con acento andaluz que había maravillado a Supervielle, Roger Caillois y Oliverio Girondo era África de las Heras, espía soviética. Conocida con los alias de Patria, María de la Sierra, Ivonne, Maria Pavlovna, coronel del Ejército Rojo y miembro de los servicios secretos, tuvo cuatro meses para seducir a Felisberto, porque su beca terminaba y debía regresar a Uruguay. La NKVD, futura KGB le ordenó a Las Heras, desde la Lubianka moscovita, seducir a Hernández para organizar sin sospechas una red latinoamericana en plena guerra fría.  África se presentó como María Luisa, sobrina del general rebelde Manuel de Las Heras, muerto mientras reprimía una sublevación republicana. Educada en Madrid, en 1934 ya estaba del lado de los mineros asturianos que serían aplastados por el ejército franquista. Luego aparece militando en las Juventudes Comunistas de Cataluña al lado de los generales Ernö Gero y Alexei Orlov, asesinados por el trotskista Andreu Nin, padre de la escritora Anais. Fue la madre del asesino de Trotsky, Caridad Mercader, entonces amante de Pavel Sudoplatov, la encargada de introducir a África en el espionaje. Eligieron Montevideo porque nadie desconfiaría de una ciudad tan tranquila y porque era una vieja conocida para los rusos, que en las primeras décadas del siglo habían tenido allí un Buró Sudamericano de la Internacional Roja. Erno Gerö había estado allí en 1933.

Las narraciones de Felisberto Hernández en Ediciones Ayacucho de Caracas

Uno de los primeros trabajos de África fue convertirse en secretaria de Trotsky, fungiendo ser amante de Jacques Mornard o Ramón Mercader, para preparar su asesinato. Debía, en México, dibujar los planos de La Casa Azul, donde con su mujer Natalia Sedova y su nieto Esteban Vólkov Bronstein, habían sido acogidos por Frida Kahlo y Diego Rivera, y también los de la fortaleza de la Calle Viena, vecina del rio Churubusco. Cuando Alexei Orlov pasó por México pidiendo asilo en los Estados Unidos, África regresó a Moscú en la bodega de un barco mientras Mercader, junto a Siqueiros, intentaban liquidar a Trotsky con ametralladoras de tambor. Fue entonces cuando África recibió el grado de coronel luego de lanzarse en paracaídas sobre un pueblo ucraniano llevando a cuestas un pesado equipo de radio.

Las Heras y Hernández se casaron en Montevideo. Felisberto creía que la griseta María Luisa sería una solución a sus problemas económicos. Dos años después estaban separados. Había logrado penetrar, como modista de alta costura, a la flor y nata montevideana y con su máquina decodificadora Enigma, trasmitía a todas partes del planeta. Sus numerosos amigos apreciaban su serenidad, su amor por los niños, su ignorancia en política y la compadecían por tener que soportar a un obeso maniaco como Felisberto, bendiciendo que se divorciara de él y casara de nuevo con el italiano Valentino Marchetti, otro espía. Sabemos que Hernández murió sin saber quién era Maria Luisa. Pero hay quienes creen que su participación en numerosos programas radiales anticomunistas revelan que sabía quién era, así, tras el divorcio, no dudara en ayudarla para obtener la ciudadanía uruguaya.

Las Hortensias de Felisberto Hernández

África vivió en Montevideo hasta 1967 cuando regresó a Moscú como instructora de espías. Sobrevivió a Beria y a Sudoplatov. Y murió en 1988 antes de la caída del muro. Fue condecorada dos veces con la Estrella Roja, la orden de la Guerra Patria, la medalla Guerrillero de la Guerra Patria y la Por la Valentía. Un grabado con su rostro permanece en el cementerio moscovita Jovánskoye.

Aun cuando se inició publicando Fulano de tal (1925) a los veintitrés, Hernández no hizo vida de escritor y fue considerado un autor esotérico cuyos textos eran apenas mínimas anotaciones sobre alguna situación o pequeñas historias irónicas y míticas. Su obra, nada extensa, son delgados volúmenes, algunos sin carátulas, como Libro sin tapas (1929), donde aclara en la primera página que «este libro es sin tapas porque es abierto y libre: se puede escribir antes y después de él»

Estos relatos giran habitualmente alrededor de un «misterio» que no puede explicar, ni el autor ni el lector, en los objetos. Aquello misterioso en los objetos termina por hacer insoportable la vida de los humanos. En «El vestido blanco» hay unas ventanas donde el protagonista visita a su novia; entre ellas hay una atracción erótica que los amantes parecen interrumpir. Otro tanto sucede en «Historia de un cigarrillo» que se resiste a ser fumado. El cigarrillo encuentra siempre una manera de escabullirse, primero se esconde, luego se quiebra y por último da en el suelo en un pozo y resulta inservible. En otros relatos el misterio es lo femenino. El narrador tiene que hacer frente a varias mujeres y va describiendo las sensaciones que en él producen esos seres: «… lo que más nos ilusiona de ellas es lo que nos hacen sugerir». La envenenada trata de un escritor que aburrido del encierro casero sale en busca de tema y encontrando tres hombres es informado que a varias cuadras de allí y al borde de un arroyo una mujer se ha envenenado. Mientras llega al lugar de los hechos prepara su mente para recibir el choque de la realidad, el «espectáculo» que le van contando los tres hombres. Frente al cadáver anota los datos para componer el relato. Al regresar a casa y cotejar los datos con los recuerdos de la envenenada siente una espantosa angustia que lo lleva a la conclusión de que hay que escribir un cuento donde se cuenta porque no debe contar el caso de la envenenada.

Un segundo conjunto estaría compuesto Por los tiempos de Clemente Colling (1942) y El caballo perdido (1943), relatos en primera persona que evocan distintos momentos de la infancia junto a dos maestros de música, el organista Colling en el primero, la pianista Celina Moulé en el segundo. En ambos casos Hernández quiere rescatar los momentos que pasó junto a sus maestros, pero la memoria y las palabras se van atravesando, literalmente, en su narración, interrumpiendo y adquiriendo independencia.

Amalia Nieto y Felisberto Hernández

El último grupo lo integran sus obras más difundidas: Nadie encendía las lámparas (1947), que incluyó posteriormente Las hortensias y La casa inundada, y Tierras de la memoria, publicada póstumamente en 1965. En estos, Hernández ni analiza ni pregunta el porqué de los extraños sucesos que transcurren en su alrededor, sino que termina por aceptarlos como la más sosa de las realidades. El incesto, los menages a trois y la tanatofilia, por un lado, y la locura por otro, son vistos como lo que son: la más evidente de las realidades del hombre de hoy. En Las Hortensias, por ejemplo, María, la esposa, fomenta que Horacio, su marido, la sustituya por muñecas infladas con agua tibia y eventualmente ella participa en las copulaciones. Pero Horacio, además, hace con sus muñecas representaciones teatrales relacionadas con el amor y la muerte. Las muñecas, en sus respectivas vitrinas, representan diferentes estadios del desarrollo de este tipo de actos. En la primera vitrina una novia está tendida en la cama con los ojos abiertos, sin que sepamos si vive o está muerta.

Según las informaciones particulares que Horacio pone a sus muñecas, esta acaba de envenenarse porque no ama al hombre con quien iba a contraer nupcias. En otra, una mujer encinta se ha retirado a un faro porque el mundo critica sus amores con un marinero. En una tercera, una rubia y una morena, dos manolas, que han estado enamoradas del mismo hombre, hacen que Horacio piense en el papel que hará la muñeca rubia luego de la muerte de María, quien al descubrir sus intenciones la descuartizará con cuchillo de cocina. Horacio realiza una serie de orgías con sus muñecas, fiestas de la carne que concluyen en el asesinato de las muñecas, la locura total de Horacio y su suicidio.

Fue Hernández, como Quiroga, un refinado creador de ambientes misteriosos, enfermizos, alucinantes, surreales y absurdos. Sus narraciones en primera persona pareciendo autobiográficas son en rigor fantasías tejidas de ironía; los objetos inanimados y los detalles más insignificantes van siendo dotados de un sentido que desquicia el entendimiento de los actos cotidianos, creando anormales situaciones de conciencia.

Murió de leucemia. Se dice que entre sus extravagancias gastronómicas incluía la hazaña de despilfarrar dos docenas de huevos fritos de un tirón.

 

 


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