Las deudas no son solo financieras, también las hay de carácter moral político

Hay un viejo proverbio africano que dice “Cuando dos elefantes luchan, es la hierba la que sufre”.

Pocas frases retratan tan bien lo que sucede actualmente en Venezuela, dos grupos monopolizan el escenario político, ocupan posiciones opuestas y mutuamente dependientes. En un extremo se encuentran los que violan los derechos humanos y destruyen las riquezas del país, que por la vía de hecho mas no de derecho mantienen el poder. En el otro extremo está la oposición tradicional representada en Juan Guaidó́, quien siendo presidente de la Asamblea Nacional intenta asumir, por la vía de derecho pero no de hecho, un “gobierno interino”.

Han transcurrido casi siete meses desde el 23 de enero y ambos grupos siguen en deuda con los venezolanos. Es tiempo de hacer un balance sobre la gestión de Juan Guaidó y sería justo una rendición de cuentas, algo que no esperamos de Nicolás Maduro porque desde hace mucho tiempo Venezuela es manejada como una “finca” personal donde los ciudadanos no reciben explicaciones sobre la administración pública. Los venezolanos merecemos que las cosas sean diferentes, pues somos los que sufrimos como la hierba del proverbio africano. 

Maduro y su indolencia es algo que todos sabemos desde siempre, pero que nunca huelga recalcarlo. Es imposible olvidar que después de tantas vidas perdidas y sufrimiento, apenas el pasado mes de marzo admitió la existencia de una crisis humanitaria que golpea duramente a nuestro pueblo. Maduro ha decidido ignorar a la Venezuela que reclama cambio, parece que su meta es el poder por el poder, aunque eso signifique danzar sobre las cenizas de un pueblo que agoniza día tras día. Ignora cualquier llamado, reflexión, razón ética y la ley. Su frase favorita es “En Revolución todo se puede”, incluso destruir un país.

La oposición tradicional y su status quo consiguió una ilusión de cambio. Juan Guaidó ha logrado medianamente cohesionar a este sector y a buena parte de la comunidad internacional, pero los días pasan y sus palabras se están quedando sin resonancia en la base social que clama una salida urgente, incluyente y transparente. Los factores por los cuales no se ha logrado la ruta planteada son múltiples y complejos. Quienes le asesoran no han entendido los códigos de la FANB, tampoco del chavismo de base. Inmediatismo, análisis con escenarios irreales, ausencia de táctica y estrategia, junto a las malas jugadas de quienes creen que esto se resuelve tan fácil como ordenar una pizza por teléfono, han hecho que Juan Guaidó pierda momentos cruciales en la lucha. 

Las pugnas internas le han causado más daño a Guaidó que el mismo Maduro. Algunos de sus más cercanos “colaboradores” parecen estar entretenidos en otros asuntos y lo que llamaron el cese a la usurpación hasta ahora ha quedado sin resolver. Guaidó no logra un mayor consenso a lo interno del país, debido a la práctica sectaria y la visión excluyente de varios de sus acompañantes, por ejemplo, algunos han llegado a decir, sin ningún tipo de estupor, que este es el momento de las élites, lo que demuestra una total desconexión con la realidad sociopolítica de la Venezuela de los últimos 30 años. Quienes dicen esto nunca han estado en las entrañas de un barrio venezolano ni han olido el sudor de nuestra gente, esa argamasa que es Venezuela. 

¿Y el país? Sigue esperando que le rindan cuentas. Quienes no participamos de ninguno de estos extremos estamos expectantes viendo el deterioro de Venezuela como un todo. Explicar lo que vive nuestra gente es llover sobre mojado. Venezuela se derrumba, espiritual y físicamente, se queda sin infraestructura, sin servicios públicos, sin salud, sin educación, sin seguridad, sin gente.

El fin del sufrimiento de los venezolanos no puede estar supeditado a que algún día termine la lucha de los elefantes, por eso, un gran movimiento ciudadano debe despertar como el gigante dormido para exigir transición, antes de que el camino hacia la violencia se haga irreversible. Es nuestra obligación apelar a la motivación colectiva, entendiendo que no se lucha simplemente por desalojar a Maduro sino por recuperar el país, la vida misma.

Los venezolanos quieren un proyecto que los involucre a todos, que le hable al humilde que fue chavista pero no ladrón, al opositor que está fatigado de la diatriba estéril, necesitamos una propuesta de transición que le hable al común, a la ama de casa, al profesional, al trabajador, al campesino, al estudiante, al indígena, al empresario, al militar, que apunte al fortalecimiento de la clase media y que estimule lo “positivo venezolano”, como lo llamó Picón Salas. 

El 9 de agosto nació Alianza Centro, un movimiento despolarizado para la convergencia en el que un grupo de venezolanos decidimos dejar de ser la hierba que sufre para situarnos en el medio de los elefantes. Estamos para mediar, para ayudar, no para entorpecer ni implosionar, entendiendo que nuestras observaciones y análisis parten de la autocrítica y no del ataque. Desde aquí ofrezco nuestras manos para el país, para Juan Guaidó, para Nicolás Maduro, siempre que sea a favor de poner fin a esta tragedia sin vacilaciones. Creemos en el futuro de Venezuela y asumimos la frase de Robert Frost: “En dos palabras puedo resumir cuanto he aprendido acerca de la vida: sigue adelante”. ¡Seguimos adelante!