José Gregorio Hernández es un buen ejemplo de evangelizador de la cultura

Hablar de evangelización de la cultura entraña manejar dos categorías de carácter totalizante. Evangelización, que integra todo lo relativo a la misión de la Iglesia en el mundo. Y cultura, que, en su acepción más amplia, abarca todo el quehacer humano.

El Concilio Plenario de Venezuela (2000-2006), cuyo inicio coincidió significativamente con el del presente siglo-milenio, aprobó entre sus 16 documentos, uno titulado así: Evangelización de la cultura en Venezuela. Su contenido tiene que ver, como es de esperar, con el conjunto de la obra conciliar.

La acepción amplia del término cultura que asumimos aquí se contrapone particularmente a una bastante corriente de tipo sectorial, que la restringe al ámbito de las bellas artes y a lo más cultivado o refinado del quehacer ético-espiritual humano. Es el sentido que se utiliza, por ejemplo, al designar a una persona como culta. El significado más inclusivo lo privilegió la Iglesia a partir del Concilio Vaticano II y lo desarrolló de modo orgánico la III Conferencia General del Episcopado Latinoamericano (Puebla 1979). En esta línea se ubica el referido documento conciliar venezolano, el cual entiende por cultura toda la actividad del ser humano, su tejido relacional, el estilo de su convivencia, los valores y estructuras de su construcción societaria. Es así como cultura arropa los ámbitos económico y político como también un tercero, que se pudiera denominar ético-cultural y comprende desde lo ecológico hasta lo religioso.

Lo cristiano y lo eclesial no se reduce así a una adhesión intelectual o a una praxis cultual, ni se restringe a un ámbito privado o simplemente religioso, sino que tiende a impregnar la totalidad del ser y del quehacer humanos, la globalidad de la praxis secular, mundana. La entera triple relacionalidad (con la naturaleza, con el otro, con Dios). La cultura, en cuanto concierne grupos humanos con sus espacios y tiempos, sus matices y pluralidad, se concreta en culturas.

Hay dos frases de sendos papas del siglo pasado que pueden considerarse emblemáticas en esta materia. La primera, de Juan Pablo II: “La síntesis entre cultura y fe no es sólo una exigencia de la cultura, sino también de la fe (…) Una fe que no se hace cultura es una fe no plenamente acogida, no totalmente pensada, no fielmente vivida” (Carta constitutiva del Pontificio Consejo para la Cultura, 20. 5. 1982). La otra es de Pablo VI: (…) lo que importa es evangelizar -no de una manera decorativa, como con un barniz superficial, sino de manera viva en profundidad y hasta sus mismas raíces – la cultura y las culturas del hombre” (Exhortación La evangelización del mundo contemporáneo, 8.12.1975). La fe es -ha de ser- conversión vital, realidad existencial transformadora también del entero tejido relacional humano; está llamada a transformar la política y la economía no desde fuera, limitándose a bendecir sedes bancarias y casas de partidos, sino orientando desde dentro lo político y lo económico hacia la construcción de una nueva sociedad. El doctor José Gregorio Hernández es un buen ejemplo de evangelizador de la cultura: unió investigación científica y práctica sacramental, militancia académica y actividad curativa humanizante, reflexión filosófica y compartir con los pobres.

Evangelizar la cultura es una tarea de tipo dialogal; implica, en efecto, tanto aportar valores y perspectivas (iluminación y transformación desde el evangelio), como recibirlos (inculturando la doctrina y la praxis cristiana); igualmente postula un trabajo conjunto abierto, aprovechando los distintos círculos de coincidencia de confesiones y convicciones hacia el mayor bien común posible y consciente de la voluntad salvífica universal (ver 1Tm 2, 3-5). Esto plantea un compromiso en permanente renovación, dada la historicidad de lo humano y del plan salvador de Dios.

La fe se da (encarna) en la cultura, si bien no se identifica con ninguna y ha de ser instancia crítica con respecto a cada una. La evangelización de la cultura, obligante para la Iglesia en su conjunto y los cristianos singularmente tomados, es imperativo peculiar para los laicos, que se identifican propiamente por su presencia transformadora de las realidades temporales.

 


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