Han pasado ya 40 años desde que se transmitiera por primera vez la telenovela Estefanía, producción audiovisual de RCTV, escrita por Julio César Mármol, donde se desnudó, con las limitaciones de un drama televisado, la crueldad de lo que fue la dictadura de Marcos Pérez Jiménez. Allí mostraron no solo la tortura, sino también la persecución, la censura, la clandestinidad y las consecuencias del desafío a un régimen autoritario. Allí confrontaron a lo que para entonces era un país normal, pujante, en ascenso, el del ta’ barato dame dos, con su reciente y tenebroso pasado de apenas poco más de dos décadas atrás.

Era apenas un niño durante su transmisión original, pero pude verla durante una de sus retransmisiones ya en la adolescencia, animado incluso por mi propio padre. Recuerdo aún el impacto que causó el sadismo despiadado mostrado por el primer actor Tomás Henriquez en la interpretación de su personaje Manuel Fulvio, que correspondía a uno de los más despiadados esbirros de la dictadura, Manuel Silvio Sanz; o la magistral interpretación de Gustavo Rodríguez del personaje de Pedro Escobar, que correspondía al siniestro jefe de la nefasta Seguridad Nacional, Pedro Estrada. Aún siendo una telenovela, allí se mostró al país el lado muy oscuro de la tortura y algunas de sus terribles modalidades, cuando aún la defensa de los derechos humanos no estaba de moda y estaba lejos de existir el Estatuto de Roma o la Corte Penal Internacional o cuando hablar de lesa humanidad, no estaba siquiera en los vocabularios más sofisticados.

Quien sea que haya visto Estefanía, la vio como corresponde, desde su propia óptica y con base a su propia experiencia. Así, por ejemplo, en mi caso, no habiendo vivido esa época, fue una perfecta aproximación histórica desde la plataforma de la cultura popular, a una terrible época por la que transitó nuestro país; para otros, fue el recuerdo y validación de sus vivencias o el descubrimiento del sufrimiento por el que pasaron terceros cercanos, en una era en la que las desgracias de los demás no se percibían en vivo, directo y en primera fila como lo vemos hoy día gracias a las redes sociales; pero para todos había sin duda una gran coincidencia, que fue  en reconocernos afortunados de haber superado esa etapa, haber trascendido a la dictadura y verla en todo caso como un accidente histórico que jamás se repetiría… ¡Craso error!

Así las cosas, pareciera que Estefanía marcó justo la mitad de un periodo donde hubo civilidad, pues apenas a veinte años de su estreno, se inició en la vida real, el remake en una versión más cruenta, de lo que ya había vivido el país hacía cuarenta años y de lo que se había visto en televisión apenas veinte años atrás. En una trama que inició con quien se asumía como el Arañero de Sabaneta como protagonista, y que hoy aún continúa con quien usurpa la honorable condición de obrero al frente del desgobierno, la reedición no puede ser peor y el balance no podría ser más catastrófico para una sociedad civil que apenas armada con su justa aspiración y anhelo de libertad y un mejor futuro, se enfrenta constantemente a la aniquilación de una autoridad que está dispuesta a todo en el juego de la preservación del poder.

Lo que sea que los venezolanos empleemos como calificativo para describir lo que hemos visto como testigos en los últimos días en cuanto se refiere a Derechos Humanos, se queda corto ante el nivel de atrocidad desplegado, al punto que lo ocurrido durante la dictadura de Marcos Pérez Jiménez, es una novela rosa frente a este accidente que algunos llaman la peste del siglo 21. Nuevamente, al igual como ocurrió en el caso del muy recordado Concejal Fernando Albán, observamos como cesa la existencia de un prisionero político, el Capitán Acosta Arévalo, en manos de quien estaba obligado a preservar su integridad; y presenciamos nuevos actos de barbarie, como el de los disparos al rostro de un adolescente, Rufo Chacón, que reclamaba por alto tan elemental y simple como lo es el acceso al gas doméstico. ¡Ya basta!

Como en Estefanía y como en 1958, todo llega a su final y el desgobierno inevitablemente está ahora mismo en ese proceso. Eso si, por sentirse acorralados al mismísimo borde del precipicio y en su etapa culminante, sus acciones podrían ser aún peores, lo cual les hace sumamente peligrosos. Por ello, debemos ser proactivos y asumir que todos y cada uno somos necesarios para alcanzar el cambio cuanto antes y ahorrar más sufrimiento a nuestra querida Venezuela.  Ahora mismo a la vuelta de la esquina, el próximo 5 de Julio, al conmemorarse 208 años de la firma del Acta de la Independencia de Venezuela, tenemos una extraordinaria oportunidad de reafirmar nuestro compromiso y de sumarnos al esfuerzo que conduzca a la anhelada libertad y modernidad.