Misil balístico Hyeonmu de Corea del Sur (atrás) en exhibición en el Museo Conmemorativo de la Guerra de Corea en Seúl | Foto EFE

El jueves 24 de octubre de 1929 se produjo el «crac de la bolsa de Nueva York» que abrió el periodo de de la Gran Depresión. En la cumbre londinense del G-20, en abril de 2009, tras el crac financiero de 2008, los líderes tomaron medidas para evitar una segunda Gran Depresión y estabilizar el sistema bancario mundial.

Nuevamente el mundo está inmerso en una deriva incierta y preocupante. ¿Estamos abocados a un nuevo «crac» o a una guerra amplia? La pandemia de la COVID, aun no superada, más la invasión de Ucrania y las tensiones en el Indo Pacífico acentúan una inseguridad que ha fragmentado el orden internacional.

El liberalismo político que hemos conocido imperando en el mundo desde la década de los noventa parece tocar a su fin. El libre mercado, los derechos humanos y el Estado de Derecho, globalizados, al fondo basados en un dominio de poder militar, político y económico de Estados Unidos, se desgrana.

La creciente crisis de Taiwán y las fricciones de China con sus vecinos India, JapónVietnam en el Indo Pacífico ha tensionado las cosas en Asia. En Europa, la invasión de Ucrania ha roto la idea de que Rusia podría encontrar un papel cómodo dentro de ese orden liderado por Estados Unidos.

Esa «paz perpetua» basada en la globalización económica se resquebraja por momentos. Nos situamos en una geopolítica cada vez más conflictiva y voluble, con unas perspectivas económicas mundiales cada vez más pobres. Una geopolítica menos cohesionada conduce a una economía mundial fragmentaba en bloques comerciales regionales, con intentos de desvinculación parcial en la tecnología y las finanzas.

Los ciudadanos occidentales nos enfrentamos a políticos mediocres que se aferran a la «agenda 2030», la lucha contra una «desigualdad» abstracta, la reivindicación de minorías o planes medioambientales inviables, para justificar sus enormes gastos, sin afrontar las necesidades reales e inminentes de los ciudadanos.

Hasta hace poco, Rusia se benefició de su predominio energético en Europa acomodándose en una gran dependencia. China fue el mayor beneficiario del orden globalizado liderado por Estados Unidos. Ahora ambos han «roto la baraja» y quieren, en palabras del presidente Xi Jinping: «ocupar el centro del escenario».

Rusia a través de su visión revisionista busca recuperar la hegemonía soviética, una nueva coyuntura que, como afirmó el canciller alemán Olaf Scholz, ha hecho que el mundo alcance un «Zeitenwende» («punto de inflexión»).

Alemania, por ejemplo, que, durante décadas, ha sido una potencia económica de ambiciones militares limitadas, por su historia reciente, ha pasado a adoptar ahora un papel regional e internacional asertivo en cuestiones de seguridad y defensa. FinlandiaSuecia, países acérrimamente neutrales, buscan alinearse militarmente. Occidente se ha visto obligado a reevaluar sus relaciones con Rusia y China.

Pekín, por su parte, busca explícitamente reordenar su equilibrio de poder en Asia. Su validez es la fuerza y la facticidad, como está haciendo en el Estrecho de Taiwán. China no ofrece más programa alternativo que un comunismo, evolucionado a capitalismo y meritocracia que no atrae a las naciones de su entorno, donde su influencia es controvertida.

China rodeada de importantes puntos conflictivos comenzando por Taiwán se enfrenta a crecientes disputas territoriales con India y Japón, por las formas con las que el gobierno de Pekín ha alterado su equilibrio de poder regional y mundial. En conjunto, las acciones agresivas de China desde 2008 dejan claro que Pekín pretende cambiar el orden mundial.

Por eso, Japón ha reevaluado su papel en la región y en el orden mundial frente a este ascenso de ChinaJapón está pasando de ser una potencia centrada en la economía, pacifista y no intervencionista, lastrada por la Segunda Guerra Mundial, a ser un país mucho más normal, que vela por sus intereses de seguridad y quiere asumir un papel de liderazgo en el Indo-PacíficoShinzo Abe, el ex primer ministro recientemente asesinado, encarnó a la perfección esta política.

Ninguna potencia puede hoy dictar los términos del orden actual, y las principales potencias no se adhieren a un conjunto claro de principios y normas; es difícil establecer las reglas del juego cuando tantos países comienzan a seguir sus propios caminos.

China y Rusia cuestionan abiertamente importantes aspectos del orden liberal occidental, en particular sus normas relativas a los derechos humanos universales y las obligaciones de los Estados. Invocan el principio de la soberanía de los Estados para actuar a su antojo, al tiempo que pretenden establecer nuevas reglas en ámbitos como el ciberespacio y las nuevas tecnologías.

El conflicto en Ucrania y las tensiones en el mar de la China Meridional y el mar de la China Oriental, así como en la frontera entre la India y China sugieren que tendemos a un cada vez mayor militarismo en detrimento de las normas y las instituciones. China y Rusia parecen unidas en una alianza de animadversión contra Occidente. Una alianza azarosa para Estados Unidos y sus aliados en Europa y Asia.

La geopolítica se vuelve más fracturada y menos cohesionada. La economía mundial globalizada se fragmenta en bloques comerciales regionales, que buscan la desvinculación parcial en los ámbitos de la alta tecnología y las finanzas, y una contienda cada vez más feroz entre las potencias por la primacía económica y política.

De todo este proceso está surgiendo un mundo mucho más peligroso.

Artículo publicado en el diario español El Debate 


El periodismo independiente necesita del apoyo de sus lectores para continuar y garantizar que las noticias incómodas que no quieren que leas, sigan estando a tu alcance. ¡Hoy, con tu apoyo, seguiremos trabajando arduamente por un periodismo libre de censuras!