Interrumpimos la serie histórica anterior para cumplir compromisos ineludibles sobre la tragedia política, social y económica que se siembra sobre toda la república bolivariana de Venezuela, que le tiene en terapia intensiva desde hace algunos años y que finalmente puede derivar en el año 2020 en situaciones de no retorno.

En primer lugar, podemos estar en presencia de una tercera y definitiva muerte del signo monetario que nos identifica, conocido como el bolívar, cuya primera muerte ocurrió después de un período histórico desde su creación en 1879 hasta el año 2007, cuando ocurrió su sustitución por el bolívar fuerte que apenas duró 10 años de 2008 a 2018 (segunda muerte) y se reemplazó para dar pie al actual bolívar soberano, que está siendo rápidamente absorbido por la moneda estadounidense conocida como dólar, al punto de que la inmensa mayoría de las transacciones económicas de bienes muebles e inmuebles se está realizando en la Venezuela actual en dicha divisa foránea de forma pública, sin ninguna reacción oficial.

La situación es tan notoria que prácticamente todos los servicios profesionales y personales también están cotizados en dólares e incluso el comercio al por mayor de bienes de consumo cotidiano. Falta solamente que se adueñe este fenómeno del mercado del comercio minorista para poder afirmar que se dio una dolarización informal con la complicidad final del gobierno nacional.

La palabra complicidad puede parecer exagerada, pero es la única calificación posible después de las sorpresivas declaraciones de Nicolás Maduro en el programa de entrevistas de José Vicente Rangel en el canal Televen, en el que agradece al Creador por el fenómeno celestial de la dolarización en la economía venezolana, dando al traste con la propaganda de muchos años de lucha contra Dólar Today y otros operadores financieros que según el mismo gobierno utilizaban la “tiranía internacional del dólar” para someter a la economía venezolana a una especie de situación de esclavitud financiera. Por tales razones, la liquidez monetaria que alcanzó en diciembre los 32,74 billones de bolívares es una cifra muy reducida si se convierte a dólares a la tasa del Banco Central de Venezuela.

No es exagerado ya pensar que una fuerte cantidad de dinero en efectivo en monedas o billetes de baja denominación que entraran por vías extraoficiales o inclusos oficiales, dada la habilidad de ciertas instituciones para ignorar la realidad, sería más que suficiente para sepultar al bolívar soberano sin necesidad de extender partida de defunción financiera y para ello bastaría con 300-400 millones de dólares para terminar de dolarizar toda la economía.

Es evidente que el gobierno nacional perdió la denominada por ellos “guerra económica”, como se comprueba en el caso de los indicadores económicos que simplemente están por los suelos y a merced de operadores comerciales y financieros externos que adversan completamente a un gobierno que se la pasa predicando que va a acabar con el capitalismo en el planeta Tierra. Esta derrota político-ideológica tiene profundas connotaciones desde el campo de la propaganda y hace muy difícil la idea de vender este tipo de políticas “revolucionarias” y planteamientos del denominado socialismo del siglo XXI a los diferentes pueblos y líderes políticos que piensan asumir un nuevo tipo de gobierno “ecosocialista” (donde olvidan el proyecto del Arco Minero) de prosperidad económica (donde el salario mensual no llega a 10 dólares) y antiimperialista (donde la divisa estadounidense es la que manda en la economía).

A manera de conclusiones sobre este punto, tomaré prestadas las palabras del economista Manuel Sutherland, quien señala: «La cantidad de circulante en bolívares es equivalente a 700 millones de dólares…. Hace 8 años la liquidez monetaria equivalía a 44.000 millones de dólares».

En segundo lugar, hay un asunto fundamental que nadie desea tratar como es la muerte institucional de centenares de fundaciones, institutos autónomos, empresas públicas que están en “terapia intensiva” debido a la escasez de recursos financieros y materiales para realizar sus actividades cotidianas y la desaparición acelerada de sus recursos humanos, producto de la emigración de sus cuadros más calificados que entienden el valor de sus destrezas laborales en el exterior, mientras que los sueldos indignos e insuficientes del sector pÚblico hacen virtualmente imposible su sustitución por nuevas generaciones de profesionales formados.

Quienes somos profesores universitarios, somos testigos “silentes” de la emigración en masa de recién graduados y colegas docentes, a quienes cada vez se hace más difícil sustituir por razones más que obvias. Lo mismo puede decirse de la situación en la educación primaria y secundaria en Venezuela, que sufre una reducción exponencial del número de estudiantes en los pedagógicos universitarios y, como se señaló anteriormente, el poco interés que tienen los que se gradúan en ejercer la profesión.

Esta situación, donde mejor se puede apreciar, es en el campo de la salud pública y privada, con la reducción masiva del número de consultorios y capacidades en las clínicas existentes y la desaparición de los especialistas en un enorme cantidad de hospitales, en tal medida que el mismo gobierno evita por todas las formas tocar este tema de la fuga del personal calificado en salud y educación.

No existe campo de la actividad humana en Venezuela, desde la cultura hasta el deporte, la ciencia o las empresas de servicios públicos, que no muestren un franco deterioro de sus instalaciones y cese parcial de sus actividades. Incluso, algo tan vital como el aseo urbano, ha pasado de una visita semanal a la comunidad a una mensual o bimensual, por lo que es de esperarse una pronta situación de colapso generalizado, tal como ocurre con las refinerías de Pdvsa, que a pesar de los recursos financieros a su disposición y la importancia estratégica de dicha empresa, no han podido evitar su trágica situación económica y operativa.

Este pronóstico de colapso total de los servicios públicos es “la puntilla” que daría punto final a las empresas estadales de producción, que según algunas fuentes se cuentan entre 1.300 y más de 2.000 de todos los tamaños y tipos de propiedad nacional, regional y municipal que desde 1999 han sido creadas a la luz de una bonanza petrolera que hoy solo ha terminado en un cementerio de “empresas zombis” que corresponden perfectamente a la categoría que se les da a este tipo de corporaciones quebradas en Japón y China con la diferencia de que no tienen activos valiosos que puedan ser vendidos para recuperar algo de dinero.

El gobierno de Nicolás Maduro sabe perfectamente que camina en una “cuerda floja”  desde el punto de vista económico y la contracción económica hace cada vez mas cercano e inminente la implosión final de toda la economía nacional.

Poner fin al conflicto político es imperativo para 2020 o la tragedia social por venir puede dejar corta la situación actual.