“Los resultados del aprendizaje de la educación en línea (online) son tan buenos o mejores que la instrucción presencial”.

¿Es cierta la anterior afirmación?

La heurística disponible de algunos les hace irresistible el acudir a encuestas relacionadas con “el nivel de satisfacción del estudiante” para argumentar a favor de la afirmación. Ahora bien, ¿es el nivel de satisfacción un indicador confiable de la bondad de ambas metodologías en el aprendizaje?, ¿es la encuesta un instrumento apropiado para tal finalidad?

Precisamente, dados los problemas inherentes a las encuestas, su diseño y los sesgos y circunstancias de los que las responden, un estudio aplicando el método científico debería constituir una mejor alternativa que una encuesta, misma que solo recogería la opinión sobre una experiencia.

De hecho, hay por lo menos un estudio que demuestra que los estudiantes se desempeñan mejor en clases presenciales que en clases en línea. Se trata del trabajo de Di Xu y Shanna S. Jaggars, titulado “Brechas de rendimiento entre los cursos en línea y presenciales: diferencias entre los tipos de estudiantes y las áreas académicas” (“Performance Gaps between Online and Face-to-Face Courses: Differences across Types of Students and Academic Subject Areas”, The Journal of Higher Education, 2014, 85:5, 633-659).

En su estudio, Di Xu  y Jaggars, utilizando un conjunto de datos con casi 500.000 cursos tomados por más de 40.000 estudiantes universitarios técnicos y comunitarios en el estado de Washington, en Estados Unidos, examinaron la brecha de rendimiento entre los cursos en línea y presenciales y cómo el tamaño de esa brecha difiere entre los subgrupos de estudiantes y las áreas académicas.

En general, los hallazgos de Di Xu  y Jaggars indican que el estudiante típico tuvo un rendimiento inferior en los cursos en línea que en los cursos presenciales, pero esta brecha de rendimiento fue más amplia para algunos estudiantes y más estrecha para otros. Por ejemplo, aquellos con las disminuciones más fuertes en rendimiento fueron hombres, estudiantes más jóvenes, estudiantes afrodescendientes y estudiantes con promedios de calificaciones más bajos. Las brechas de rendimiento en línea también fueron más amplias en algunas materias académicas que en otras.

Otro elemento importante de mencionar es el entorno de la educación en línea en la circunstancia del confinamiento social por covid-19, mismo que mantiene a un grupo de personas interactuando 24×7 en espacios reducidos, donde la privacidad y la tranquilidad requeridas para el estudio, sencillamente, no existen.

A la circunstancia anterior y en Venezuela, hay que añadir otra que agrava el problema: el colapso de los servicios públicos, en este caso, Internet y electricidad, que dificultan la entrega y alcance físico del contenido instruccional.

Adicionalmente, hay otros temas que impactan negativamente en la calidad de la educación en línea y que conducen a la insatisfacción de los estudiantes, uno de ellos es, por ejemplo, la inexperiencia, tanto en diseño como en “delivery” (entrega), de los instructores de los cursos en línea.

La Association to Advance Collegiate Schools of Business, también conocida como AACSB International, publicó, el pasado 27 de marzo de 2020 en su portal un artículo titulado “Cómo las escuelas de negocios están combatiendo al coronavirus” (“How Business Schools Are Battling Coronavirus”) reportando que, en Estados Unidos, los estudiantes de MBA a tiempo completo se preguntaron si se les reembolsaría dinero al tener que cambiar del formato presencial al formato en línea, en términos generales percibido como más barato.

El caso es que la percepción de la relación precio-valor, cuestionada por estos estudiantes allá en Estados Unidos, es un buen indicio de la brecha existente entre la educación en línea y la educación presencial: de acuerdo con la percepción de estos estudiantes, en línea reciben menos valor por lo que están pagando. Los directores de las escuelas de negocios ven el problema desde una óptica distinta, a saber, desde la óptica del estado de resultados que, en Venezuela, podemos llamar “estado de costos fijos” y al que contribuye no solamente la manifiesta improductividad de algunos colaboradores y la hiperinflación, sino también el marco legal.

También, la cuestionada relación entre precio-valor puede ser vista a través del modelo de satisfacción del cliente de Zeithaml y Bitner (Marketing de servicios: un enfoque de integración del cliente a la empresa, 2da Ed., 2002, McGraw Hill, México). El modelo en cuestión tiene como variables el precio, el servicio, factores personales y factores situacionales: un modelo multifactorial. De allí la importancia del diseño cuidadoso de cualquier encuesta que pretenda recoger el sentimiento asociado a la experiencia del aprendizaje en línea.

Dicho todo lo anterior,  habría que entender y aceptar dos hechos: uno es que así como hay buenos y malos profesores en el ámbito presencial, también hay clases en línea efectivas y clases ineficaces que, por múltiples factores, no cumplen su objetivo. Este último punto nos lleva al siguiente.

En el mundo exterior, esto es, fuera de Venezuela, hay actualmente dos tipos de educación en línea: una que se caracteriza por su condición de emergencia, la llaman enseñanza remota de emergencia (ERT por sus siglas en inglés) y está destinada a ser un cambio temporal en los modos normales de enseñanza. Ocurre cuando la enseñanza se vuelve remota (o distante) no por diseño o especificación sino por razones de fuerza mayor, abarcando lo que de otro modo hubiera sido enseñanza presencial o híbrida y transformándola en educación digital. También está el aprendizaje en línea, el original, un método de instrucción que se realiza a través de Internet por diseño o especificación. A veces llamado “e-learning”, es una forma de educación que ocurre a distancia en lugar de dentro del aula.

El conjunto de características de la educación en línea original es que está diseñada a propósito para ser remota y distante, es un modo principal de instrucción (no una excepción), se supone que es una solución a largo plazo, no urgente, todos sus recursos son accesibles, tiene todo el apoyo de la facultad y finalmente, los estudiantes se alistan voluntariamente.

Enseñanza remota de emergencia, en cambio, se activa en respuesta a una crisis o algo más allá del control humano, se supone que es temporal, puede carecer de recursos, puede no tener el apoyo completo de la facultad y los estudiantes pueden no tener otra opción.

Mi conclusión es sencilla: por el momento y a pesar del grado de satisfacción de los estudiantes, cualquiera que este sea, enseñanza remota de emergencia (ERT) es lo que tenemos en Venezuela y de paso, no es precisamente barata y puede que no desemboque en la asimilación esperada de sus objetivos de aprendizaje.


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