Venezuela se encuentra en el momento más oscuro de toda su historia, afectada por una terrible crisis de dimensiones innominadas. Ya los descriptores sencillamente palidecen para lograr ilustrar la magnitud de esta hecatombe que nos paraliza como sociedad. En medio de estas nefastas circunstancias, la idea de proponer un pacto unitario en el cual encontremos la tan deseada estabilidad, la normalidad que detenga la constante anormalidad propia de nuestra vida política nacional y las repercusiones de esta en las esferas cotidianas y ciudadanas, parece a todas luces no encontrar un asidero claro; por el contrario, posturas radicales se han mixturado con propuestas dubitativas desde la oposición, proponiendo un dilema en el que sencillamente no existe tal dicotomía de solución, pues las alternativas están absolutamente manejadas, opacamente mantenidas y espuriamente presentadas.

No existe, pues, tal dilema de participar o no participar; no hay intersticios o rendijas en las cuales meter la mano para lograr sobrevivir. El régimen ha copado todos los espacios de la vida ciudadana y nos ha impreso una indeleble marca de desconfianza, imposible de ser minimizada por los interlocutores válidos. En tal sentido, no se puede abordar el tema de la transiciones que incorpora la supresión de la “anormalidad” en la vida política que trasciende a las cotidianidades del ser social y degeneran su espectro ciudadano. Es menester que se produzca un proceso de resurrección de la sociedad civil y la reestructuración del espacio ciudadano. Este primer paso es el catalizador que impone límites al comportamiento omnímodo del régimen, lo cual lleva al descubrimiento mutuo de ideales compartidos, y adquiere una enorme significación política, porque se le articula de manera pública luego de un prolongado proceso de prohibiciones, privaciones y colectivizaciones de la vida cotidiana. En los precarios espacios públicos de las primeras etapas de transición, estos gestos individuales tienen extraordinario éxito en cuanto a provocarlo o revivir las identificaciones y acciones colectivas; a su vez, contribuyen a forjar amplias identificaciones, testimonio vivo de la explosión de una sociedad airada que vuelve a repolitizarse en gran medida.

Necesario es contar con la reestructuración, y en nuestro caso con la refundación institucional del tan quebrantado capital social, el cual se exhibe hoy más que nunca fracturado e incapacitado de propender a niveles al menos deseables de confianza, que logren conferirle credibilidad al discurso político, más si se presenta una hoja de ruta o acuerdo de encuentro para identificarnos, en pos de un propósito unitario.

En la arena política nacional, aparecen ahora interlocutores que hablan de su conocimiento sobre las transiciones. Es menester aclarar que una cosa es conocer el desarrollo empírico de algunos movimientos transicionales y otra sideralmente distinta es conocer las fases del desarrollo de la transición en sí misma, para ello es necesario entender que estos procesos no son rectilíneos, ni predecibles. Tampoco se trata de intentar o forzar en una suerte de síndrome tropical de Procusto, el mítico hospedador que intentaba igualar en tamaño a los hombres de acuerdo con las dimensiones de su catre; lo propio se le aplicaría a la  ciudadanía para que participe en un proceso viciado en materia electoral, sin comprender que la convocatoria a elecciones es una consecuencia natural de la resurrección ciudadana y del restablecimiento de los espacios naturales para el ejercicio de la política que además comporten confianza. Hacer coincidir el llamado a elecciones en medio de estas terribles condiciones, con un régimen hipertrofiado y acostumbrado a sembrar terror en los procesos electorales, con el agravante del asalto de los partidos políticos, situación que aún y cuando ahora se le imprime un sesgo de incertidumbre, desmoviliza y se constituye en un intento caprichoso con proxemia a Procusto, por elongar y aún más grave legitimar, unas condiciones competitivas absolutamente inviables en una farsa de carácter electoral.

No se puede alardear de saber de transiciones sin antes haberse percatado de la falencia absoluta en el cumplimiento de un movimiento que implica desplazarse desde la dominación autoritaria severa hacia algo diferente, que en el mejor de los casos implique una democracia política, pero que también puede suponer una regresión importante en el ejercicio del poder, como de hecho ocurrió en 2013, cuando pasamos de una autocracia hacia un modelo totalitario, antifrágil con visos de sultanismo. De nada nos sirve saber de transiciones si no se aplica este conocimiento con fines prácticos y de usabilidad, para el desplazamiento desde una dominación hegemónica de la vida social.

Para aceptar participar en elecciones fundacionales, partiendo del supuesto del logro de la resurrección ciudadana, la restructuración de los espacios públicos y la confianza, se requiere de condiciones aceptables verosímiles, para que se logre un profundo efecto entre los candidatos y los electores, construyendo algo cercano a la economía electoral o coste del voto, el cual hasta ahora es muy elevado pues está  directamente relacionado con la confianza, la libertad de opción. Vale decir que los partidos actuales puedan competir libremente, que los gobernantes no gozarán en cambio de plena autonomía de acción para el ejercicio de la desviación desde el poder, que incluso lleve a la eliminación de candidatos o de opciones favorecidas por la voluntad del votante, que deban reconocer a un poder espurio, como el de la asamblea nacional constituyente, elegida de espaldas a los ciudadanos, misma que ha supuesto los excesos de desconocer a un gobernador legítimamente electo, al no reconocer a un órgano cuyo génesis se encuentra absolutamente reñido con las formas de adhesión popular.

El reconocimiento internacional tampoco fue sopesado en la propuesta de la rendija electoral, este reconocimiento en teoría transicional supone un gradiente que se conoce en el ámbito politológico como: “démocratie á contrecoeur” o democracia concedida, que puede ser aceptado por los miembros blandos de la coalición dominante, para que bajo la presión de la resurrección ciudadana y la cohesión en torno a un plan de encuentro de propósitos, logren impulsar el cambio necesario. Pivotándose sobre los hombros de una oposición unida, cosa que parece ser imposible en los predios políticos nacionales.

En virtud de ufanarse de saber de transiciones resulta oportuno indagar sobre la producción de un consenso contingente, que supere los límites de los acuerdos sobre posturas éticas sustantivas que resuelvan la anormalidad y logren establecer condiciones mínimas de competitividad. Estos pactos que supondrán clivaje dependen en mucho de la confianza mutua, así como la imparcialidad y la disposición a transar. Hay empero tres dimensiones que probablemente resulten decisivas en todos los esfuerzos.

En primer lugar, es importante saber a qué partidos se les permitirá participar en este juego. Este asunto incluye aspectos en apariencia técnicos, como establecer un umbral mínimo para la representación de los partidos minoritarios, garantizando representación y protección.

La segunda dimensión se refiere a las formas adoptadas para distribuir las bancas dentro de las jurisdicciones electorales, y al tamaño y cantidad de tales jurisdicciones electorales, la introducción de doble vuelta para crear mayorías operativas y garantizar la representación fiel.

Una tercera dimensión concierne a la estructura de estas elecciones, si se trata de elecciones parlamentarias se vota por representantes de electorados que cuenten con apoyo contingente, luego de haber visto como por la vía seudolegal se consiguió torpedear la mayoría calificada de miembros de la Asamblea Nacional, agregándole además un elemento disruptivo como la presencia de cuerpos de choque, auspiciados por el gobierno, para atacar a los parlamentarios en una suerte de reedición cíclica de los terribles actos de fusilamiento durante los violentos años de la hegemonía de los hermanos Monagas.

Estos tres aspectos y sobre todo el tercero no han sido analizados por quienes proponen la asistencia a las elecciones, pues no han tomado en cuenta el momento dramático que supone de la concurrencia masiva a las urnas cuando el abstencionismo es borrado por el logro de la resurrección civil, el conferimiento de reglas competitivas y las garantías de confianza. Más allá de esto, el régimen es conocedor de su innegable fracaso económico y aun no olvida que en 2015 el gran ganador fue el descontento y el castigo contra una situación económica que se ha agravado, y una realidad política que además se ha degenerado. Las condiciones de 2020 son sideralmente más graves en los ámbitos económicos y políticos.

El régimen conoce el efecto pendular, sabe de su alto fracaso, pero la fragmentada oposición es incapaz de articularse en una vía con propósitos de resolución, las posturas opositoras recalcitrantes se presentan en el mismo tenor, de aquellas que propugnan el despacho y desplazamiento de los liderazgos existentes, ambas propuestas son nocivas y cáusticas.

Finalmente, no hay tal rendija o intersticio para los que se ufanan en conocer de transiciones, es menester recordarles a modo de ejercicio docente que aún la coalición dominante no está perforada, no hay hendidura y la participación en unas elecciones suma cero se constituye en un suicidio colectivo. Sesenta países no pueden estar equivocados, no pueden sufrir de ceguera colectiva o de hipnosis grupal, el concepto de  “démocratie á contrecoeur” o democracia concedida no es baladí.

Es injusto sufrir a estas alturas un síndrome de Procusto tropical e intentar casar las acciones del régimen con actos de movilización hacia la liberalización y la ulterior democratización, si bien celebramos las liberaciones de algunos rehenes, quienes jamás debieron estar secuestrados por pensar u opinar. En lo personal evito caer en las trampas de la neolengua de la dominación, no hubo indulto, sino un intento por potabilizar este fraude inviable que se perpetrará en diciembre próximo, en medio no solo del pico más elevado de contagio de la pandemia, sino agravada por la inexistencia de la más elemental prevención; unas elecciones que se pretenden celebrar en un país sin gasolina, imbuido en una horrísona y larga hiperinflación y con una sola y exigua cuarta parte de un aparato productivo destruido. Estas simples condiciones hacen absolutamente absurda la evaluación del intersticio o la hendidura.

A modo de reflexión, entre “Escila y Caribdis”, el par de monstruos mitológicos entre los cuales tuvo que pasar Ulises, que son el dilema de la tiranía y la miseria, en nuestro contexto actual, considero oportuno aclararle al abogado Capriles Radonski que en estos terribles veintidós años no hemos estado ensimismados a lo Juan Peña, el personaje del cuento de Pocaterra, mirándonos los pies o viéndonos el ombligo, esa es una analogía inaceptable, proferida por alguien que en dos oportunidades recibió el apoyo de vastos sectores de la población. No somos una suerte de afectados por el síndrome del diente roto, mucho hemos empujado desde nuestros espacios, muchos años se  han invertido y sus años de juventud no son más valiosos que los del autor de este artículo, contemporáneo con el señor Capriles y quien al inicio de esta pesadilla contaba con 23 años.

El mensaje del abogado Capriles, lleno de verdades pero también de sorna y con un tono discursivo abiertamente apuntado a descalificar los avances de Juan Guaidó, debe ser respondido con la contundencia del dolor de los casi 250 fallecidos en protestas entre 2017 y 2018, esos connacionales no ofrecieron sus vidas por una botella vacía, la botella estaba casi llena de libertad. Las acciones llenas de mezquindad atentan con partir esta botella en mil pedazos y con ella nuestra existencia. No solo usted ha sufrido señor Capriles, nuestros muertos aún calientes en sus tumbas nos empujan a gritar y denunciar. Valoro que usted haya logrado reunir a los rehenes con sus familias, valoro su lucha contra la tiranía, pero no es prudente asumir posturas reduccionistas, las elecciones parlamentarias son inviables por las razones descritas de ausencia en la prosecución de las vías transicionales y de hecho por el drama de la pandemia, el hambre y el talante tiránico de la coalición en el poder.

“Cantamos por el niño y porque todo

y porque algún futuro y porque el pueblo

cantamos porque los sobrevivientes

y nuestros muertos quieren que cantemos

Mario Benedetti.

 

 


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