El crecimiento de la economía del gigante de Asia ha descendido hasta su más bajo nivel en casi tres décadas. La cifra -6,2%-  puede no decirnos mucho a los desconocedores de la significación de los hechos macroeconómicos. Pero lo que sí resulta gráfico y elocuente es observar la vida cotidiana por fuera de sus grandes urbes. Es corriente ver el interior del país con sus carreteras casi enteramente vacías de carros en circulación y centenares -si no miles- de edificios construidos sin que se vea una ventana con la energía eléctrica en funcionamiento en sus fachadas.

No pareciera que el consumo interno se mantiene en niveles tan saludables como aseguran en la capital, quienes sostienen fervorosamente la tesis de que es el propio chino de la calle el que mantiene el vigor de su economía. La demanda interna de gas, por ejemplo, la que había estado creciendo en niveles de 17% interanual, este año apenas se acercará a 10%.

Al lado de ello, el peso de su deuda financiera está asfixiando al país. Son muchos los entendidos en estas materias que aseguran que casi todas las crisis financieras comparten el mismo subyacente problema: la deuda es excesivamente grande. El tema tiene inquietos a los expertos en asuntos asiáticos por considerar que la región pudiera estar acercándose a una situación similar a la del año 1997 cuando se produjo la  crisis financiera de la región.

De acuerdo con cifras presentadas por el experto Hal Lambert en la publicación Real Clear Politics, el crédito interno a  la banca privada equivale a 161% del PIB. La totalidad de la deuda china incluyendo financiamiento empresarial, a hogares y al gobierno se ha duplicado desde 2008. Hoy alcanza a 303% del producto del país para ubicarse por encima de  40 trillones de dólares.  El caso es que, si uno se dedica a investigar lo que se afirma en los medios financieros globales, en la China de hoy son muy pocas deudas las que se repagan y los  intereses son cancelados en solo la mitad de los casos. Las empresas que se dedican a medir los riesgos de ocurrencia de una crisis financiera castigan duramente con sus índices a Pekín, muy por encima de Hong Kong y cinco veces por encima de los indicadores de Estados Unidos.

Si lo anterior fuera poco, el país enfrenta una real guerra comercial externa para la cual los exportadores vienen preparándose desde hacen muchas lunas. Los cierres cautelares de empresas y las migraciones industriales hacia otros países hacen pensar que allí todos o casi todos tienen clara la avalancha de problemas económicos que se avecinan.

Para tranquilizar a los suyos las autoridades del país no cesan de repetir que las exportaciones chinas no son el eje de su bonanza económica. Aseguran que el comercio externo solo aporta 20% de su producto interno y hacen énfasis en que la mayor parte no corresponde al que realizan con Estados Unidos: apenas una quinta parte.

Sí, algo se cuece allí a fuego lento que puede impactar al resto de mundo. Visto desde afuera no pareciera que el gran coloso, la segunda economía del planeta, tiene su futuro económico claro ni parece que las soluciones para salir del impasse son sencillas. Una cosa es cierta: apostar a que la salida de Donald Trump del poder en Norteamérica les resolverá sus dolores de cabeza es una posición arriesgada porque la profundidad y el alcance de sus debilidades es mucho mayor que lo que se resuelve con el reacomodo de los aranceles.