Se inaugura una década en la que grandes transformaciones dinámicas están en la agenda internacional.

No es posible describirlas todas con algún buen nivel de detalle, pero lo que sí es claro es que los vaivenes del planeta nos mantendrán ocupados a todos bastante más que en el pasado: provocará nuevos posicionamientos políticos nacionales; se atenderán nuevas realidades de seguridad y de desarrollo económico; adquirirán relevancia temas que hasta hace poco se trataban con ligereza, como los asuntos ambientales; las grandes potencias se disputarán su primacía en medio de todo este ambiente convulso; las nuevas tecnologías digitales determinarán formas novedosas de relacionamiento entre los individuos y las sociedades.

Dentro de esa situación, tan cambiante como desbocada en algunas áreas, nuestro país, pobre reducto caribeño disminuido en importancia relativa de cara al orbe, tratará de sobrevivir a sus propios retos como un barquito de papel en medio de un oleaje turbulento.

Es claro que las administraciones nacionales en el mundo de hoy no pueden calificarse como de izquierda o de derecha.

La nueva realidad es que estos dos posicionamientos tendrán que ver no solo con el manejo de las economías y su relación con el desarrollo social, sino con el imperio de las libertades.

Los dos extremos de esta cuerda serán el del respeto a la libertad  y la legalidad o el del totalitarismo y la planificada manipulación de las reglas sociales. Ese es ahora el nombre del juego a escala planetaria.

Las dictaduras, algunas de ellas en las manos de psicópatas o de criminales, se han reproducido como la verdolaga en al menos tres de los continentes y al mundo le ha estado tocando aprender a convivir con ellas.

A China y Estados Unidos como bloques poderosos globales en lo económico, con áreas de influencia claramente definidas y más o menos tributarias de Washington o de Pekín, se sumará una Rusia ávida de protagonismo internacional, pero con el único norte de beneficiar a sus gobernantes y círculos íntimos de poder.

Medio Oriente tiene en su vientre una dinámica descontrolada que les afecta no solo en lo interno sino que es exportada a muchos países recipientes de sus nacionales que parten en estampida y que demandan atención, seguridad, salud y, sobre todo, seguimiento estrecho de sus actividades.

Resulta imposible no prestar atención a lo que sigue ocurriendo en Irán, Siria, Líbano, Israel por la penetración contundente de sus ideas, preceptos y modo de vida en la dinámica de occidente. Mientras tanto, ya 1 de cada 5 de los 7.700 millones de pobladores de la tierra profesa la religión instaurada por Mahoma y sus comunidades más numerosas se encuentran en países no árabes del subcontinente indio, el sureste asiático y Asia Central.

Un continente en apariencia disminuido, África, es hoy pasto de todo tipo de influencias externas y de colonización de las grandes potencias ávidas de recursos de sus consumidores.

Cabe preguntarse cuánta significación tendrán las vicisitudes venezolanas en un escenario como el anterior y cuánto tiempo más Estados Unidos seguirá siendo el apoyo determinante para el movimiento libertario que el país lleva en su entraña.

La región latinoamericana también está convulsa. La fragilidad chilena ha sido una voz de alerta para el continente. Las fuerzas del mal colombianas comprometidas con la droga hasta los tuétanos también limitan el buen desempeño de uno de los pocos países en los que la democracia ha encontrado asidero sólido.

Es apenas lógico pensar que desde la tierra neogranadina se empeñarán en impedir un movimiento libertario en Venezuela y lo lograrán a punta de corromper su estamento militar y gubernamental. Guerrilla y narcotráfico hacen ya vida activa en Venezuela

Las izquierdas totalitarias fortalecidas en el continente harán malabarismos para atornillarse en cada nación, ayudadas por una juventud inculta e incapaz de mirar, si no su propio ombligo, el avance de las tecnologías que no promueven la investigación y el trabajo tesonero, sino el facilismo de lo digital.

No nos ayudará en nada el viraje triste que está dando nuestra madre patria española al albergar, en lo más alto de su gobierno, a personajes consustanciados, además de cómplices activos, con la debacle instaurada por el chavismo.

Nos toca igualmente enfrentar la pérdida creciente del talento y de la fuerza de trabajo productiva que compone esa diáspora que se espera que alcanzará, en 2020, los 6 millones de almas.

Nuestros mejores políticos seguirán siendo hostigados y cazados dentro del territorio y nuestros mejores jóvenes profesionales intentarán abrirse paso en donde la grama luzca más verde. No es posible culparlos.

¿Qué decir de que el madurismo se está apoyando en un nuevo aliado, Rusia, que no trabaja sino en pro de sus intereses?

Dentro de su desesperación, de su debilitamiento y de la falta de recursos que malbarataron o que se robaron y que redundaron el desastre económico de hoy, ya Pekín no es el mejor acompañante de Miraflores, porque su acreencia en contra del país no puede, de manera ninguna, ser honrada.

Así, pues, esta Venezuela de hoy dejó de ser un enclave económico de alguna significación en el planeta para convertirse apenas en una burusa deleznable. Lo que se ve en nuestro horizonte venezolano no es, pues, halagador.

La cuesta para nuestros jóvenes dirigentes es empinadísima. Es preciso meterles el hombro en todo lo que sea posible para que puedan librar la lucha que les toca y no dejarse caer en la trágica inercia que acabamos de describir.