En relación con la crisis venezolana, según reportajes de la prensa nacional e internacional, recientemente ha habido encuentros entre funcionarios de la Casa Blanca y conspicuos dirigentes del régimen venezolano, incluyendo al que, tal vez, es el número dos del chavismo. Aparentemente, el propósito de estas reuniones es buscar una salida para una situación que, en lo político y en lo económico, parece insostenible. Pero, a diferencia de los varios procesos de negociación previos (aquí en Caracas, en República Dominicana, en Oslo o en Barbados), estos encuentros, supuestamente, se habrían celebrado sin el conocimiento y sin la autorización de Nicolás Maduro. Por ahora, el número dos del chavismo se ha negado a confirmar o a desmentir ese tipo de reuniones. De ser cierta esta información, es difícil predecir qué es lo que va a resultar de esos encuentros realizados con tanto misterio, y con tanto sigilo y precaución; no hay elementos para augurar un poco de libertad o más represión. Pero lo que parece ser obvio es que Maduro ya no puede confiar ni siquiera en su círculo más íntimo.

Puede que Maduro sea maestro en la práctica de la maldad para conservar el gobierno, y puede que, en lo concerniente a la teoría, se haya guiado por Maquiavelo. Pero, en este último caso, no parece haberse ganado o anulado a los personajes clave en esas conversaciones secretas, para que no le hagan daño. Y, si los ha agraviado, no los ha inhabilitado para la venganza.

En ese conflicto interno dentro del chavismo, Maduro ha utilizado hasta el agotamiento esa máxima del príncipe florentino, según la cual “conviene ganar tiempo”; pero no ha tenido en cuenta la otra, según la cual las guerras no se evitan aplazándolas, y que el diferirlas redunda en provecho del enemigo. No pudo, o no quiso, deshacerse de los individuos que podían perjudicarle; no pudo abatirlos cuando tuvo la posibilidad de hacerlo; ahora, sus antiguos compinches se han fortalecido demasiado, y ya han extendido sus dominios por las distintas esferas del poder. Uno de ellos domina el PSUV, preside una ANC con poderes omnímodos, controla varios cargos de gobierno (lo cual incluye al TSJ), y cuenta con igual proyección mediática que la del jefe de revolución; Maduro ya no le puede arrebatar ninguna de esas prerrogativas sin que peligre su propia estabilidad en el cargo; ahora, tiene motivos para temerle. Si alguna vez leyó a Maquiavelo, Maduro debería conocer una regla que nunca falla, que indica que quien ayuda a otro a hacerse poderoso provoca su propia ruina.

Escondido en su bunker, puede que alguien le haya sugerido a Nicolás Maduro que, a pesar de la persecución política, la tortura y la catástrofe humanitaria que ha provocado, es querido y amado por su pueblo. Pero que no piense Maduro que el pueblo le defenderá. Según Maquiavelo, “quien fía en el pueblo edifica sobre arena” y sufrirá un terrible desengaño.

Tampoco puede, el sustituto del comandante eterno, contar con las fuerzas armadas ni con quienes las dirigen, especialmente si alguno de sus jefes también está involucrado en esas conversaciones secretas; según Maquiavelo, el hombre que está armado no obedece a gusto al que está desarmado. Y no parece razonable que pueda confiar su suerte a los militares cubanos que, en todo caso, tienen otros jefes a quienes ser leales. Todo indica que Nicolás Maduro se está quedando solo, en un laberinto de intrigas y de traiciones.

Nicolás Maduro podrá tener mucha ambición para aferrarse al poder que no supo ganar en unas elecciones libres; pero carece del talento necesario para, por lo menos, evitar las luchas internas dentro del chavismo. Pinochet decía que no se movía ni la hoja de un árbol sin que él lo supiera; por el contrario, Maduro parece no estar enterado de quién se reúne con quién, y con qué propósito. ¡Triste destino!