Haciendo un análisis de la tragedia energética en la cual estamos obligados a subsistir debido a la corrupción y atrincheramiento del régimen socialista, no puede uno dejar de sorprenderse, a pesar de que la razón indique que, de no llegar a un acuerdo, cada día será peor que el anterior.

¿Cómo pueden sostenerse en el poder aquellos que tienen al pueblo sin comida, sin agua, sin luz, sin gas, sin gasolina, sin electricidad, sin sanidad, sin seguridad y sin educación?

La subsistencia del venezolano en el siglo XXI es tan precaria, que puede compararse sin lugar a dudas con aquella época de 1813, cuando Simón Bolívar promulga el Decreto de Guerra a Muerte, el cual fue practicado por los dos bandos en contienda; es decir, que ambas facciones actuaron de igual manera, alargando así la crisis.

Este episodio amargo de la historia duró siete años, lo cual indica que terminó en 1820, exactamente hace 200 años. Y francamente, la nación sigue manchada de sangre, extraída por la fuerza para saciar los arrebatos febriles de nuestros gobernantes. La historia es cíclica.

A inicios del siglo XVIII, cuando la nación estaba devastada, ultrajada y sin fuerzas para continuar, surge una luz al final del túnel, el Tratado de Armisticio y Regularización de la Guerra, que irónicamente se considera un antecedente en la conformación del Derecho Internacional Humanitario, por el cual hoy claman miles de almas, y que para la fecha aún no se les hace justicia.

Es inverosímil pensar que en la era digital, globalizada y hasta intergaláctica, millones de personas estén confinadas y condenadas a vivir en las penurias de hace dos siglos. Si bien las estrategias de aniquilación y destrucción se han refinado con el paso de los siglos, las consecuencias y los efectos sobre la población son los mismos.

Hago está comparación porque deseo que la sociedad actual tenga presente que aún en las épocas oscuras, el respeto a la vida y a la dignidad terminan prevaleciendo. Sin embargo, tenemos que estar atentos al cómo y con quiénes articulamos las soluciones a los problemas, pues la historia política de Venezuela está plagada de desaciertos, desentendimientos, traiciones, incursiones, acuerdos ocultos y tratados que se incumplen.

Volviendo al tema energético, sostengo lo que vengo afirmando desde hace más de un año: Venezuela está en emergencia eléctrica desde hace más de 10 años, debido a la “nula” inversión, la corrupción, pasando por Derwick, Odebrecht, Duro Felgera, sumado a la falta de mantenimiento y dragado que casi llevaron al colapso del Guri. Se robaron parques eólicos enteros, y aun así tienen el descaro de justificar la crisis inculpando a las iguanas, al imperio, a los fenómenos climáticos, y por supuesto a sus adversarios y también colaboracionistas.

Recuerdo haber alertado sobre las plantas bolichicas Derwick que iban a dar respuesta inmediata a ciertas contingencias. ¿En dónde están? 93% de ellas paradas en cero MW, lo único rápido fue cómo se llenaron sus bolsillos y el país sin electricidad, y unos cuantos miles de millones de dólares en las cuentas de unos pocos.

También manifesté mi malestar por las muertes de venezolanos en los hospitales cuando el sistema eléctrico falla por horas y las penurias en los hogares. Ya hace más de un año que desde Unidad Visión Venezuela hemos venido denunciando a viva voz las condiciones tan deplorables en las cuales nos obligan a vivir; la única verdad es que la ineptitud de este régimen rebasa con creces la paciencia más elástica.

Si a toda esta desgracia se le suma la pandemia, podrá entender el lector que efectivamente vivimos en el momento más oscuro de la historia contemporánea. Que llegó el momento de articular socialmente soluciones para el país, aún en condiciones de amenazas, sometimiento, aislamiento, hambre y falta de gasolina.

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