Corinna Faith- The Power – Foto Laura Radford/Shudder

La película The Power, debut de la directora Corinna Faith, es un inquietante ejercicio simbólico que profundiza en los terrores colectivos. Considerada desde ya una de las mejores películas de terror del año, es también una propuesta fresca que renueva el género. Una versión sobre el miedo que abarca lo cultural y lo metafórico con enorme inteligencia. 

En la película The Power de Corinna Faith, la oscuridad y la luz lo es todo. Pero también la tensión de una atmósfera enrarecida que se sostiene sobre el miedo en estado puro. En el filme debut de la directora, el recorrido de lo terrorífico tiene una estrecha relación con la necesidad de enfrentarse a lo invisible. A lo que vive en los espacios más allá de lo cotidiano. Y la realizadora lo logra con un truco en apariencia sencillo: utilizar un hecho histórico como frontera entre lo real y el misterio.

En el año 1873 y en medio de una crisis laboral considerable que afectaba el suministro eléctrico, Inglaterra tomó la decisión de implementar medidas drásticas. Además de enfrentar la huelga de la industria del carbón de forma legal, también llevó a cabo cortes de eléctricos a lo largo y ancho del país. La decisión creó una situación inquietante y aterradora en la mayoría de los lugares en que se implementó.

Faith toma la premisa y la lleva a una dimensión inquietante, que mezcla el miedo del ciudadano común por una situación anómala con lo sobrenatural. Pero además de eso, logra un pulso brillante entre la narración con tintes de realidad casi documental y algo más oscuro.

El resultado es una de las películas de terror más brillantes del año. No sólo por su puesta en escena inteligente, sino también, por su cuidadoso recorrido a través de una etapa histórica poco conocida de Inglaterra. Juntas, ambas cosas logran reflejar un tipo de terror angustioso que se entremezcla con la idea lo inminente.

La directora crea la percepción de un peligro inminente, basada en la condición de la oscuridad como límite y frontera. Por supuesto, es inevitable la relación con películas como The Host de Rob Savage y su cuidada concepción del miedo. Ambas películas parecen crear la percepción de la amenaza invisible y redimensionar el terror como parte de lo doméstico.

Y aunque el filme de Savage ocurre puertas adentro y el de Faith dialoga con los espacios exteriores, ambas coinciden en el peligro latente. Tanto una como la otra, encuentra en la incertidumbre y lo abstracto, la línea para convertir el miedo en una amenaza real. Pero Faith va incluso más allá. Su película asume el miedo como una concepción patente y latente de lo desconocido.

En especial, Faitn incorpora en los tropos de su película el miedo como parte de algo más grande. La cámara sigue a los ciudadanos aterrorizados por los apagones constantes y descubre en sus historias particulares, un hilo el común. Lo terrorífico (que en un principio se anuncia como algo velado), comienza a tomar forma a medida que la oscuridad se convierte en una rutina. ¿Qué hay más allá de la incertidumbre? Congelados, aterrorizados y confusos, los personajes aguardan la noche, ahora presionados por la sensación de peligro. ¿Qué espera detrás de las ventanas y puertas cerradas?

Los pequeños secretos del miedo

En el año 2016, el director David F. Sandberg utilizó la misma premisa en su película debut Lights Out. La historia, basada a su vez en un corto con el mismo argumento del director, logró sostener la condición del miedo como límite. Y la oscuridad, como su reflejo en el mundo exterior. Con la mezcla de ambas ideas, Sandberg jugó con tomas y ángulos, hasta crear un interesante juego de espejos. El terror convertido en un recorrido interminable a través de los terrores de los personajes.

Faith analiza la idea desde un punto de vista parecido. Pero en una vuelta de tuerca que sorprende por su efectividad, incorpora los espacios que rodean a los personajes. Desde las calles vacías, el frío crudo de un invierno riguroso hasta la ideal del mal, The Power juega con los terrores compartidos. De hecho, su personaje principal Val (Rose Williams) es la encarnación de la incertidumbre.

Desde las primeras secuencias, Faith muestra al personaje desde la periferia. Como enfermera, Val tiene problemas más urgentes con los cuales lidiar que el miedo. Pero lo siente y de hecho, es esta mujer práctica y dura, la primera en notar que algo inexplicable ocurre. Su primer día en el hospital East London Royal Infirmary es por ahora su prioridad. Pero la oscuridad acecha y con ellas, los temores y recuerdos de una niñez dura y del miedo que se esconde en los apagones.

Es entonces cuando Faith muestra sus mejores recursos. El hospital es una construcción laberíntica que no tiene nada que envidiar a las más célebres casas embrujadas del cine. Los pasillos, las habitaciones a oscuras, los descansillos a media luz, crean una noción sobre lo inquietante de pulcra belleza.

El ambiente médico tiene algo de la efectividad de “la autopsia de Jane Doe” de André Øvredal, con la que guarda ciertos paralelismos de atmósfera. De hecho, toda la película basa su efectividad en la tensión que se acumula con lentitud. Los cortes eléctricos aumentan el terror y cuando finalmente, el secreto se muestra, la sensación es que siempre estuvo allí, al acecho.

Faith toma la brillante decisión de situar a su personaje en dos espacios distintos y vincular ambos a través de los apagones. Tanto en casa como en el hospital, la oscuridad tiene texturas distintas y pesos, como si encarnara peligros distintos. Y Val percibe ambos estratos, como si fueran líneas fronterizas de algo más terrorífico.

La estadía en los terrores

La directora toma el ejemplo de John Carpenter y William Friedkin, para crear atmósfera irrespirable. Cuando Val debe pasar una guardia de casi dos noches seguidas en el hospital, lo sobrenatural se muestra en todo su oscuro esplendor. Pero no lo hace con golpes de efecto (no de inmediato) ni mucho menos, imágenes aterradoras. Lo que realmente resulta inquietante, es el silencio, los espirales de cenizas llegado de ninguna parte. Los susurros en esquinas, las figuras en sombras que se mueven de un lugar a otro.

Para entonces, la película es una colección complicada de matices y Faith tiene el buen pulso de evitar la reiteración. Si algo sorprende de The Power, es la forma en que evade explicaciones sencillas. Faith una imaginativa manera de crear la condición del miedo. Establece sus pautas, sostiene el lenguaje, enlaza lo inquietante con algo más violento. Mientras los apagones se suceden con un ritmo de pesadilla, el miedo se enlaza con recuerdos, con el pánico colectivo. Por último, muestra las regiones más tenebrosas de lo que acecha, pero sin que sea obvio ni tampoco, fácilmente explicable.

Uno de los grandes aciertos de Faith, es dotar a su película con cierto aire de doble discurso. Hay algo más que la oscuridad, los temores, las inquietudes de la oscuridad en un entorno urbano. Y es ese filón mitológico, que al final explota con seguridad y buen gusto, lo que hace de The Power una película poderosa. El miedo es una posibilidad, pero también lo que sostiene la percepción de los terrores que acechan. Quizás el mayor logro de la película.


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