Cada día se fortalece mi convicción de que este pueblo es superior a sus dirigentes. No acepto el argumento de que es pasivo, que no reacciona o que se resigna a vivir con lo que el régimen le ha dado. Cada vez menos, por cierto. Lo que algunos no entienden es la dura realidad que sufren los más pobres. Los obliga a ocuparse esencialmente de la seguridad en el más amplio de los sentidos.

Se trata de garantizar la vida personal y la de la familia, sus bienes, la educación y la vivienda, la religión y todo aquello que pueda garantizar la estabilidad y felicidad de quienes dependen de nosotros. Podemos incluir, entre otras cosas, la existencia activa del partido político al que se pertenece o la vigencia de todas las opciones.

Quien tiene la responsabilidad de la familia, hombre o mujer, debe trabajar para que sus hijos tengan, en todos los terrenos, más oportunidades que las que los titulares han tenido. Garantizar lo que hemos venido afirmando es una enorme responsabilidad personal y también del Estado, obligado a crear y mantener las condiciones para que todo pueda cumplirse con normalidad.

Consideración especial merece lo relativo a la libertad económica. De trabajo para las personas naturales y jurídica para las empresas. Mientras más he estudiado estos aspectos, más me convenzo de la necesidad de crear una verdadera economía libre, de mercado, solamente sometida a una legislación sabia y estable dictada por el Estado, quien debe ser el primero en someterse a esas normas regulatorias dictadas por el mismo Estado. Ha sido dicho que el mejor instrumento para crear riqueza y distribuirla es una economía que funcione.

Lamentablemente Venezuela ha retrocedido en estas dos décadas consecutivas de dictadura tiránica. Hoy estamos mucho peor que en 1999, cuando comenzó la tragedia. El llamado “socialismo del siglo XXI” ha sido un fracaso más de una política ideológica comunistoide. En nuestro país, en manos de individuos sin formación suficiente, incompetentes y muchos de ellos bastante corrompidos.

Pero no podemos agotarnos en el diagnóstico de una realidad más que conocida. Tenemos que cambiarla. Unirnos quienes sinceramente queremos el cambio radical del régimen y no la convivencia o la simple conservación de espacios a cambio de mantener más de lo mismo que ha destruido a la nación.

El cese de la usurpación, es decir, la salida de Maduro y su combo, es condición indispensable para alcanzar los objetivos de progreso y bienestar que el país merece. Nada debe distraernos de este primer paso indispensable para todo lo demás. Hasta ahora, Juan Guaidó y la Asamblea Nacional caminan en esa dirección. A su ritmo, pero por Dios, ellos no son el enemigo.

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