A  Rocío Guijarro

La popularidad de Emeterio Gómez era sorprendente y envidiable. Caminábamos por el bulevar de Sabana Grande –viejo espacio de nuestras revolucionarias querencias sesentosas– y nos impresionaba el cariño que le profesaba la gente. Emeterio, el sabio habituado a la compañía de los presocráticos, vecino puerta con puerta de Spinoza y Leibniz, aristotélico y platónico, hegeliano y marxista, era amado por la gente más sencilla de nuestro pueblo. Se debía a esa extraña simbiosis de sabiduría y generosidad, de agudeza intelectual y de amor al prójimo. Agustín Berrios, que me lo presentara cuando se había hecho a la tarea absolutamente utópica e inalcanzable de fundar un movimiento liberal venezolano, esa pata de la que cojeamos desde nuestros orígenes, me dijo en su momento: Emeterio es un apóstol. Merecería la santificación.

Hurgaba en los entresijos de la tradición filosófica y epistemológica de Occidente con un entusiasmo y una familiaridad dignos de Harvard y Cambridge. Así fuera desde la Plaza Venezuela y los siempre generosos espacios de Cedice.  Del que fuera alma y espíritu rector, junto a su entrañable amiga Rocío Guijarro. Sin otro interés que contribuir a moralizar un mundo profundamente corrompido. Insistiendo como un evangelista en el desierto en la necesidad de moralizar nuestros comportamientos. De ser fieles a la más profunda y valedera enseñanza del cristianismo: amar a los demás como a nosotros mismos. Y respetarnos donde quiera que estuviésemos.

La vida le deparó grandes satisfacciones y el reconocimiento nacional por su alta valía intelectual. Pero el destino le jugó una mala pasada. Luchó con empeño y logró recuperarse de una severa enfermedad. Y fue a España a convalecer junto a sus hijos. Es allí, junto a ellos, que sufre otro accidente que se salda con el contagio de la enfermedad del milenio. Y la muerte.

Nos faltan palabras para reconocerle todo el agradecimiento que se merece. Venezolano ejemplar, su memoria nos acompañará siempre en la tarea espiritual que perseguía: hacer de Venezuela una nación de cuya pertenencia podamos sentirnos orgullosos.

Amado Emeterio: descansa en paz.

@Sangarccs


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