La historia da vueltas y vueltas, y a primera vista unas suenan lógicas, otras parecen disparates, previsibles o incomprensibles… pero a la larga, vistas a la distancia, mientras mayor mejor, creemos encontrarle una o alguna coherencia. O simplemente se la inventamos (por último la vida podría ser “una historia contado por un loco”). Pero en general las consideramos, con buenas o malas razones, secuencias de un mismo largometraje. Los designios de Dios, el despliegue del Espíritu del mundo, la mecánica de la materia que la compone, el azar, los héroes, la equidad y la codicia,  las apuestas de la libertad… Gran tema, por supuesto, supremo.

Por supuesto que no me viene así como así el tópico. Venezuela, de un tiempo para acá, es una larga e intensa demencia, un trabalenguas indescifrable. El chavismo es un rompecabezas que necesitaremos mucho, muchísimo, tiempo para dar con un algún ordenamiento aunque sea parcial, para encontrar senderos de algún orden, y habrán bastantes diferencias y disputas. Mira que ha llovido desde aquel “por ahora” al Macutazo, para solo citar hitos simbólicos. Menudo trabajo tendréis, historiadores y afines del mañana.

Por los momentos yo solo quería, con toda parquedad teórica, señalar que para mí la historia, en penultísima instancia, se ha movido, se mueve y se moverá por mucho tiempo por la rebatiñas de las riquezas terrenales, por la igualdad y desigualdad con que se distribuyen, ricos y pobres. Lo que para muchos debe sonar marxista, pero para otros más cultivados sabrán que eso o algo muy parecido lo han sostenido una buena cantidad de pensantes, de casi todas las épocas. Pero no viene al caso. Que dude todo el que quiera dudar o negar, simplemente creemos que esto es lo que habita, aunque sea en el subsuelo, en la conflictividad o la fraternidad de la especie. También es evidente que aparece en el escenario histórico cubierto con el más disímil ropaje: naciones, religiones, etnias, justificación de la codicia y la miseria, superlativa valoración de la individualidad…De donde surge la necesidad de hacer alguna suerte de traducción muy compleja a ese basamento económico, tan pero tan compleja que solo se puede llegar a resultados decorosamente veraces en contadas ocasiones. La conducta humana es el objeto teórico más inaccesible, decía Comte, por la inmensa cantidad de variables con que se construye.

Esto, un poco largo, para decir que yo pienso que detrás de este insólito batiburrillo de acertijos que es Venezuela, a lo mejor de los más indescifrables del planeta, su dificultad interpretativa mayor es que un politicismo extremo disfraza de manera casi impenetrable la inmensa desigualdad económica que la desgarra, que amenaza con destruirla. Con suficiente dinero petrolero para que una banda de forajidos, autodenominados de izquierda, pudiesen saquear el país y prostituirlo políticamente, se edificó una dictadura que a diferencia de las más clásicas terminó por demoler la economía, por la caída de los precios petroleros y una corrupción sin antecedentes, y dejó en pie un combate político feroz pero sin asideros reales. Donde la “izquierda”, minoritaria, reprimía al pueblo, apoyada en unas fuerzas armadas domesticadas y la “derecha” pretendía instalar la democracia y la modernización del país, con un enorme apoyo internacional, pero en el reino de la barbarie. Ese nudo es el que produjo el monstruo que es la vida pública venezolana de hoy.

Pero la situación económica se ha tornado tan abismal, sumada a la pandemia, y ese abismo es cada día mayor, que es muy probable que en un tiempo relativamente corto esa frontera política entre la dictadura y la democracia se cambie, que vuele toda la geografía actual, que la violencia que pueda estallar ya no reconocerá esas fronteras sino las de la miseria y la riqueza que subsista. No es deseable, ninguna violencia debería serlo, pero podría ser inevitable. Estaría dentro de una lógica más sencilla, más comprensible al menos. Donde además de Estado y oposición, los personajes principales no tendrían rostro ni precisa filiación política.


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