Venezuela, en medio de no pocas calamidades internas y en circunstancias también de gran complejidad e inestabilidad en el mundo, enfrenta la demanda de Guyana ante la Corte Internacional de Justicia. El organismo se ha declarado competente para conocer la justa reclamación venezolana sobre el territorio Esequibo, invadido por el Reino Unido y luego anexado tras su independencia a la República de Guyana. Después de la independencia de Guyana en 1966, el régimen de Forbes Burnham arremetió contra las poblaciones indígenas del país enarbolando un criterio afrocentrista, en desmedro de otros sectores sociales y grupos subalternos, entre ellos principalmente los indígenas. Esta actitud se podía explicar, pero no justificar por antiguas tensiones sociales entre los diversos sectores étnicos y socioculturales de la nueva república, nacidos y alimentados como efecto de las agresiones coloniales de Holanda e Inglaterra.

En aquel momento surgió entre esequibenses de ascendencia indígena la idea de una rebelión separatista de la región del Rupununi, ubicada en la porción suroccidente del territorio venezolano en reclamación del Esequibo. Por diversas razones, Venezuela entonces prefirió apegarse a lo convenido en el Acuerdo de Ginebra, celebrado en los días de la independencia de Guyana, que fijaba la negociación política como criterio de solución del conflicto territorial entre los dos países.

No dejaba de ser ingenuo pensar que las grandes potencias del momento se mantendrían neutrales. Por el contrario, era de esperar que se alinearan a favor de Guyana por la posibilidad de obtener beneficios al negociar con un estado recién creado y con élites políticas llegadas poco antes al poder, a la vez con grandes apetencias y poca experiencia. Todo ello sucedía en un contexto de enfrentamientos derivados de la Guerra Fría y el régimen cubano de Fidel Castro, que tenía por detrás el apoyo de la extinta Unión Soviética, se inclinó a favor de Guyana. No se puede olvidar ahora que el socialismo y el comunismo obraron contra los más genuinos intereses venezolanos.

En ese momento de palpitar esequibista, la voz poética de Lucas Guillermo Castillo Lara plasmó un sentimiento de alto sentido nacionalista y profundamente venezolanista. Se trata de un poema poco conocido, incluido en su hermoso poemario Del agua mínima, publicado en Caracas por la imprenta de la Escuela Técnica Industrial Salesiana en 1971 (pp. 81-82). El poema forma parte de la sección denominada «Los años no se llevaron la magia de la tierra», en el que se incluyen poemas de inspiración histórica. La voz poética de Castillo Lara exclama con gran lirismo:

Rupununi ¡Hermano!

Perdóname porque somos cobardes

En la Hora de tu prueba

De tu mano tendida

De tu voz que pedía otras voces

De tu hombro que pedía armas

Y otros hombros hermanos

Que marcharan estrechamente a tu lado

En esa hora fuimos cobardes.

De vergüenza no se alzan las caras

Diplomacia, Prudencia

Notas protocolares

Eso sirve para esconder miserias

Afrentar orgullos

Sentirnos hombres graves

De levita y chistera

Diplomáticos trasnochados.

Es que no hay sangre en las venas

O la sangre es de piedra?

Es que se acabó el coraje

En los machos de esta tierra?

Rupununi ¡Hermano!

Tú quieres ser venezolano

Pero te cerramos las puertas

Te echamos a otro lado

Ah malaya quién resucitara

¡Algún héroe trasnochado!

De esos con manos calientes

Coraje bien puesto

 

En pleno centro del pecho

Ah malaya si viviera

Un hombre con suerte!

Y tomara en mano abierta

Un chopo, una metralleta

O un simple machete liniero

De relámpagos de acero

O al menos alzara una encabullada vera

Y la emprendiera a mandobles

Cintarazos y empellones

Con tantos malandrines cobardes

Y fuera hasta ti Rupununi

A entregarte nuestro abrazo.

¡Ah malaya Bolívar, si aquí lo tuviéramos!

Ahora esperamos milagros

Con toda indiferencia

Que manos extrañas nos entreguen

Un pedazo de nuestra propia carne

Que arrancaron a nuestra madre

Del costado de Guayana.

Me duele el dolor patético

De una Valerie Hart desamparada

Mujercita valiente y sin complejos

Con sangre de verdad en las venas

Bien mereces los pantalones

Que les faltan a muchos hombres.

Rupununi. ¡Hermano!

Perdóname. Somos cobardes

¡Ah malaya un hombre!

Uno solo

Para irte a rescatar

Blanco. Indio. Negro

Como se pudiera encontrar

No lo necesito mañana

Lo quiero ya

Antes que se muera Rupununi

Y lo lleven a enterrar.

El poema de Lucas Guillermo Castillo Lara incluye una referencia a Valerie Paul Hart (1934-2021), una valiente indígena esequibense, del pueblo Wapishana de lengua arahuaca, y por tanto venezolana que se opuso al régimen racista de Burnham. Lamentablemente no fue escuchada por las autoridades venezolanas. Se trata de una figura que merece ser estudiada y revisada.

El poema alude, precisamente, a la cobardía de no haber apoyado con toda la fuerza, la decisión y el coraje necesarios aquella revuelta que probablemente hubiera marcado el rumbo de la negociación territorial sobre el Esequibo. Más de tres décadas después tuve la suerte de conocer a algunos refugiados esequibenses y a sus descendientes que vivían en territorio venezolano sin disputa, especialmente en la población de San Ignacio de Yuruaní, en el municipio Gran Sabana del estado Bolívar, y también a indígenas provenientes de San Martín de Turumbán, en el municipio Sifontes del mismo estado. Así pude escuchar de primera mano testimonios sobre aquellos días de esperanzas frustradas que ojalá no se sigan repitiendo.

También en la década de 1990 hubo intentos de declarar un país o nación Amerindia en el Esequibo, lo cual ya no seguía los lineamientos iniciales de la revuelta del Rupununi sino de plena autonomía ante la sordera y olvidos de Caracas y los atropellos de Georgetown. Se trata, sin duda, de episodios que merecen análisis más serenos y exhaustivos, pero que en todo caso nos alertan sobre la importancia de la coherencia en materia de soberanía territorial, en especial lo referido al inmenso Esequibo. La historia y la antropología nos pueden enseñar mucho acerca del devenir pasado, pero en gran medida también sobre el presente y el futuro, porque estudian precisamente no solo los hechos sino las esencias sociales, los imaginarios y, con una mirada desapasionada, pueden juzgar a condición de no utilizar criterios anacrónicos para entender los fenómenos mismos.

Sirvan las líneas poéticas de Lucas Guillermo Castillo Lara de consuelo y acicate en estos momentos de incertidumbre y sueño de un futuro esequibense, justo y equitativo, inclusivo y respetuoso de la diversidad, y siempre plenamente venezolano porque, como dice el poeta, “Ahora esperamos milagros / Con toda indiferencia / Que manos extrañas nos entreguen / Un pedazo de nuestra propia carne / Que arrancaron a nuestra madre / Del costado de Guayana” (p. 82).

Ah, malaya. ¿Tendremos sangre de piedra?

(Agradezco a mis primos Ana Cristina y Lucas Guillermo Castillo Zeppenfeldt el haber recordado ella este poema e insistido él en su búsqueda)

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