Mucho se habla sobre las fuerzas que están en acción y que le ponen a Maduro y su combo el mundo muy chiquito.  Se habla y se clama por el TIAR; se habla de las propuestas de Colombia en la ONU y en la OEA; se habla de las sanciones, tanto las de Estados Unidos como las de la  comunidad europea; se habla de lo que dicen o dijeron Trump, Pompeo, Abrams y el Comando Sur, el Grupo de Lima, el Grupo de Contacto, y hasta de qué dicen charlatanes y videntes. Pero, cosa curiosa, no se habla de la única fuerza que pone a temblar a esta y a cualquier otra dictadura por fuerte y criminal que sea, y esa no es otra  que el pueblo en la calle exigiendo todos sus derechos. Y es esta ausencia la que transmite la cara débil de la oposición en este importante tramo de la lucha, con el evidente peligro de hacerse fatalmente crónica.

A este punto no cabe ninguna duda de que la oposición mayoritaria, esa que está dividida y dispersa, que aglutina, sumando todas las posiciones, más de 80% de la población, está en la obligación de  tomar de nuevo la iniciativa, independientemente de lo que aporte la comunidad internacional que nos apoya, y que no es poca cosa, sobre todo cuando el régimen ha puesto todas sus cartas sobre la mesa, y entre ellas el tema electoral planteado con malas intenciones  por el oficialismo, con la mira puesta en la reconquista de la AN y la liquidación de  Guaidó, hechos todos que de darse, hay que repetirlo hasta la saciedad, conducirían al desastre total.

Después de mucho pensar, con la visión democrática que es la única que tengo, con la visión de quien cree en la evolución y tiene abolida la palabra revolución, que cree en los procesos  electorales –aun reconociendo que no es el único método o sistema para lograr el cambio, pero con la convicción de que es el más sano, más justo, más pacífico y verdaderamente participativo–,  me vinieron a la mente preguntas indispensables que debemos  hacernos  todos los ciudadanos que creemos en  la democracia.

¿Quién dijo que la promoción de un proceso electoral no puede ser una herramienta de presión que ayude al cese de la usurpación? ¿Quién dijo que uniéndose con ese propósito, las fuerzas que nos condujeron al abstencionismo, sumadas a las definitivamente electoralistas, exigiendo en la calle y sin tregua las condiciones requeridas para realizar unas elecciones limpias y alejadas de cualquier sospecha de fraude, no pueden motivar a un pueblo que quiere cambio y mover los cimientos de la dictadura y las cadenas del totalitarismo en ciernes? ¿Quién dijo que esa convocatoria no puede ser el eslabón perdido para que la oposición y el pueblo, hoy tan vapuleado por el régimen y desconcertado por los desencuentros de la oposición, no es un arma poderosa para entrarle de lleno a la ruta del cambio?

En esto que digo no hay un ápice de fabulación y sé que el tema puede provocar hasta una trifulca  de proporciones siderales en el campo de los extremos, pero hay que ponerlo sobre la mesa porque, querámoslo o no, las elecciones libres y confiables constituyen el propósito final de la ruta trazada por Guaidó, y también el de la comunidad internacional que busca soluciones a nuestra tragedia.

Es la hora de poner sobre la mesa los hechos objetivos que marcan la tragedia nacional. Una dictadura en pleno ejercicio, una usurpación de todos los poderes; un país, económicamente hablando, en bancarrota producto del pésimo manejo de nuestra hacienda durante estos veinte años, sumados a una gula corrupta de las altas esferas del poder; un pueblo descontento y pasando hambre; unas encuestas que revelan que cerca de 90% de la población quiere el cese inmediato del régimen, unas fuerzas armadas secuestradas por una cúpula hegemónica y comunista que es controlada desde La Habana, un territorio invadido por fuerzas paramilitares, organizaciones criminales y un Estado, a nivel de gobierno, penetrado por el narcotráfico; un país que se desangra en una espantosa diáspora que, de paso, ha sembrado graves alarmas en los países vecinos. En pocas palabras, un país ahogado por una crisis política, económica, social y moral, que ha hecho de Venezuela un país invivible, como resultado de veinte años de abusos, de corrupción, de incompetencia, de represión y humillaciones, promovidas y ejecutadas por el libreto castrocomunista, para lograr la sumisión de los pueblos. De nuestra soberanía es mejor no hablar porque la perdimos.

Demasiado tiempo ha tenido la perversión al mando de la nación utilizando, siempre con mala fe, un libreto fraudulento que habla de elecciones a su medida, contando ahora con factores de una presunta oposición y repitiendo una estrategia harto conocida como la que nos llevó a la instalación de la espuria asamblea que todos llamamos la cubana.

A eso debemos añadir lo que pareciera un olvido de amplios sectores de la oposición y es que esa población atrapada en las garras de ese monstruo sabe  qué es la democracia por haber vivido en ella, y bien sabe también que es perfectible, sabe lo que es y qué significa el voto, sabe y le gusta ejercerlo, pero para poder cumplir con el mayor de los rituales democráticos que es votar, ese pueblo necesita ver en la palestra a una oposición democrática toda unida luchando sin tregua y en la calle, por el rescate de reglas claras, capaces de  garantizar la vigencia y validez del voto.

Llegó la hora de reinventar lo obvio y es que todos queremos vivir en paz y en un mundo abierto para que cada quien se exprese como mejor lo crea, dentro de unos límites en los que su libertad de escogencia, tanto de oportunidades de crecimiento, como de autoridades capaces de conducir la nave con seguridad y destreza, garanticen el pleno ejercicio de sus deberes y derechos. No tengo la menor duda acerca de las bondades y beneficios que una cruzada nacional activa las veinticuatro horas del día con un pueblo exigiendo reglas claras para unas elecciones libres en las que el  voto de cada uno de los venezolanos no pueda ser ni controlado, ni pervertido, a la hora de tomar su libérrima decisión.

Con todos esos puntos en contra de un régimen dictatorial, repudiado dentro y fuera del país, corrupto, torturador, chupasangre, una población unida en la determinación de echarlo del poder, no puede tener miedo de ir a unas elecciones y más si estas son libres y custodiadas por fuerzas de la comunidad internacional.

Yo le pregunto a toda la oposición democrática del país si esa batalla por un CNE distinto e independiente ha sido dada. Si esa batalla contra los desafueros, tanto los visibles como los no visibles, cometidos por el régimen en cada proceso electoral con la complicidad del grupo que controla la Fuerza Armada, ha sido dada. Si la batalla contra la injerencia cubana en cada proceso y la lucha contra una hegemonía comunicacional obscenamente al servicio de los más bajos intereses del régimen  han sido dadas.

Si los conductores responden con lucidez, y con la verdad y la conciencia en la mano, la respuesta es negativa. Y les pregunto, a propósito de la palabra lucidez, qué es lo que ha impedido a todos los factores de oposición unirse como lo hicieron en 2015, cuando esa unidad, con el mismo CNE indeseable que tenemos, con la misma injerencia tanto militar como cubana en el proceso, logró arrebatarle al régimen un poder tan importante y decisivo como la Asamblea Nacional, la misma que gracias a una infortunada abstención se perdió, dejando en manos de un enemigo sin escrúpulos la potestad de cambiar para mal el ordenamiento jurídico de la nación.

¿Será acaso el momento de repetir otra vez que los derechos primero se conquistan y luego se defienden?

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