Las dos primeras décadas del siglo XXI se han caracterizado en nuestro país porque el venezolano poco a poco ha perdido cualquier motivación para luchar. A pesar del esfuerzo, representado en marchas, vigilias y protestas, no han podido alcanzar el objetivo de vivir con dignidad. Por el contrario, Venezuela se ha convertido en un botín de guerra, en el cual unos cuantos aprovechados han hecho del socialismo su grotesca coartada para enriquecerse y poder así convertir al resto de los ciudadanos de este país, material y espiritualmente más indefensos.

Para generar aliados han hecho de la corrupción su ideología principal para cohesionar apoyos y complicidades. Pero a pesar de que se han proclamado defensores de los más vulnerables, con el lema de “ser rico es malo”, los funcionarios de la nomenclatura no han ocultado su vida ostentosa.

Por lo tanto, para poder seguir adelante, los revolucionarios han limitado el conocimiento en consignas, que muchos compatriotas vociferan, sin entender su significado real ni la situación que representan. Solo han servido para exigirle al pueblo una fidelidad ciega, a pesar que son ellos los más afectados de la situación política, económica y social, convirtiendo al mismo tiempo a la esperanza como una enfermedad mental.

En lo que han sido exitosos los bolivarianos es en demostrar su incapacidad e incompetencia, avalado por una corte de vividores, que para gobernar es necesario descalificar, amedrentar, perseguir, acosar y encarcelar a aquellos que piensan distinto. Razón por la cual desde 1998 se han dedicado con ahínco, premeditación y alevosía, a atacar a la supuesta oligarquía, nacionalizando y expropiando empresas y otros bienes y no para darlas al pueblo, no, no, no, sino para engrosar las filas de clientes políticos, que con el tiempo terminaron en la quiebra y posterior abandono.

Esto nos ha llevado a que ya no reconocemos el sonido de la felicidad, hemos olvidado la imagen de la paz, desconocemos qué determina la voluntad, por último, qué nos hace sentir vivos. Nos conformamos en aceptar al opresor, porque creemos que es el mal menor, ya que nos cuesta salir de la supuesta fantasía socialista, razón por la cual tenemos miedo en hacer frente a la realidad, aceptando a quienes se arropan con la bandera de la patria y vociferan hazañas de personajes históricos inútiles, sin darnos cuenta de que no tienen nada qué decir y lo que es peor, los revolucionarios tratan de ocultar lo que en verdad quieren decir.

Para sostenerse en el tiempo, han hecho del patriotismo su último refugio, apelando a un nacionalismo que solo beneficia su permanencia en el poder, sin importar las consecuencias que sufre la sociedad en su totalidad. Porque para ellos el concepto de democracia se basa en ordenar y mandar y el pueblo debe y tiene que obedecer. Por lo tanto, viva la pasividad carajo, pues en Venezuela la idiotez se ha convertido en una virtud, por consiguiente, somos incapaces de analizar para poder entender nuestra realidad, nuestra verdad.

Nos escudamos en la retórica de la violencia, mal síntoma, ya que está produciendo un profundo deterioro en la idiosincrasia del venezolano, marcando la forma de ser de los ciudadanos, destruyendo nuestra sociedad. Ya no hay principios ni valores, solo la ley del más fuerte. Una selección natural que va en contra de la esencia del ser humano. Sin embargo, el que manda es el miedo, como única herramienta para dominar a toda la población.

Ahora, en vez de expresar a viva voz nuestros sentimientos, nos limitamos a tartamudear, solo somos capaces de construir monosílabos, ya que nos amparamos en la ilusión de que otros vendrán a salvarnos de esta catástrofe comunista, sin darnos cuenta de que la solución a nuestros problemas está en nuestras manos. No es una invasión de Estados Unidos o un ejército de salvación con los cascos azules al frente. No señor. Solo nuestra determinación como ciudadanos podrá recuperar nuestra democracia.

Debemos dejar de lado las voces que solo escuchan sus propios ecos y comenzar a escuchar a otras voces, para entender que todos tenemos derecho a participar en solucionar los problemas del país. Por lo tanto, mientras aceptemos la pobreza como forma de alcanzar objetivos, nos sumergimos aún más en la miseria y en la indigencia, que nos allanará el camino hacia la ruina, no solo material sino espiritual también.

Esto nos ha convertido en expertos en ocultar nuestras incertidumbres, antes lo hacíamos a través del ocio, ahora lo hacemos a través de la resignación. Sin percatarnos de que los revolucionarios se han aprovechado de la desgracia de nuestros compatriotas, para diseñar su engaño demagógico, para que transitemos, sin regreso, el camino de la pobreza inapelable, continua y creciente. Aceptamos la arbitrariedad, respiramos el desprecio de los chavistas hacia la libertad, convivimos con el miedo, en resumen, los venezolanos no tenían nada y lo perdieron todo.

Por lo tanto, bajamos la cabeza y aceptamos que nos racionen la electricidad, el agua, los alimentos y las medicinas. Callamos, por temor, en denunciar la corrupción por el recelo que causa la ley del odio, consentimos movernos entre la basura y desperdicios. Nos habituamos a la delincuencia. Toleramos que debe ser así, que todo debe ser así, sin darnos cuenta que nos racionaron también la libertad y la democracia. Este es nuestro día a día, ya no miramos el color del cielo, nos limitamos a esperar que cambie, porque será la única manera de poder alcanzar la felicidad, pues hemos olvidado como se vive con ella.

Han obligado a toda una nación en aceptar el comunismo. El proceso bolivariano no permite el libre pensamiento, la autodeterminación, ya que su misión en las dos últimas décadas, ha sido cambiar la estructura del Estado, para justificar su proyecto político. Han dividido en dos al país, en revolucionarios y en enemigos de la patria. Solo los bolivarianos cuentan con la verdad, solo ellos pueden gobernar, solo ellos son elegidos para conducir el destino de todos los venezolanos. En resumen, vivimos inmersos en dificultades, en el personalismo, en la ineficiencia y en la corrupción… uh ah.

Esto ha provocado que muchos compatriotas tengan un vago recuerdo de lo que era la democracia, el Estado de Derecho, la libertad de expresión, la alternabilidad en el poder. Estos iluminados rojitos, desde 1998, se han dedicado a imponernos el silencio de los indignos, que haya una sola visión, una sola opinión, una sola línea de acatamiento, para aceptar una sola verdad.

Ante lo anteriormente descrito, como ciudadanos, para recuperar nuestros derechos y comprometernos con nuestros deberes, debemos involucrarnos en rescatar la verdad, por muy dolorosa que sea, ya que jamás daña a una causa que es justa, como única herramienta que nos ayudaría a liberarnos de la violencia, en protestar pacíficamente para expresar nuestro desacuerdo con leyes injustas, posturas arrogantes y decisiones sin sentido que van en contra vía a los intereses del país.

Como venezolanos, debemos levantar la voz ante las injusticias y adversidades que nos ha llevado vivir en el mar de la felicidad. Debemos estar claros que los apóstoles bolivarianos han hecho mucho daño y seguirán haciendo daño, porque su filosofía de vida es culpar a otros de sus propios desmanes.

Ya no se puede ocultar la profunda fractura política y social que sufre Venezuela, ya que la misma se dilucida con violencia en las calles, en la cual la delincuencia está desatada. Ya los criminales son capaces de tomar cualquier sector de la ciudad, para generar zozobra en la sociedad. Y aquellos que deberían brindar seguridad a la población solo se limitan en resguardar la vida y los bienes de los revolucionarios, mientras que el resto de los venezolanos ¡que se jodan!

¿Qué podemos hacer? Resistir, con esfuerzo y determinación, evitando la violencia, en paz, es y será la única vía para rescatar la democracia. Estamos claros en que el gobierno aplica el terrorismo preventivo para doblegar la voluntad de libertad de nuestro pueblo, pero al vencer el miedo venceremos la barbarie. Nuestra arma debe ser la no violencia, ya que con ideas se puede construir un país sobre bases de igualdad, tolerancia, democracia y libertad, porque toda vida, sin importar de qué tendencia política sea, vale y nadie tiene derecho a disponer de ella. En pocas palabras, debemos reconquistar la hermandad entre todos los venezolanos, para colocar de nuevo las bases y poder edificar así la patria que todos nos merecemos.


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